¡Oh, inteligencia, soledad en llamas!
El príncipe no ha de entregar a uno solo de los súbditos todo lo que sabe, porque puede ser usado en su contra.

Humberto Musacchio
La República de las letras
Prácticamente, inadvertida pasó una información según la cual, la Unidad de Inteligencia Naval (UIN) de la Secretaría de Marina “es la dependencia encargada de concentrar información relacionada con grupos del crimen organizado, subversivos, seguridad pública y campos de poder” (Excélsior, 3/X/2013).
El zipizape del 2 de octubre, las desgracias ocasionadas por las lluvias y otros problemas se impusieron en la lógica periodística, pero no por eso es menos grave que se concentre toda —absolutamente toda— la información criminal y política en manos de nuestra segunda fuerza militar: la Armada de México.
Las secretarías de Gobernación, de la Defensa Nacional, y de Hacienda y Crédito Público, la Procuraduría General de la República, la fantasmal Comisión Nacional de Seguridad y hasta Petróleos Mexicanos están obligadas a enviar su información a la Armada, organismo que procesa lo que recibe y, hasta donde entendemos, elabora trabajos cuyos resultados manda a la Presidencia de la República.
En otra parte del texto que hizo circular la Marina-Armada, aclara que emplea información de los organismos federales citados “y otras dependencias de los tres niveles de gobierno”, además de que la UIN “también participa en el Grupo Interinstitucional para Seguimiento de Acuerdos de las reuniones regionales del Gabinete de Seguridad Federal”.
A nadie se le escapa que una disposición de esta naturaleza sólo pudo provenir de la Presidencia de la República y que los responsables de las dependencias obligadas no deben estar muy contentos, pues en lo que se refiere a las tareas de inteligencia, para fines prácticos, todos quedan subordinados a la Secretaría de Marina.
Como es bien sabido, la Marina-Armada ha ido ganando importancia con las operaciones que realiza lejos, muy lejos de nuestras costas, en zonas del territorio donde no pueden navegar ni barquitos de papel, áreas que uno supondría que están encomendadas a otras dependencias federales, las que, hasta donde se sabe, han sido desplazadas por falta de confianza en sus mandos.
La inconveniencia de dar tantas facultades a la Secretaría de Marina se acrecienta por la preferencia que le ha mostrado a esa dependencia el gobierno de Estados Unidos, ante el cual se han dado muestras de una simpatía que parece ir más allá de la cortesía diplomática. Existe la sensación de que ha aumentado el flujo de oficiales de la Marina que asisten a los cursos de capacitación que se realizan en territorio estadunidense. Puede argüirse que se trata de meras percepciones, pero en política lo que parece, simplemente es, y no conviene que se mantenga esa visión lesiva para la soberanía.
Pero hay algo más que entra en las consideraciones de salud pública y buen gobierno. El príncipe no ha de entregar a uno solo de los súbditos todo lo que sabe, porque puede ser usado en su contra, porque crea un poder desmesurado que acabará por convertirse en un competidor. Menos debe concentrar tanta información en alguien que tiene muy buenas relaciones con una potencia externa.
Por último, lo conveniente para quien desea conservar el poder, es dividir a sus subordinados. Que cada uno sepa algo, pero que ninguno lo sepa todo; que unos a otros se vigilen y se contrarresten para que ninguno crezca hasta alcanzar la estatura del príncipe ni ponga en peligro el orden general. Quizá por estas consideraciones, el gran José Gorostiza escribió aquello de: “Oh, inteligencia, soledad en llamas, que todo lo concibe sin crearlo”. Y es que la información quema.
*Periodista y autor de Milenios México