Metáforas que hieren

Salvar al buitre muestra las cartas credenciales de un personaje propenso a la melancolía. Decir que se trata de un decidido empuje por conquistar un proyecto íntimo de escritura es ceder a la tentación de bañar nuestras impresiones en las acedas aguas del lugar común. Y las pésimas experiencias de los aduladores profesionales nos han enseñado que lo mejores evitar todo roce con ese pútrido elemento.

Metáforas aparte, lo mejor es encarar al texto en corto y por lo derecho: el protagonista de esta obra es un ser forjado, todo, de remembranzas y evocaciones. Tampoco escasean los abatimientos y dos o tres desconsuelos: “Por culpa de la ficción, lectores crédulos andan por tabernas y zonas rojas, buscando borrachos sabios y muchachas de buenos sentimientos”. O bien: “Me disgustan los libros que se hacen pasar por literatura literaria, yo tengo avidez de pavor y fiebre”.  Sus armas fundamentales —ya se ve— son el ingenio y la lucidez. De principio a fin, el personaje conversa —o mejor discute— consigo mismo. No debe sorprender. El vivero del aforismo siempre ha sido la introspección y el diálogo interior. Ya nos lo advertía Addison, gran cultivador del género: “De la exploración interna sólo obtendremos tribulaciones”.

Pese a su oleada de reminiscencias y su dosis de sinsabores, no estamos frente a un texto acongojado. Todo lo opuesto: cada uno de los fragmentos que componen este diario de hastíos está animado por la ironía. Y a esta hora, todos sabemos que detrás del antifaz de un ironista se esconde la sardónica hilaridad de un humorista.

Si leemos las reseñas publicadas hasta el momento notaremos que algunos comentaristas sospechan que Salvar al buitre es un texto con matices autobiográficos. ¡Vaya revelación que, no sin razón, envidiaría el señor Perogrullo! Poco hay que oponerle, desde luego, a esa ramplonería, salvo la certidumbre de que toda literatura es una confesión velada, cuando no una abierta refocilación del alma de su artífice. En todo caso, el autor somete sus confesiones a una tensión metaliteraria que la enmaraña, la amplifica y la cuestiona. La forma —o mejor dicho: eso que los críticos ampulosos llaman el tratamiento— es lo que la redime al texto de ser un mero desahogo. González Torres —pese a su apariencia de hombre sosegado— es un fustigador despiadado. Y en este libro —escrito a fuerza de poéticos sarcasmos y afilados epigramas— lo confirma. El autor, además, vapulea los recuerdos de la infancia, zahiere y pondera la vida en los barrios tristes e impugna, con vigoroso sarcasmo, el quehacer de la literatura de aeropuerto: “Hay ficciones que son tan peligrosas como los predicadores que acuden a tu domicilio: fingen entretenerte, pero te llevan a la conversión”. González Torres —a quien no le falta acrimonia, a pesar de su estampa de dandi garboso y exquisito— nos obsequia, entre tantas alhajas que abundan en este volumen, un apotegma de tintes tanto bucólicos como escatológicos: “En los barrios tristes la devoción se manifiesta mirando los pechos de la virgen y las peticiones marianas comienzan con una peculiar oración: chichis para la banda”. Una cosa más viene a concurrir para que el libro nos deleite y estremezca todavía más, su virulenta profecía: “Los verdaderos clásicos son aquellos libros que suelen cambiar sus siglos de autoridad por unos momentos de complicidad”. Bien pensado, Salvar al buitre es un portentoso ejercicio de desconstrucción personal, una verdadera hazaña de lo que hoy se entiende por “autoficción”.

Por un lado, es una poesía incisiva pero también introvertida, a veces insurrecta y aguzada en perfiles exasperadamente virulentos. Por otro, simplemente una elegía harmónica, insistente y melodiosa. González Torres nos comparte esta marejada de ácidas conmociones que, por aquí y por allá, reverberan una nostálgica exuberancia. En ese sentido, Salvar al buitre es la obra de un demiurgo que ha cultivado el arte de la palabra y ha combinado sus piezas hasta lograr una perfecta concordancia. El autor no es un mero hacedor de letras, sino un músico que comprende que el valor de la auténtica literatura reside en aquel canto que sabe unificar historia y melodía. A la manera de un Matthew Arnold o Luis Cernuda, el artífice de estas eufonías es un poeta que practica la crítica o al revés: un crítico que escribe poesía.

Breviario de tintes aforísticos o diario construido a golpes de melancolía, este libro reúne las reflexiones de una inteligencia bucólica que opera sobre un orden sistemático de ideas. Tomo de compleja clasificación —a veces prosa y a veces verso—, esta obra ensaya una escritura en permanente controversia. El personaje —digamos: una especie de poeta irónico y amnésico que modula sus estrofas desde una atmósfera taciturna— nos obsequia un universo verbal rítmico, metafórico y prodigiosamente contundente donde cada afirmación es la réplica de sí misma. Himno musicalizado por la orfandad, las frases lapidarias y la acrimonia de un escritor mortificado por sus fantasmas, Salvar al buitre es un texto para disfrutar de su melodía y no para explicarlo, pero si queremos podemos tomarlo como la obra de un pájaro fénix que, apoyado en un vigoroso y punzante solfeo, aspira a traspasar con sus afiladas zarpas la bruma del porvenir.

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