Después de Lucía

En 2009 el cineasta Michel Franco debutó en el largometraje con una historia desgarradora, contundente y bien contada: Daniel y Ana, que sigue a dos hermanos de clase media, felices, viviendo lo que les corresponde en plena adolescencia y cuyo mundo se fractura cuando son ...

En 2009 el cineasta Michel Franco debutó en el largometraje con una historia desgarradora, contundente y bien contada: Daniel y Ana, que sigue a dos hermanos de clase media, felices, viviendo lo que les corresponde en plena adolescencia y cuyo mundo se fractura cuando son víctimas de un violento secuestro que los lleva a un infierno de confusiones, sentimientos encontrados y culpas.

Franco describe el mundo juvenil en forma respetuosa e inteligente, alejado por completo de la comedia simplona y superficial y describe la fragilidad de esa etapa de la vida que a veces se describe como un permanente reventón.

La primera vez que vi Después de Lucía fue en su función de prensa dentro de la Semana de la Crítica del pasado Festival de Cine de Cannes. La recepción al final de la proyección fue en verdad emocionante; una larguísima ovación por parte de un  sector, la prensa, que suele castigar de manera implacable lo que no le gusta,  como fue el caso de Post Tenebras Lux de Carlos Reygadas que se llevó hasta abucheos, pero también la Palma de Oro al Mejor Director; caprichos del Festival más importante del mundo.

Michel Franco aborda ahora en Después de Lucía una historia que teje dos realidades de los adolescentes y sus familias: la incapacidad para comunicarse con los padres y el bullying llevado a niveles de crueldad verdaderamente alarmantes.

Michel es austero y minimalista en aras de generar en el espectador la incertidumbre y el estado de ánimo que lo preparan para lo que vendrá. Largas y muy bien cuidadas secuencias, pocos y discretos movimientos de cámara, sin música de fondo, silencios eternos, incómodos. La película se inicia cuando Alejandra, Tessa Ía, muy bien en una actuación de gran entrega y sensibilidad, y Roberto su papá, Hernán Mendoza, que con toda su humanidad desborda fragilidad y ternura en este personaje, viajan por carretera de Puerto Vallarta a la Ciudad de México. Lucía, la madre y esposa que nunca vemos, ha muerto recientemente y padre e hija buscan empezar de nuevo en otro lugar. Sin darse cuenta han empacado la depresión, la desesperanza y el silencio de un duelo que no concluye.

La cámara viaja en el asiento de atrás del coche y como espectadores así nos sentimos con respecto a estos dos seres: en el asiento trasero del transcurso de sus vidas. Ella le ofrece un pedazo de chocolate, él contesta parco, atento al camino. Algo se está rompiendo entre los dos. La habilidad de Franco nos permite percibirlo, la asfixia de ellos se contagia.

Alejandra ingresa a una prepa y Roberto, que es chef, empieza a trabajar en un restaurante. Ambos hacen como que no pasa nada y en realidad pasa todo. Al principio Alejandra se introduce con el grupo de amigos sin problemas, parece bien recibida y la invitan a pasar un fin de semana en Valle de Bravo. Una noche entre las copas, la hormona y la ingenuidad tiene relaciones sexuales con uno de los chavos que –con el consentimiento de ella- lo graba con su celular para subirlo más tarde a la red como es costumbre entre los jóvenes en lo que se llama sextear. A partir de ese momento se inicia el infierno para Alejandra.

Franco no es complaciente ni hace concesiones, pero tampoco explota el morbo en su exposición de la escalada de brutalidad y violencia en la que cae Alejandra. Entiende que si vas a hablar de bullying en una película tienes que mostrarlo. Tampoco hace juicios ni pretende proponer soluciones, no sería su papel. Ni siquiera en el giro del final, que para mí plantea ciertos cuestionamientos de índole moral, Michel cae en el maniqueísmo o el aleccionamiento, sólo deja actuar a sus personajes en consecuencia y punto. Pone sobre la mesa una realidad más común de lo que todos pensamos y que no queremos ver.

Los jóvenes en Después de Lucía, que son presentados como verdugos implacables, que actúan con una saña patológica, que no son solidarios y no tienen ningún código de valores me llevan a invertir la vieja pregunta de ¿qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos?, por ¿qué hijos le estamos dejando al mundo?

Muy recomendable, pero prepárese para golpes bajos.

9/10.

Temas:

    X