Antonio "Manquito" Villalón, un desafío a la adversidad

Al futbolista le amputaron el brazo izquierdo por una negligencia médica, un incidente que no impidió que jugara con Morelia.

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Antonio "Manquito" Villalón, un desafío a la adversidad | Canva
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La puerta desvencijada solo tiene un descolorido dibujo de un pollo rostizado y otro, caricaturizado, con la camiseta del Morelia. A un lado de la casa hay unas viejas vías del ferrocarril y tras la llamada, Antonio Villalón, a sus 70 años, no puede detener la parálisis por la sorpresa de la visita.

“Qué extraño que venga, ya nadie se acuerda de mí”, ofrece como saludo y de inmediato estira el brazo derecho. La manga del otro lado cuelga al aire sin control.

A pesar de todo, Antonio Villalón, a quien desde los 18 años le apodaron el Manquito, tiene su fama en Morelia, donde vive y también donde jugó profesionalmente al futbol a pesar de no tener el brazo izquierdo.

Tiempo atrás se dedicó a administrar rosticerías y ahora reparte algunos pollos a sus hijos, que se fueron quedando con el negocio familiar. Villalón habla poco de futbol, porque realmente jugó 12 años, en los cuales, como extremo derecho, hizo más de 20 goles. La falta de una extremidad superior nunca lo detuvo, pero prefirió llevar una vida diferente a la que soñaba porque se fastidió de viajar de ciudad en ciudad para pisar canchas.

Tuvo la oportunidad de ir al Mundial de Inglaterra 1966, cuando Ignacio Trelles le había puesto en una preselección de cinco jugadores que completarían al contingente que ya estaba en Europa. Faltaban por elegirse dos y él estaba listo.

“Pero ahí sí me dio pena, nunca pude sobreponerme a pensar que me vería todo el mundo sin un brazo. José Moncebaez en el aeropuerto me mentó hasta la madre porque no me quise subir al avión. Perdí mi gran oportunidad, pero ni modo, ahí no pude con lo de mi brazo”, dice risueño por momentos, alertado por los recuerdos.

Invita a ir a su otra casa, donde pasa la mayor parte del día. Se monta sin preocupación en su pequeña camioneta pick up que maneja con una habilidad impresionante, con movimientos fugaces de la palanca de velocidades al volante y viceversa, mientras cuenta su historia a pedazos.

Usted sin su brazo, bien pudo sentirse víctima de la vida, pero ¿de dónde sacó la fuerza para llegar al futbol?

Creo que de familia. Siempre fuimos trabajadores pero muy pobres. La situación era difícil, no teníamos para comer, éramos 14 hermanos y hasta tuve

que irme a una casa hogar un tiempo para poder sobrevivir de las dádivas que me daba la gente buena.

Supongo que sus padres lucharon mucho por usted

Mi papá, Toribio, agarraba viajes con más de 30 cajas de pollos y se iba en las noches manejando hasta el DF. Tuvo varios accidentes, de milagro no se mató en la carretera. De ahí empezamos con los negocios de pollos. Nunca nos dejaron sin comer, a veces resultaba que un pollo salía golpeado, le quitaba lo morado y lo comíamos, era de ese tamaño la precariedad. En mi primer juego contra el Tampico no fue al estadio, dijo que sentía feo verme correr sin mi brazo.

Las crónicas dicen que usted era un buen delantero

Me gustaba hacer goles. Le anoté a Antonio Carbajal con todo y que era el Cinco Copas, a Walter Ormeño, al Gato Vargas, a los consagrados.

¿Aún mantiene en la memoria la jugada donde perdió el brazo?

Sí, −le tintinea un poco la voz y antes de seguir invita un refresco en una mesita pequeña de metal en donde ya descansa la playera de su querido Morelia. En un arrebato de valor desde las entrañas, confiesa−, fue una final en Pátzcuaro, en una caída contra un defensa central que le decían la Zanca, por ahí todavía lo veo por la ciudad. Tenía fama de marrullero, pero no fue su culpa. Íbamos ganando el partido para representar al Estado. Ya eran los minutos finales cuando salté y caí sobre mi mano, fue un dolor fuerte porque me fracturé la muñeca.

En la Cruz Roja le enyesaron todo el brazo. “Me acuerdo del nombre del médico, pero ni siquiera puedo pronunciarlo, son muchos años, pero ni vale la pena decirlo. Incluso la enfermera que estaba presente le dijo que estaba muy apretado y no le hizo caso”.

En la noche, su hermano Luis, en duermevela, oyó quejarse a Antonio, que le rogaba llorando romperle el yeso. Advertido por el negligente médico que esto sucedería, solo le dio un analgésico, pero en realidad, la gangrena ya iba avanzando en tropel por todo el brazo.

