Tocando la luna
Por Alonso Díaz de la Vega El título original de Tocando la luna 2013 sugiere una intención vasta de crítica o siquiera denuncia social. Flores raras, que se entiende igual en español que en portugués, se refiere a sus protagonistas, un par de mujeres excepcionales en ...
Por Alonso Díaz de la Vega
El título original de Tocando la luna (2013) sugiere una intención vasta de crítica o siquiera denuncia social. Flores raras, que se entiende igual en español que en portugués, se refiere a sus protagonistas, un par de mujeres excepcionales en su relevancia, su temperamento y su sexualidad en una época reaccionaria. Una: Elizabeth Bishop (Miranda Otto), poeta y extranjera perpetua no por su estatus migratorio, sino por su carácter elusivo, hermético. La otra: Lota de Macedo Soares (Gloria Pires), arquitecta de élite y elitista en busca de un Río de Janeiro impopular, atento a las tendencias del primer mundo y no a las presiones que derivaron en la dictadura militar. Ambas, lesbianas. La pertenencia no es una aspiración para esta pareja de disidentes, de flores raras, sin embargo la película de Bruno Barreto tampoco explora el destierro de estas figuras, sino el valor anecdótico de un romance trágico. Sus protagonistas no necesitaban ser célebres ni vivir en el siglo de las revoluciones; no necesitaban ser homosexuales ni creativas. Sólo necesitaban ser histéricas.
En su testarudo asimiento a la universalidad, Tocando la luna olvida, como lo hizo antes Yves Saint-Laurent (2014), de Jalil Lespert, que sus personajes son iconos. La gente común protagoniza la historia; los iconos la inventan. De lo contrario, todos tendríamos un perfil en la enciclopedia. En Un ángel en mi mesa (1990) y El amor de mi vida (2009), Jane Campion tampoco explota la celebridad de sus protagonistas, Janet Frame y John Keats, pero explora el despertar erótico como una suerte de profecía universal: valida el cuento de hadas. Barreto se conforma con relatar una historia atractiva y nos entrega no una película: un ejemplo. Tocando la luna es muy similar a la obra maestra de Adellatif Kechiche, La vida de Adèle (2013), pero carece del impacto de aquella por razones formales.
En la cinta de Kechiche, sus protagonistas, Adèle y Emma, no son famosas, pero resumen el ascenso de una generación para la cual el sexo no es sólo una aventura de los sentidos. Estas dos jóvenes encuentran mediante la sexualidad una porción de sí mismas en otra persona, pero, deslumbradas por el hallazgo, se olvidan de amar; sólo se envuelven con la otra para crear un refugio. Kechiche no centra su filme en la marginalidad, pero ésta, en su sentido social, y sobre todo erótico, resulta fundamental para un filme que representa el dolor inmanente de madurar, de definirse a uno mismo y de amar. Barreto está ciego ante las posibilidades de su historia y se centra en relatarla de manera sobria hasta el punto de la cobardía. Mientras las imágenes de Kechiche nos remontan a la estrechez entre la cámara de John Cassavetes y sus personajes; mientras sus intensas escenas de sexo nos revelan el carácter de las protagonistas, Barreto se conduce con cuidado en una película centrada en la sensualidad, pero tímida ante la posibilidad de mostrarla. Pocas veces vemos un close up íntimo como los de La vida de Adèle en Tocando la luna; menos, un cuerpo desnudo.
El conservadurismo de Barreto es, entonces, un contrapunto formal en el sentido visual y dramático en un filme sobre un par de mujeres que el director quiere expresar como revolucionarias. Estamos ante una rebelión reaccionaria, igual a la que tomó el control de Brasil y tanto sorprende y afecta a los personajes en la narrativa. Tocando la luna es útil, insisto, como ejemplo, pero no es enriquecedora ni relevante.
Dirige:
- Bruno Barreto
Actúan:
- Miranda Otto
- Glória Pires
@diazdelavega1
