Arthur Miller, un hombre con suerte
Hoy se cumplen 100 años del natalicio del dramaturgo estadunidense Arthur Miller, quien fuera autor de La muerte de un viajante y esposo de Marilyn Monroe

CIUDAD DE MÉXICO.
La vida familiar que el dramaturgo, narrador y guionista Arthur Miller había conocido entre su niñez y adolescencia, rodeada de abundancia y comodidades, empezó a desmoronarse luego de los días negros de octubre de 1929, cuando quebró la Bolsa de Valores de Estados Unidos dando lugar al episodio conocido como el crack del 29, que marcó el inicio de la Gran Depresión estadunidense.
Arthur Asher Miller había nacido el 17 de octubre de 1915 en el barrio de Harlem, Manhattan, en Nueva York, como el segundo de los tres hijos de la familia formada por Augusta Barnett, una neoyorquina de ascendencia polaca, e Isidore Miller, un inmigrante que había llegado a la Unión Americana desde Polonia antes de la Primera Guerra Mundial.
Con muy poca formación académica, el padre fundó una fábrica de ropa femenina que llegó a dar empleo a 400 personas y ganó una fortuna que lo convirtió en “un hombre rico y respetado”, como botón de muestra del dogmático “sueño americano”.
Pero a pesar de que su fábrica “funcionaba a las mil maravillas”, a partir de 1927 comenzó a invertir su capital en acciones, porque “le proporcionaba mucho más dinero que invertirlo en la producción de abrigos”, como afirmó Miller en una entrevista publicada en Pagina/12, “entonces, cuando se produjo el gran crack continuaba teniendo una fábrica que iba a las mil maravillas, pero no podía pagar a sus trabajadores, pues todo su dinero se había ido por el desagüe. Las personas no cambian mucho. Siempre es la misma historia: ambición.”
Consciente de que “la perspectiva de hacer dinero sin necesidad de trabajar es muy, pero que muy atractiva”, y como testigo y parte del “derrumbamiento absoluto” de su entorno familiar, Miller aprendió que no había nada que tuviera una completa estabilidad en el mundo, por lo que asumió que la inseguridad era “el único principio válido”.
RESEÑAS DESFAVORABLES
Mientras hacía estudios de periodismo en la Universidad de Michigan y realizaba trabajos eventuales para poder mantenerse, Miller incursionó en la dramaturgia bajo la batuta del reputado profesor Kenneth Rowe, y antes de su graduación, en 1938, había obtenido en dos ocasiones el premio Avery Opwood por las obras No villain (1936) y Honor al amanecer (1938). Ese mismo año regresó a Nueva York y consiguió trabajo como guionista radiofónico. En 1940 contrajo matrimonio con Mary Slattery y estrenó con suerte dispareja su primera obra teatral Un hombre con suerte, que a pesar de ser galardonada con el Premio Nacional del Gremio de Teatro, obtuvo reseñas muy desfavorables y fue cancelada después de cuatro representaciones. Pero más adelante tuvo un golpe propicio de fortuna y su reputación se afianzó con Todos eran mis hijos (1947), una obra que había empezado a escribir en 1941 y que al triunfar en Broadway otorgó a Miller su primer premio Tony como mejor autor.
Al año siguiente construyó una cabaña en Roxbury, Connecticut, y después de haber escrito en un solo día el primer acto de la obra a la que puso el título de La muerte de un viajante, concluyó el resto en apenas seis semanas.
El entrañable drama en el que Willy Loman pugna con patetismo por conservar su dignidad cuando comprende que ha sido usado y desechado por el sistema que lo moldeó, fue estrenado en Broadway en febrero de 1949 bajo la dirección de Elia Kazan, y significó un rotundo y aclamado éxito que llegó a las 742 representaciones ininterrumpidas, además de recibir el premio Pulitzer, otro premio Tony para el autor, y el premio de los críticos de Nueva York.
EN LA MIRA
En 1956, al calor de la Guerra Fría y en medio de la turbulencia desatada por el senador republicano Joseph McCarthy con la llamada “cacería de brujas” —que buscaba desenmascarar espías y simpatizantes del comunismo—, Miller fue puesto en la mira y citado a comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas al solicitar la renovación de su pasaporte.
El dramaturgo convino en asistir siempre y cuando no le fueran solicitados nombres de amigos o compañeros que pudieran ser implicados en acusaciones, pero a pesar de que ofreció un informe detallado de sus actividades políticas, el Comité ignoró el acuerdo previo y exigió los nombres de personas que conocía y que eran sospechosos de tener vínculos con el Partido Comunista. Miller se negó a responder y fue culpado de desacato al Congreso en mayo de 1957. Sin embargo, el tribunal de apelaciones anuló la condena en 1958 al considerar que el dramaturgo había sido engañado por el presidente del Comité.
En esa misma década escribió y fueron estrenadas dos de sus obras más memorables: Las brujas de Salem (1953), retrato alegórico de las persecuciones anticomunistas; y Panorama desde el puente (1956), que afronta el tema de la migración ilegal y con la que logró ganar su segundo Pulitzer.
EL RETRATO FINAL
Miller estuvo casado en tres ocasiones a lo largo de su vida y su segunda esposa fue la célebre estrella de cine Marilyn Monroe, con quien se unió en matrimonio en 1956 y para quien escribió el guión cinematográfico de Vidas rebeldes (1961), una película que fue dirigida por John Huston. La relación tumultuosa entre la actriz y el dramaturgo duró casi cinco años y fue descrita de manera sesgada en Después de la caída (1962). Ese mismo año se casó con la fotógrafa Ingeborg Morath y en los años posteriores ganó innumerables premios y distinciones entre los que sobresale el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002, por ser un “maestro indiscutible del drama contemporáneo que, con independencia de espíritu y notable sentido crítico, ha logrado transmitir desde la escena las inquietudes, los conflictos y las aspiraciones de la sociedad actual”.
El autor de la novela En el punto de mira (1945) y de la autobiografía Vueltas al tiempo (1987) murió a causa de una insuficiencia cardiaca en su rancho de Roxbury, el 10 de febrero de 2005, cuatro meses después de estrenar Terminando el retrato y el mismo día en que se celebraba el 56 aniversario del estreno de La muerte de un viajante.
Con el paso de los años y las experiencias había comprendido —y mantuvo esa convicción hasta sus días finales— que sin la ruina de su padre nunca hubiera llegado a ser dramaturgo, porque su destino está presente, de uno u otro modo, en cada una de las obras que escribió.
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