Igualdad sin polarizar
Los esfuerzos de la ONU por impulsar la igualdad entre mujeres y hombres han derivado en una campaña denominada “He for she”. Diversos personajes de la vida pública se han sumado en el mundo. En nuestro país lo acaba de hacer el secretario de Gobernación, MiguelÁngel Osorio Chong. El asunto parece menor. No obstante, es de suma importancia por varias razones.
La primera, como ya lo he dicho en otros momentos, tiene que ver con cómo combatir la adversidad que existe alrededor del tema. Hablar de igualdad entre mujeres y hombres se ha vuelto un tema molesto para muchas personas, incluso para aquellos que tendrían que ser los agentes de cambio para lograrlo. En el Poder Legislativo, cuando una mujer expone de forma enfática la necesidad de lograr la igualdad de género, inmediatamente es calificada como “muy intensa”, “de carácter fuerte”, “de feminista”. Incluso esta última palabra se ha vuelto muy impopular al grado de que, usada como sustantivo o adjetivo, resulta una ofensa o por lo menos sinónimo de “antihombre”, como lo dice Emma Watson en su discurso ante la ONU.
En segundo lugar, porque el tema tiene una relación profunda con el desarrollo de la democracia en nuestro país. Si bien es cierto, a estas fechas tenemos leyes e instituciones que pretenden lograr este objetivo, en los hechos, sigue existiendo una fuerte discriminación hacia las mujeres. La historia de cómo se ha consolidado la democracia en nuestro país puede darnos una pista sobre el porqué —cuando menos en el aspecto político— es tan difícil combatir esta problemática. Resulta que, al igual que la mayoría de las democracias en el mundo, la nuestra se sustenta en un sistema de partidos.
Estos institutos fueron, hasta 2014, los únicos que podían registrar candidaturas de representación popular. En la historia del surgimiento de las facciones primero y partidos después, desde 1808 a la fecha, sólo cuatro mujeres han sido presidentas de partido: PARM: Rosa María Martínez Denegri (1993-1996), PRD: Amalia García (1999-2002) y Rosario Robles (2002-2003), PAN: Cecilia Romero (3 de marzo a 19 de mayo del 2014), PRI: María de los Ángeles Moreno (1994-1995), Beatriz Paredes (2007-2011) y Cristina Díaz (2012).
Es de esta forma que las mujeres han tenido que luchar no sólo al interior de los partidos para poder representarlos, sino también para poder ser candidatas. La cuota de género —establecida desde el 1993 hasta 2014— significó una posibilidad para lograr tener una mayor presencia en el Poder Legislativo federal y local, pero esto, no se ha logrado en el Poder Ejecutivo. En un sistema presidencial como el nuestro, la posibilidad de que una mujer llegue a la titularidad del Ejecutivo tiene que ver con el combate a esta discriminación. Lamentablemente, no sólo es imposible tener acceso a la Presidencia de la República, sino también a las gubernaturas estatales, las secretarias y subsecretarias del gabinete, si alguien lo duda, tan sólo revise cuántas mujeres están en esos cargos. En algunos casos, incluso, ha quedado demostrado que no es cierto que es por falta de capacidad o de reconocimiento público.
No obstante el adverso panorama, aliados como los magistrados de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, fueron la base para alcanzar la paridad constitucional. La reforma del 2014 ya empieza a demostrar un incremento numérico de presencia femenina no sólo en el Congreso de la Unión, sino también en los Congresos locales y las presidencias municipales.
En este último caso, vale la pena reflexionar lo siguiente: desde el 2014 a la fecha, pasamos de 5 a 10 por ciento de mujeres alcaldesas. Todavía no ha habido elecciones de presidencias municipales en toda la República desde esa reforma, por lo que todavía no podemos medir los verdaderos efectos, pero lo que queda claro es que si se votaran todos los cargos de los gabinetes de las 32 entidades y del ámbito federal, las mujeres tendríamos más oportunidad de lograr esos espacios con el voto ciudadano que con la voluntad de los titulares que hoy gobiernan en los tres niveles. Por último, también queda claro que no se necesita forzar las transformaciones de forma radical, me refiero a lo que sucedió en algunos Congresos locales de algunas entidades en donde, después de votados las candidaturas se impuso la paridad dando de baja a algunos hombres que ganaron sus distritos y dando de alta a mujeres de la lista plurinominal. La igualdad tiene que ser un tema que nos una y nos reconcilie mutuamente; no es una competencia entre mujeres y hombres, sino una suma para acabar con la discriminación en todas sus expresiones.
