Sobre el verbo simular
Por ahora lo único rescatable de la democracia electoral parece ser la “incertidumbre” en el resultado. La democracia mexicana aprendió a conjugar un solo verbo: simular. Los partidos y candidatos simulan gastar en promedio sólo 38% de los topes de campaña; los medios simulan no vender publicidad, los funcionarios simulan no usar electoralmente los programas sociales, los gobernadores simulan estar al margen, los partidos simulan que el juego es de ciudadanos y no de clientelas, los privados simulan no dar dinero a los candidatos
La simulación de turno es la del método de selección. De esa simulación una parte le corresponde a la ley. La norma le da ventajas importantes a los partidos que deciden llevar a cabo procesos internos cuando hay competencia entre dos precandidatos sobre aquellos que registren un solo candidato. El resultado es que todos simulan que hay, al menos, dos aspirantes para aprovechar las prebendas aparejadas a las precampañas: dinero, exposición mediática y darle la vuelta a la reforma que recortó las campañas a 90 días.
La otra norma que propicia la multiplicación de aspirantes es la que dice que los estatutos de los partidos deben establecer las “normas y procedimientos democráticos para la postulación de sus candidatos”. Difícil saber qué constituye un método democrático. Lo cierto es que mientras algún integrante del partido en cuestión no dispute el método por violación a sus derechos de militante cualquier método es válido y democrático.
Ambos preceptos deberían desaparecer. Aclaro de nuevo que no me parece objetable que un partido decida como mejor le convenga su método de selección. El objetivo es ganar y para ello es preciso que la decisión sea aceptable y aceptada para la mayoría del partido; que atraiga aliados, que no provoque divisiones internas o disidencias, y que maximice las posibilidades del partido o coalición de atraer el mayor número de votos.
Tanto el PRI como Morena anunciaron su procedimiento o pantomima para elegirlo. Meade ya comenzó su campaña para que la Convención Nacional de Delegados y Delegadas (casi 20 mil consejeros y delegados) formalicen su elección el 18 de febrero. En el caso de Morena, la farsa es mayor porque ni a la especulación se presta. AMLO se registrará el muy guadalupano 12 de diciembre, ya se garantizó a un competidor (Fernández Noroña) para entrar al juego de las precampañas y el método de selección será una encuesta cuyo ganador ya conocemos.
El que está emproblemado es el Frente. Es una pena porque fueron los primeros (5 de septiembre) en acudir al INE para solicitar registro formal y presentar la novedosa idea de una alianza que fuera más allá de lo electoral para transformarse en una coalición de gobierno. Pero han perdido y siguen perdiendo el tiempo miserablemente. Hoy, no tienen ni convocatoria ni método de selección ni candidato. Y esto no porque los partidos que lo conforman sean más democráticos que los otros, sino porque hay demasiados tiradores y una sola liebre. Porque los progenitores del Frente no lograron los amarres necesarios con suficiente antelación y el proceso se les salió de las manos. Porque los muchos tiradores aprovecharon la falta de equilibrios internos y decidieron explotar la falta de consenso. Porque ante la ausencia de unidad vieron un resquicio para alimentar sus ambiciones (legítimas). El problema es, otra vez, la simulación.
Ahora resulta que no se vale (Mancera dixit) que Anaya tenga doble camiseta, la de presidente del partido y la de aspirante. ¿Y la suya? ¿No es igual o peor en términos de, como él mismo dice, el beneficio personal? Es jefe de Gobierno de la CDMX y aspirante. Y ahora resulta que Moreno Valle quiere un método democrático. ¿Se le olvidó cómo llegó a la gubernatura de Puebla en 2011 y el dedazo en favor de su sucesor?
Y todo esto, ¿para qué? Al final habrá una decisión cupular vestida de democrática. A nadie importará cómo se nombró al candidato, sino que haya candidato.
Es simplemente natural que el PAN lleve mano en la candidatura. Los otros partidos pueden ser decisivos para el triunfo, pero el PAN es el que de lejos más votos aportaría. El PAN en solitario vale 19%, el PRD 5.1%, y MC, 1.7%. El problema es que sin la alianza las posibilidades del PAN se reducen notablemente. Pero, en fin, pareciera que son muchos los que prefieren la destrucción de un Frente en ciernes con posibilidades de triunfo a que Anaya sea el candidato. Por lo pronto, han dejado la cancha a la confrontación sistema-antisistema de Meade-AMLO.
Vale preguntarse si ante la indecisión que sigue caracterizándolos, y en caso de ganar, la idea de un gobierno de coalición podría hacerse realidad. En los gobiernos de coalición el partido más fuerte electoralmente es el que, aunque cediendo ciertos cargos y políticas, lleva la mano en la conformación del gabinete. O, ¿también pretenderán que los cargos de gobierno se repartan a través de un método democrático?
En fin, lo único que no es simulación es que al elegir candidato no se elige Presidente. Los candidatos, lleguen como lleguen, son eso: candidatos que se tendrán que ganar la Presidencia.
