La prensa y sus fantasmas
La entrevista a Emma Coronel se trata de una campaña de relaciones públicas de El Chapo Guzmán.
“Es un hombre bueno. No es violento ni grosero, nunca lo he visto decir una mala palabra. Sus niñas lo adoran y preguntan constantemente por él”. Nada como una esposa enamorada. Pero cuando el hombre bueno, no violento ni grosero, es Joaquín El Chapo Guzmán, cuando es el responsable de la mayor organización criminal de tráfico de drogas del mundo, de la muerte de miles de personas, cuando estamos hablando —como él mismo reconoce— del que introduce cerca del 60% de la heroína que se consume en Estados Unidos, lo menos que se le puede pedir a quien realiza una entrevista con su esposa es que ahonde en esas respuestas.
Cuando Emma Coronel dice en la entrevista con Telemundo que a ella “no le consta que (El Chapo) trafique con drogas”, por lo menos habría que preguntarle de qué piensa que vive su marido, por qué cree que ha estado preso, por qué estaba siempre acompañado de hombres armados. Y no se trata de una indulgente entrevistadora, estamos hablando de Anabel Hernández, una periodista que se dice perseguida por haber revelado los grandes secretos del narcotráfico… aunque la mayoría de ellos nunca tengan una fuente que los confirme. Anabel tiene todo el derecho de opinar lo que quiera, lo increíble es que cuando está frente a la esposa de El Chapo Guzmán, no se le ocurre cuestionar a la señora sobre las actividades del principal narcotraficante global.
Cuando Sean Penn entrevistó (es un decir) a Guzmán Loera, Mario Vargas Llosa escribió que esa entrevista “es malísima, una exhibición de egolatría desenfrenada y payasa y, para colmo, desbordante de simpatía y comprensión hacia el multimillonario y despiadado criminal a quien se le atribuyen cerca de tres mil muertes, además de incontables desafueros, entre ellos un gran número de violaciones”. No es muy diferente la entrevista con su esposa. Se trata, no hay otra forma de calificarlo, de una campaña de relaciones públicas de El Chapo Guzmán.
Ahí mismo, Coronel anunció que temía por la vida de El Chapo en la cárcel e insistió en la dureza de las condiciones penitenciarias. “No lo dejan dormir, no tiene privacidad ni para ir al baño, hay perros custodiándole”. Lo cierto es que tras dos fugas de Guzmán Loera es evidente que las medidas de seguridad se han extremado. Es verdad que hay perros entrenados que reconocen su olor por si intenta una nueva fuga y que prueban su comida para evitar que sea envenenado (lo que le encantaría a más de uno de sus antiguos socios). Es verdad que las cámaras ahora lo vigilan las 24 horas y que pasan lista cada cuatro. Así debe ser, pero olvidan preguntarle a la señora Coronel cuál fue su participación y la de su familia en la fuga de El Chapo: hasta a su hermano están acusado de la organización de la fuga.
Pero no se trata de excepciones. Se repiten las historias presentadas como si fueran verdades absolutas sin presentar una sola prueba, o siquiera una investigación de datos básicos detrás, que personajes políticamente correctos avalan y propagan. Un ejemplo, el respetable periódico El País publica en primera plana la supuesta frenética defensa del gobierno mexicano para que se liberara a Humberto Moreira en España. Cuenta toda una historia sin fuente alguna y olvida datos tan simples como que los consulados mexicanos están obligados a prestar ayuda a cualquier nacional detenido en el extranjero y esos gobiernos extranjeros están obligados a proporcionarla. Ha habido hasta condenados a la pena de muerte que libraron esa sentencia por no haber proporcionado apoyo consular a los detenidos.
Sigo pensando que Humberto Moreira cometió errores políticos graves, incluyendo haber dejado una enorme deuda en su estado, pero también que la justicia española no logró encontrarlo culpable de nada de lo que lo acusaba, como tampoco la de Estados Unidos.
También Osorio tuvo que desmentir que el gobierno hubiera acordado tregua alguna con los grupos del narcotráfico durante la visita del papa Francisco a México. El propio Francisco dijo que a él le comentaron que los cárteles habían pactado en Ciudad Juárez una tregua entre sí; jamás habló de una tregua pactada por el gobierno. Mucho menos se puede pensar que un gobierno, sea el de México, Cuba o Estados Unidos le vaya a prohibir tratar temas a un personaje como el Papa, como se publicó alegremente. Otra vez tuvo que desmentirlo Osorio. Ahora resulta que el gobierno mexicano es tan poderoso que puede mover a placer a la justicia española, a la estadunidense, al papa Francisco y a los narcotraficantes. Por favor.
Ni El Chapo es un hombre cariñoso y pacífico, ni Francisco puede ser condicionado ni la justicia española o la de Estados Unidos puede ser manipulada para liberar a un político mexicano, acusado de delitos en ese país, quien sea. Pero la desinformación tiene más peso en la edad de las redes sociales de los políticamente correctos que la verdadera información, que la opinión, se esté o no de acuerdo con ella, y que el debate sustentado en datos y no en ocurrencias.