“Mi hermano mayor se sintió culpable por muchos años por no quitarme el yeso en la madrugada, lloró mucho frente a mí. Aurelio Pérez Teuffer, una gran eminencia médica, se enojó cuando vio mis radiografías. No necesitaba más que un vendaje y terminé amputado. A las cuatro de la tarde del domingo me caí, para las 11 de la mañana del martes ya no tenía brazo”.

¿Cómo fue el momento cuando despertó de la anestesia?

Sabía que ya no tenía el brazo. Mi mamá no quería que me lo quitaran, pero la gangrena ya me iba avanzando al corazón. Vi al doctor Aurelio Pérez Teuffer, clarito, se le nublaron los ojos, me dijo que yo podría seguir jugando, que solo aprendiera a caer y que llevara una vida normal. Años después, siendo él, médico del América, me abrazó en el campo de Ciudad Universitaria, a donde fuimos en la segunda fecha de mi año de debut.

¿En el campo nunca se sintió en desventaja?

No, para nada. En el futbol lo más importante es pensar y se juega con los pies y la cabeza, las manos no se necesitan. Mi hermano no me quería dejar ir al campo, pero yo quería ser como mis ídolos del futbol, como Pelé, como Garrincha, que también tenía una malformación en la pierna.

¿Le costó mirarse en el espejo después de la operación?

Me daba pena salir a la calle, siempre iba con una chamarra para taparme aunque hiciera calor. Pero gracias al futbol me sobrepuse a insultos o burlas. En la cancha me decían que me cortarían el otro brazo o en Toluca, por ejemplo, me gritaban brazo de chorizo, pero no pasaba nada, era el fragor; también las muchachas me llegaban a vitorear diciéndome ¡vamos mi muñequito roto! A mí me marcó un juego estando con el Valladolid contra la Laguna, en segunda división, un torneo de Copa. Marqué el gol aquí en Morelia y era el cobrador de los penales. José María San Martín, que estaba en el primer equipo, me ve y me invita a la Primera División. Rondaba yo los 20 años.

¿Cuánto le costó aceptarse a sí mismo?

En el campo se me olvidaba la pena, pero me quité complejos en la calle gracias al futbol. Me fui enseñando a abrocharme los botones, vestirme, ponerme los zapatos, todo. Incluso ya tenía a mi novia, que se convirtió con el tiempo en mi esposa. Su madre le dijo que ya no me viera, que me dejara porque no tenía brazo, al final, como a todos mis entrenadores, la convencí.

Carlos Miloc le ató las agujetas

En el vestidor del Morelia, el chico de 20 años estaba nervioso por compartir casilleros con los consagrados. Tenía un solo brazo y le costaba amarrarse las agujetas, así que un veterano llamado Carlos Miloc, con la voz tan fuerte como el sonido de un relámpago, le ordenó: “permítame Manquito”.

¿No, por favor, cómo cree?, le contestó Antonio Villalón.

Qué me deje, suba la pierna aquí en mi muslo. Y Miloc palmeó causando un sonido seco para enseguida hacerle un doble nudo perfecto en su botín y entonces, saltar al vetusto campo en Morelia.

“Usted me traslada en el túnel del tiempo”, dice desde Monterrey Miloc, conmovido, “más allá de su deficiencia (física) era un gran tipo, un enorme jugador”, cuenta ahora como ex entrenador y compañero de Villalón.

“Lo vi desde que estaba en el Valladolid. Yo era muy allegado a San Martín y le dije que lo ficháramos. Cuando me enteré de que se había ido a la Ciudad de México por un accidente no lo podía creer, mucho menos cuando lo vi regresar sin el brazo.”

En las concentraciones, cuando le servían una carne, le ayudaban a cortarla Pedro Perico Pérez o el Pelón Martínez, pero en el caso de los zapatos, Villalón notó que Cresencio Melone Gutiérrez usaba agujetas muy pequeñas que no necesitaban anudarse, así que comenzó con ellas también.

“No es que fuera figura y él, un novato, caería en el autoelogio. Digamos que tenía cierto nombre por ser extranjero y se le quedó a él esa escena que le impactó porque a lo mejor habrá tenido compañeros de otra nacionalidad que no tuvieron la delicadeza de ayudarlo.

“Era hasta motivo de bromear entre nosotros, por echar relajo, sin lastimarlo. Estábamos en el vestidor y todos decíamos, ¡ya vámonos! Y él se quedaba con sus agujetas desatadas y nos respondía ‘¿y yo qué cabrones?’ Y lo arropábamos. No recuerdo un caso en México como el del Manquito Villalón, con esa determinación y entereza que iban de la mano con su humildad y humanidad. Me enteré con los años de otro caso similar en Argentina, de un chico de San Lorenzo apellidado Casas, que casualmente era extremo como Villalón”.