Una reforma política de verdad

Que cambie lasreglas, procesos y mecanismos para el ejercicio y control del poder público en todos los ámbitos de gobierno.

Hace cuatro semanas, con motivo de su Primer Informe de Gobierno, el presidente Peña Nieto subrayó en su mensaje el carácter decisivo de este momento para el futuro del país: “En los siguientes meses se estará decidiendo qué historia vamos a escribir en las siguientes décadas. Así de sencillo y así de trascendente. Tenemos 120 días para que 2013 sea recordado como un año de grandes transformaciones. Un año en que México se atrevió a despegar”. Lo dijo unas horas después de haber sido destrabadas las reformas secundarias en materia educativa y unos días antes de los tremendos daños humanos, sociales y materiales provocados por Ingrid y Manuel, así como por la negligencia y las desviaciones que, como ha ocurrido siempre en estos casos, multiplicaron sus efectos destructivos.

Lo primero alentaba el ánimo positivo del Presidente en torno a la negociación y los acuerdos para sacar adelante reformas significativas, con resultados ya palpables en temas tan importantes como la educación, las telecomunicaciones y la competencia económica. En su mensaje expuso el sentido de la agenda de las siguientes reformas, con especial énfasis en la financiera, la hacendaria y la energética, claves para el crecimiento económico y la competitividad del país, cuyos indicadores de las últimas dos décadas nos sitúan en una condición de profundo rezago.

Lo segundo llegó más tarde para recordarnos con crudeza que la alteración de los ecosistemas y la depredación del entorno natural, la desigualdad y la miseria, la voracidad y la corrupción, no sólo tienen consecuencias devastadoras, sino raíces que se pierden en la oscuridad de una historia interminable de malos gobiernos, abusos e impunidad. Una historia nacional de la infamia, parafraseando a Jorge Luis Borges, que ni la pluralidad ni la alternancia han logrado modificar. La relación de errores, omisiones y desviaciones en el ejercicio de la función pública, causantes de desgracias evitables ante desastres naturales, sería infinita, desde un permiso de uso de suelo otorgado indebidamente por una autoridad municipal, hasta grandes asignaciones de contratos de obra pública sin las garantías de calidad y la transparencia debidas.

Está claro que las grandes transformaciones a las que convocaba el presidente Peña Nieto el 2 de septiembre pasan, efectivamente, por reformas que brinden mejores herramientas normativas e institucionales para el desempeño económico del país, pero también por un cambio conceptual y constitucional que transforme el diseño de nuestra distorsionada democracia y de nuestros deformados federalismo y municipalismo. Una reforma política de verdad que cambie las reglas, procesos y mecanismos para el ejercicio y control del poder público en todos los ámbitos de gobierno.

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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