El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

Por Alonso Díaz de la Vega La conclusión de la serie de la Tierra Media, de Peter Jackson, es también la desaparición de su identidad como cineasta, y el instante en que se unge a sí mismo ya no como creativo, sino como recaudador. A la manera de David O. Selznick, ...

Por Alonso Díaz de la Vega

La conclusión de la serie de la Tierra Media, de Peter Jackson, es también la desaparición de su identidad como cineasta, y el instante en que se unge a sí mismo ya no como creativo, sino como recaudador. A la manera de David O. Selznick, Jackson demuestra con El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos (2014) su ambición y el origen de cada encuadre, de cada porción de diálogo, de cada secuencia de acción: la taquilla. El inventor camp de El mundo de los Feebles (1989) o el documental falso Forgotten Silver (1995), y aun de los instantes más grotescos de El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001) sucumbe ante la orgiástica danza de las cifras. Si para Jackson la emoción de hacer cine era, citando al crítico Mark Cousins, “la pasión, la innovación”, ahora es la reacción forzada, la emoción manipulada, el triunfo del dólar.

En La batalla de los cinco ejércitos no vemos la violencia cruel y a veces humorística de La comunidad del anillo. Más bien nos encontramos ante una intención explícita, descarada, por esconder la sangre y la mutilación. Las batallas no son fantásticas por darse entre elfos, enanos y otras criaturas, sino por la imposibilidad de su limpidez. Ni sangrientos ni crueles, estos encuentros son una trivialización de la guerra y un deseo manifiesto por hacer la película permisible para menores de edad. Cuando el artista busca agrandar su audiencia, se diluye en el papel de productor. Jackson ya no se arriesga con situaciones grotescas o atemorizantes; sigue la estética que comenzó a utilizar desde Las dos torres (2002) con una luz extraordinaria que baña a los héroes y duelos imposibles que niegan la física. Su inclusión de personajes como Legolas (Orlando Bloom) lo obliga a imponer la tensión, pues ya sabemos que el príncipe elfo no va a morir.

La anécdota exhibe también este rechazo a la creatividad, pues no supera aún el desgastado discurso de la corrupción que atrae el oro. Desde la primera trilogía hasta ahora, el tema de Jackson, un hombre rico, ha sido una reiteración de la maldad intrínseca de la opulencia y el deseo. La crítica no sólo es pobre por culpar al objeto y no al hombre; también lo es por hipócrita en una película diseñada para generar ingresos millonarios. La suplantación de la narrativa por secuencias de batalla, que ocupan la mayor parte del metraje, es un abandono de la imaginación, que se queda esperando su turno para corregir el producto y convertirlo en arte. Sería absurdo pedir a Jackson una fantasía medieval como Duro ser un dios (2013), de Alexei German, que explota la terrible imaginería con un pesimismo brutal, pero es urgente exigirle un retorno a sus raíces, cuya inteligencia y novedad jamás bloquearon al entretenimiento o a la profundidad.

Dirige:

  • Peter Jackson.

Actúan:

  • Martin Freeman.
  • Ian McKellen.
  • Cate Blanchett.
  • Orlando Bloom.

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