Huelga de brazos caídos en el PRI
Ningún sistema con democracias consolidadas con las características que expresó Robert Dahl, en su teoría sobre la Poliarquía, puede ser cierta sin un sistema real de partidos políticos. Pero, ¿cómo fortalecemos el sistema de partidos si día a día crece la desconfianza ciudadana para ellos y ni siquiera los militantes se sienten incluidos en la toma de decisiones?
En nuestro país, hace apenas medio siglo que se reconoció la necesidad de establecer en la norma constitucional a los partidos políticos como figuras relevantes del proceso de legitimidad de la representación política. No obstante que desde 1911 la ley electoral ya determinaba que para constituir un partido político se requerían 100 ciudadanos, ninguna Constitución Política de las promulgadas hasta 1917 contemplaba esta figura. La Carta Magna vigente integró por primera vez la palabra “partido” hasta 1963.
No obstante, los embriones de los que serían los partidos políticos ya eran organizaciones básicas de las expresiones ideológicas de liberales o conservadores desde 1808, en su mayoría, bajo la figura de las logias masónicas. Muchos de los personajes de la historia política de la República fundaron partidos para impulsar una estructura que les permitiera extender sus ideas y agrupar a sus seguidores. Pero fue hasta que Lázaro Cárdenas trasformó el PNR (fundado por Plutarco Elías Calles) en PMR que la figura de partido se volvió fundamental para el ejercicio y control del poder público. De esta forma, la integración de los diferentes “sectores” que prevalecen en el actual PRI se fueron sumando para obtener las candidaturas a diferentes cargos de representación política. Más tarde, en 1977, se incluyeron las candidaturas de representación proporcional, eso favoreció no sólo a la oposición, sino, en mayor medida, a la élite partidaria que sin “picar piedra” lograba saltar de un cargo a otro.
Las circunstancias sociales, económicas y políticas han obligado al régimen presidencialista a transformarse. La Constitución ha cambiado y se han incluido formas de garantizar elecciones más igualitarias y justas, de esta forma, los partidos políticos han logrado ser más competitivos, además, aun con deficiencias, se ha creado la figura del candidato independiente, toda vez que una sociedad civil más organizada y exigente ha presionado para poder expresar su voluntad soberana en las urnas sin votar por los partidos.
Incluso, ante esa debilidad de la figura partidaria, algunos actores políticos “hechos” dentro de los partidos se han deslindado de ellos y han logrado capitalizar el descontento popular; tal vez el caso más emblemático en el pasado reciente es el del gobernador de Nuevo León, pero, también, el de Margarita Zavala, quien, de lograr su registro, se proyecta como un actor que le disminuirá votos al partido en el que, hasta hace algunas semanas, militaba.
Como es sabido públicamente, también otros personajes de trascendencia política del PAN ya han anunciado su apoyo al recién nombrado candidato del PRI. Quizás otros militantes de otros partidos o sin partido (pero que controlan las decisiones de algún partido) también se inclinen por apoyar a José Antonio Meade, quien, a final de cuentas, es un personaje que no polemiza, que se ha hecho dentro del sistema y que ha sabido transitar de una a otra administración sexenal sin importar de dónde ha emanado el Presidente de la República, es decir, es una persona que aparentemente no tiene “negativos” en su quehacer público, quizá porque, aun siendo lo suyo, la rama de lo técnico-financiero le ha dado mejores dividendos en la esfera de lo político y una buena aceptación del círculo rojo de la élite del país que, sin ser militantes de los partidos, influyen en la toma de decisiones de poder.
Sin embargo, falta resolver un pequeño detalle: ¿Cómo lograr que los militantes del PRI se sientan pertenecidos, comprometidos, identificados e incluidos con José Antonio Meade y, con ello, lograr mover a las estructuras para lograr lo que hizo el presidente Enrique Peña Nieto? Durante los tiempos de vacas gordas del partido las inconformidades se resolvían con cargos a representación popular, pero hoy que la competencia es real y que, en el mejor de los escenarios, se ve a tres partes (Morena, Frente PAN-PRD y PRI), este incentivo se antoja insuficiente, además, el fenómeno de la “deslealtad política” que ya se manifestó en el PRD (con la fuga de personajes a Morena) se puede desarrollar dentro del PRI. Quizá los militantes leales del PRI no cambiarán de camiseta, pero harán “huelga de brazos caídos”, como ya ha sucedido en otros tiempos, es decir, públicamente “repiquetearán la matraca”, pero, en los hechos, no moverán un dedo por la campaña.
