Güeros
Por Alonso Díaz de la Vega Güeros 2014 es algo más que una película; es una ocasión. Las peores manifestaciones cinematográficas en nuestra cultura tienden a ser aquellas comprometidas con la denuncia, cuyas afiliaciones políticas y sensibilidad lastimera la ...
Por Alonso Díaz de la Vega
Güeros (2014) es algo más que una película; es una ocasión. Las peores manifestaciones cinematográficas en nuestra cultura tienden a ser aquellas comprometidas con la denuncia, cuyas afiliaciones políticas y sensibilidad lastimera la orientan a la exageración. Los conflictos de nuestro espacio se tornan en la paranoia de nuestra consciencia, que sólo percibe violencia, robos y corrupción en un país donde ciertamente abundan, pero no abruman la cotidianidad. A nadie le apuntan un arma diario. Sin embargo, la pornomiseria abundante en el cine nacional pareciera afirmar lo contrario. De Principio y fin (1993) a Amores perros (2000) a De la calle (2001) a El infierno (2010) a Navajazo (2014), el cine nacional parece obsesionado con los detalles de la sordidez que denunció el colombiano Carlos Mayolo en Agarrando pueblo (1977). En aquel cortometraje, un grupo de cineastas filma y en ocasiones inventa la marginación para crear un excesivo recorrido por la miseria. Su producción ya no absorbe la realidad, la intensifica.
En rechazo a esta corriente, y más bien inscrita entre las épicas nacionales de Juan Ibáñez y Alfonso Cuarón —Los caifanes (1967) e … Y tu mamá también (2001)—, Güeros es una búsqueda del ser nacional en el corazón del país; un viaje por la geografía del Distrito Federal y su contradictoria arquitectura entre los cañones de cristal y acero en Reforma y Santa Fe, y los multifamiliares y casas de tabique en Tlatelolco y las ciudades perdidas. El filme de Alonso Ruizpalacios se basa en la dualidad de lo mexicano para poder extraer de las diferencias la unidad mestiza en que se basa nuestro carácter. Los protagonistas, un hermano blanco, güero, y otro moreno, son un símbolo de una identidad partida por los prejuicios que preguntan cómo es posible que Tomás (Sebastián Boeda) y Sombra (Tenoch Huerta) sean parientes. Sin embargo, Ruizpalacios no lo ve extraño; él acepta las distinciones pero no la diferencia. Su sentido del humor, por otra parte, le permite ver más allá de la catástrofe sin perder su agudeza crítica ante los absurdos de la vida nacional.
El paro de la UNAM, los jóvenes revolucionarios, los rockanroleros y los hippies fracasados; los cineastas de la pornomiseria y sus desdeñosas audiencias, que juzgan las películas sin haberlas visto; los adolescentes, en general, distanciados de la realidad por las ilusiones aún no perdidas; los ricos, los pobres. Todos los personajes en Güeros son ridiculizados por una mirada crítica que los desviste de importancia a la vez que los compadece en su viaje a la madurez, en particular a Sombra. Como Stephen Dedalus en Ulises, de James Joyce, Sombra está desorientado a pesar de su discurso desobediente. Ambos están indispuestos a servir a aquello en lo que no creen, pero sus convicciones provienen del miedo a la conformidad, no del descubrimiento de la verdad. En su viaje los dos hallarán la necesidad de reencontrarse con la sencillez del mundo, aunque el joven irlandés lo sigue negando mientras Sombra deja de temer a la decepción para encontrar en ella una oportunidad. Güeros es un filme que gira en torno al cambio. La tesis revolucionaria muere y revive en el individuo porque éste descubre que no puede transformar pero sí transformarse. El Distrito Federal, centro de la parálisis y la calamidad mexicana, también podrá ser distinto cuando reconcilie sus diversos barrios en la comunión de su historia y su gente. Todos somos Sombra. Todos somos Tomás.
Dirige:
- Alonso Ruizpalacios.
Actúan:
- Tenoch Huerta.
- Sebastián Boeda.
- Ilse Salas.
@diazdelavega1
