Mommy

Por Alonso Díaz de la Vega El éxito de Xavier Dolan se explica como una afinidad con las fantasías de su tiempo. Vivimos en una época en la que los jóvenes se ven forzados a regresar a casa por la crisis del sistema capitalista; en que la identidad sexual funda al ...

Por Alonso Díaz de la Vega

El éxito de Xavier Dolan se explica como una afinidad con las fantasías de su tiempo. Vivimos en una época en la que los jóvenes se ven forzados a regresar a casa por la crisis del sistema capitalista; en que la identidad sexual funda al individuo; en que las minorías aún resienten la persecución del pasado. Dolan y sus filmes son una respuesta caprichosa y melodramática a este panorama, un consuelo: la culpa no es de nuestra generación. Si El hombre elefante de David Lynch proclamaba su humanidad acorralado por una multitud, los álter egos de Dolan gritan “¡Basta!” a un mundo que los desprecia. El joven cineasta asegura que Mommy (2014) es la venganza de su madre ante el severo golpe que él le asestó con Yo maté a mi madre (2009), pero la película no refleja un contrapunto su debut o siquiera un intento de reconciliación. Tan acusatoria como aquella cinta, Mommy nos muestra al hijo, Steve (Antoine-Olivier Pilon), como un muchacho alegre, simpático, enérgico, que ante la provocación y la persecución reacciona con violencia porque padece de hiperactividad. La desesperación de su madre, Diane (Anne Dorval), es comprensible ante la enfermedad, pero indignante en su resolución. Dolan nos impone la conmoción al mostrar a Steve como una bestia indefensa y asustada, incomprendida, como se siente el propio Dolan

Este contraste se suma cuando Steve compra la despensa y Diane lo recibe con desprecio. Ella insiste en que la robó. La acusación, posterior a un instante de éxtasis en que Steve siente el advenimiento de la paz, resulta en la frustración más grande que hemos sentido todos: la de la inocencia descreída. Dolan insiste en esta representación mañosa que acompaña a todos sus personajes, quizá justificadamente sólo en Laurence Anyways (2012). Aunque es en muchos aspectos un triunfo, en esa película Dolan cometió serios pecados narrativos que repite de manera reiterada en Mommy, desde las digresiones irresueltas hasta el tiempo muerto mal empleado. Las premisas del cine de Dolan le exigen un tiempo dramático, pero él insiste en crear pausas que capturen la cotidianidad de situaciones raras veces comunes. Buena parte de estas escenas culminan en la ira o el llanto. Los melodramas de Dolan no se compaginan con el tiempo muerto ni temática ni estéticamente. En cintas como Un condenado a muerte se ha escapado, de Robert Bresson (1956), El hoyo (1960), de Jacques Becker, o La vida de Jesús (1997), de Bruno Dumont, la imagen pasiva es un tiempo congelado que expresa la desesperación en soledad; en Mommy es un capricho, como el resto del estilo de Dolan, sin que ello le reste lo visionario o lo bello, pero sí lo sublime.

Mommy no es, entonces, la muestra de madurez que prometió su director, sino la afirmación de sus ya tradicionales caprichos; el testimonio inconsciente de su adolescencia. La justificación de nuestras rabietas, por supuesto, nos hace sentir descubiertos en un desierto mudo, pero no nos enfrenta con la realidad de nuestro espíritu. Dolan logrará un filme magistral cuando en vez de defenderse se abra, pero mientras tanto seguirá cumpliendo fantasías y revelando la consciencia millennial como un vacío narcisista.

Dirige:

  • Xavier Dolan.

Actúan:

  • Anne Dorval.
  • Antoine-Olivier Pilon.
  • Suzanne Clément.

@diazdelavega1

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