Videgaray, Trump y una relación crítica

Queda colocado en una posición en la que puede convertirse 
en el salvador de una situación complicada para el gobierno de México.

El nombramiento de Luis Videgaray como secretario de Relaciones Exteriores, aparentemente con base en su presunto contacto personal con el equipo o el entorno familiar del aún presidente electo Donald Trump, es el equivalente a un volado.

Si por un lado es cierto que la diplomacia tiene mucho que ver con contactos personales y establecimiento de vínculos, en el caso de México y Estados Unidos la relación trasciende lo político con profundas vertientes económicas, sociales y geopolíticas, lo que se traduce en que para México no haya una relación más importante en el mundo.

Que se ha permitido y la conveniencia ha auspiciado que esa relación domine nuestra visión internacional —en favor o en contra— es tan cierto como el que muchos de los problemas que el país enfrenta hoy son de origen propio y complicados por conflictos externos.

En términos reales, la relación bilateral implica 75% del comercio exterior de México y una parte importante de su economía mediante inversiones directas o atraídas por el acceso; hay más de diez millones de mexicanos radicados en Estados Unidos y tal vez otros 22 millones que son de origen mexicano.

Al mismo tiempo, la idea de una región norteamericana integrada llevó al fortalecimiento y multiplicación de cadenas productivas ya existentes entre los dos países. El vínculo ciertamente puede deshacerse, pero los costos económicos y políticos serían enormes.

La propuesta de construir un muro en la frontera con México sería meramente irritante si no fuera porque Trump propone que sea pagado por México.

La idea de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) no es nueva. De hecho estaba implícita en la propuesta del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP), que proponía el aún presidente Barack Obama y que, para alivio del gobierno mexicano, no implicaba negociaciones bilaterales directas.

Pero el práctico desplome del TTP y las posiciones políticas domésticas de Trump, el nuevo presidente, ponen las relaciones bilaterales en un proceso complicado.

En buena parte, las propuestas de Trump se han basado en los prejuicios de sus electores, para los que México es parte responsable e importante de sus problemas económicos, sea por migración o específicamente por el libre comercio, que al propiciar la fuga de la industria manufacturera contribuyó allá como aquí a agudizar contradicciones socioeconómicas.

Para México es más complicado por cuanto se encuentra en medio de una larga, desigual y atribulada transición política y económica.

Pero no nos engañemos. La importancia del comercio exterior con Estados Unidos era similar hace 30 o 40 años. El problema es estructural y responsabilidad del gobierno actual, porque es a este régimen al que le toca enfrentarlo.

En ese marco, el nombramiento de Videgaray para hacerse cargo de la relación con Estados Unidos en el inicio de la era de Trump parece un intento de buscar entendimientos con el nuevo Presidente y su círculo íntimo respecto de la compleja maraña de los vínculos bilaterales.

Si ése es su único foco, tal vez tenga probabilidades de éxito, sobre todo si al mismo tiempo acepta el consejo y permite que la estructura de la Secretaría de Relaciones Exteriores se haga cargo del resto.

Pero no es fácil. El estilo de Trump es definido por su imagen de negociador exitoso, una que evidentemente le importa mucho y en ese sentido es partidario de negociar desde posiciones de fuerza, usar giros inesperados y dividir al mundo entre ganadores y perdedores.

Queda además la sustancia del aviso: es necesario multiplicar y diversificar las relaciones comerciales de México con el resto del mundo. Es una meta que tomará años, pero debe perseguirse. Eso no ayuda a los prospectos de una negociación.

En lo inmediato, en todo caso, Videgaray queda colocado en una posición en la que puede convertirse en el salvador de una situación complicada para el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, pero igual quedar como la rueda de molino alrededor de su cuello.

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