El músico Miles Davis se sube al ring

1954 fue un año clave en la vida del trompetista que, inspirado en la figura del boxeador Sugar Ray Robinson, inició una de las obras musicales más celebradas de la historia del jazz

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CIUDAD DE MÉXICO, 2 de julio.- En 1954, a los 28 años, Miles Davis solicitó ayuda a su padre porque quería dejar la heroína. La droga se había convertido en una lacra que estaba arruinando su emergente carrera en el ámbito del jazz y, desde luego, su vida. El trompetista sólo contaba con su voluntad para abandonar el vicio y la influencia del boxeador Sugar Ray Robinson, el hombre que más admiraba en el mundo.

“Lo único que te puedo ofrecer es mi amor”, le dijo su padre, un afamado cirujano dentista con tres títulos universitarios y dueño de una granja de doscientos acres de terreno. “El resto lo haces tú”.

Historiadores del jazz coinciden en que Davis se pasó varios días encerrado sin siquiera salir a tomar aire, atormentado por el síndrome de abstinencia. Hasta que abrió el portón y dijo: “Estoy listo”.

En Historia del jazz (Turner/Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002, 605 pp.) Ted Gioia recuerda que Davis, El Picasso del jazz, le apodaron antes El Príncipe de la oscuridad, “título que se ajustaba al temperamento de este hombre distante que alternó con boxeadores profesionales, llenó su autobiografía de improperios y estableció a su paso innumerables relaciones tensas”.   

Sin embargo, en febrero de 1954, Miles “estaba sano, sus ambiciones musicales estaban revitalizadas y, como demostraría el desarrollo de los acontecimientos, estaba tocando mejor que nunca”, acota Gioia.

El compositor y crítico escocés Ian Carr comparte el punto de vista. “1954 vio el inicio de la madurez plena del estilo de Miles Davis”, anota Carr en su ficha sobre el célebre trompetista para The Rough Guide to Jazz (Penguin Books, Londres, 2004, 927 pp.)

“Desde ese año hasta el fin de la década hubo una sucesión de obras maestras que asombraron y encantaron por igual a músicos y al público en general, abrieron nuevas vías de desarrollo musical, influenciando generaciones posteriores de artistas de todo el mundo y el gran público escuchó el material de Davis, no obstante de que la mayoría sabía muy poco sobre jazz.”

Un trompetista con guantes de boxeo  

En público y en privado, Miles Davis jamás se cansó de citar la figura de Sugar Ray Robinson como su principal influencia en su recuperación. Más que admirarlo, lo veneraba. Cosa curiosa que las hermosas cadencias de la música de Miles provengan, en parte, de un deporte tan cruel como el boxeo.

“Siempre me ha gustado el boxeo, pero realmente amaba y respetaba a Sugar Ray porque era un gran peleador, con mucha clase y más limpio que un hijo de puta. Era guapo y mujeriego. Salía de limusinas con mujeres bellas en sus brazos, pero cuando entrenaba para una pelea, no tenía mujeres cerca. Cuando estaba en el ring, hablaba en serio, entonces yo quería ser como él y decidí que ese era el camino”, refiere el propio jazzista en Miles: The Autobiography (con el periodista Quincy Troupe, Simon & Schuster, Nueva York, 2005, 441 pp.) “Solía ir a verlo a  Harlem y un día le dije que dejé mi adicción a la heroína inspirado por su disciplina”.

Miles y Sugar Ray se hicieron amigos. “Cuando ves a un buen boxeador es una forma de arte”, decía el trompetista. El ritmo es todo en el boxeo. Cada movimiento empieza con el corazón”, reviraba el campeón de peso welter que, sin más, es considerado el mejor boxeador de todos los tiempos por periodistas deportivos, boxeadores y entrenadores. Para Muhammad Ali, por ejemplo, era “el rey, el maestro, mi ídolo”, y Sugar Ray Leonard adoptó el apodo “Sugar” en honor a Robinson. Asimismo, en 1999, la agencia de noticias AP lo nombró el mejor boxeador del siglo XX.

Además de retomar su carrera musical con una “visión más nítida”, según Ian Carr, en el citado año del 54 Davis se puso los guantes y empezó a entrenar en el Gleason’s Gym de Nueva York bajo las órdenes del mánager Bobby McQuillen. Libre de sustancias dañinas en su cuerpo y con un hábito estético preclaro, los años siguientes verían nacer grabaciones que se convirtieron en clásicos contemporáneos del jazz como Walkin’ (1954), Cookin’ And Relaxin’ (1956), Miles Ahead (1958), Porgy And Bess (1958) o Kind Of Blue (1959).

En 1970, concentrado en su llamada etapa

jazz-rock-fusion, Miles Davis haría un homenaje específico al boxeo con Jack Johnson, un disco de “música boyante y brillante”, anota Carr en The Rough Guide..., y señala que junto con In A Silent Way y Bitches Brew (ambos de 1969) fueron álbumes clave para que Miles Davis tuviera una influencia global.

“Tenía en mente los movimientos de los boxeadores”, señaló Davis sobre la música de Jack Johnson; “sus movimientos son casi pasos de baile, o como el sonido de un tren. La imagen del tren estaba en mi cabeza cuando pensaba en un gran boxeador como Joe Louis o Jack Johnson, porque cuando se piensa en un gran peso pesado que se acerca, se viene a la mente un tren”.

Como sea, este álbum, reeditado en 2003 bajo el título The Complete Jack Johnson Sessions, en una bella edición de cinco CDs, rinde culto a otros peleadores con piezas llamadas “Johnny Bratton”, “Archie Moore”, “Durán”, “Ali” y por supuesto “Sugar Ray”.

Hay una anécdota que de alguna manera resume la intensidad con la que Miles Davis asoció el boxeo y la música. Cuando se subía al ring, solicitaba: “No me vayan a pegar en la boca, tengo concierto esta noche”.

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