Iguala y Narvarte: no es represión, son drogas

Rubén Espinosa no vivía en ese departamento, había ido a pasar la noche con Nadia Vera y otro amigo.

No fue la política, fue la droga. No fue la represión ni la venganza política, fueron los narcos. No fueron los poderosos, por lo menos, no los de la política nacional, fueron políticos locales y sicarios, unos pobres diablos que con placas o sin ella, pero siempre con armas, matan en un ejercicio cotidiano de impunidad.

Tanto en el caso de Iguala como en el del multihomicidio de la colonia Narvarte se montó una campaña argumentando que tanto los jóvenes de Ayotzinapa, así como el reportero gráfico Rubén Espinosa y las mujeres muertas en ese departamento capitalino, habían sido asesinados por el poder, responsabilizando a autoridades federales (y en el caso Narvarte a las de Veracruz) de falta de protección a las víctimas e, incluso, de estar directamente involucrados en los hechos. Cuando esas tesis propagandísticas se cayeron, se exigió que no se divulgara nueva información para “no victimizar” a las víctimas, pero en realidad para tratar de ocultar datos que se alejan de lo que consideran políticamente correcto porque daña sus intenciones reales.

En el caso Iguala, más allá de las contradicciones y supuestos del comité de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o de su perito José Torero respecto de si se incineraron o no los cuerpos de los jóvenes en el basurero de Cocula (una tesis que se contradice con los peritajes de un centenar de expertos nacionales e internacionales que trabajaron con la Procuraduría General de la República e incluso con la confesión de los asesinos materiales), lo cierto es que la conclusión que algunos manejamos desde un primer momento y que fue descalificada por quienes manipulan a los familiares o se dicen sus representantes, es que ese ataque tenía relación directa con el narcotráfico. Que si bien era verdad que la enorme mayoría de los jóvenes sacrificados no tenían relación con grupos criminales, la mayoría eran de primer ingreso, algunos de los líderes de Ayotzinapa sí la tenían con el grupo criminal de Los Rojos, rival de los Guerreros Unidos, el cártel en el que participaban el alcalde José Luis Abarca y su esposa, María de los Ángeles Pineda, al que respondían las policías de Cocula e Iguala.

Puede ser, como dice el informe que sea verdad que uno, varios o ninguno, de los autobuses que se robaron los estudiantes transportara droga del cártel de los Guerreros Unidos y por eso la virulencia de la reacción de sus sicarios. Eso se ha dicho desde que ocurrieron los hechos, es, simplemente una especulación, pero lo que sí es cierto es que los miembros de ese cártel estaban convencidos de que entre los estudiantes se escondía un comando de Los Rojos que quería asesinar a integrantes de Guerreros Unidos. Por eso los mataron. Y de eso son responsables tanto los de Guerreros Unidos, incluyendo el alcalde, su esposa y sus policías locales, como los dirigentes de Ayotzinapa que mandaron a los jóvenes al matadero. No fue un crimen político, fue un ajuste de cuentas de grupos criminales del que fueron víctimas muchos inocentes.

En el caso de la Narvarte, tampoco hubo ni represión ni persecución política ni violación a la libertad de expresión. No se vuelve a victimizar a las víctimas cuando se establece que, por lo menos, una de las mujeres asesinadas ejercía la prostitución y era dealer de drogas; cuando se sabe que esa joven tenía relación con, por lo menos, uno de los asesinos y que ella fue la que les permitió entrar al departamento. Que los asesinos fueron allí para tener relaciones con esa muchacha, y dicen que, también, con otra, pero, sobre todo, para recuperar droga que esa misma joven había recogido, dicen que se la había robado, en el aeropuerto. La mataron y también a las otras personas que se encontraron casualmente en el departamento, quienes no deberían haber estado allí.

Rubén Espinosa no vivía en ese departamento, había ido a pasar la noche con Nadia Vera y otro amigo, ellos se fueron en la mañana y Rubén decidió regresar con Nadia, quien supuestamente iba a ir a Cuernavaca a ver una oferta de trabajo, los dos se quedaron toda la mañana en la habitación; Alejandra, la mujer de la limpieza que había comenzado a trabajar en ese departamento hacía unos pocos días, pero que ya había trabajado con Nicole en otras viviendas, y cuyo esposo fue asesinado meses atrás, llegó cuando ya estaban adentro los asesinos; mataron a Nicole y a los demás los victimaron para que no quedaran testigos. El caso no tiene nada que ver con la política ni mucho menos con la actividad profesional de Espinosa, que hacía tiempo que estaba sin trabajo.

Fue un crimen brutal, sobre todo, contra Nicole, pero se relaciona, como buena parte de la violencia que está asolando al país desde hace años, con la droga y los grupos criminales que están detrás de ella. Una violencia que se basa en esquemas de crueles ajustes de cuentas pero que también en muchas ocasiones mata y abusa de inocentes o de quienes se encuentran en el lugar y el momento equivocados.

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