¿Elecciones democráticas en Egipto?

Se han cumplido ya siete años del inicio de las protestas populares que en muy corto tiempo lograron derrocar al presidente Mubárak tras treinta años en el poder, y sin embargo, muy lejos se encuentra aún la nación egipcia de conseguir funcionar política y ...

Se han cumplido ya siete años del inicio de las protestas populares que en muy corto tiempo lograron derrocar al presidente Mubárak tras treinta años en el poder, y sin embargo, muy lejos se encuentra aún la nación egipcia de conseguir funcionar política y socialmente de una manera notoriamente distinta a la que prevaleció antes del estallido de la llamada Primavera Árabe.

Las turbulencias, que sacudieron al país tras ella, derivaron en elecciones que consiguieron instalar un gobierno protagonizado por la islamista Hermandad Musulmana, pero tal régimen sólo logró mantenerse vigente por un año. De nueva cuenta los militares –el segmento más poderoso dentro de la estructura egipcia– lograron hacerse del poder mediante un golpe de estado que contó con el apoyo de buena parte de la sociedad civil, descontenta con la ineficacia y los efectos que para la vida nacional tuvo la visión radical islámica con que gobernó la

Hermandad. Fue entonces, en 2014, cuando el general Abdel Fatah al-Sisi asumió la Presidencia en el país.

   Al-Sisi ha gobernado desde entonces con mano de hierro, de manera bastante parecida a como lo hizo Mubárak. El desafío implicado en el activismo opositor de la derrocada Hermandad Musulmana y en la proliferación de bandas islamistas del Estado Islámico que han realizado sangrientos atentados en el Sinaí, lo mismo que atroces actos terroristas contra la nutrida minoría cristiana copta del país, le ha permitido justificar un estado de excepción permanente con consecuencias graves para el ejercicio de los derechos humanos y las libertades fundamentales. Si bien se han registrado políticas públicas para avanzar modestamente en la igualdad de género –un tema en el que la situación ha sido francamente lamentable desde siempre– la intolerancia hacia cualquier forma de disidencia ha sido manifiesta. De ahí que con vistas a las elecciones presidenciales a efectuarse los días 26, 27 y 28 de marzo próximo, no existe la menor duda de que Al-Sisi se reelegirá, muy al estilo de lo registrado en Egipto desde mediados del siglo XX hasta el 2011.

    Y es que los potenciales contendientes que aparecieron para suceder al actual Presidente, tales como Sami Anan, Khaled Ali y Ahmed Shafik, poseedores de trayectorias políticas y militares lo suficientemente sólidas como para ofrecer alternativas reales a los electores, fueron sacados de la jugada mediante artificios legalistas. Sin embargo, con la intención de cubrir las apariencias y de que no aparezca únicamente en la boleta el nombre de Al-Sisi, ha surgido un candidato de última hora, Moussa Mustafa Moussa, quien en representación del Partido Ghad, será el competidor del actual Presidente, a pesar de ser un personaje muy poco conocido del que fundadamente se sospecha haber entrado a la carrera presidencial en calidad de comparsa a fin de legitimar como democrático al proceso electoral. De hecho, hay evidencias de que Moussa Mustafa ha sido un leal seguidor de Al-Sisi, tal y como lo revelan expresiones suyas en redes sociales y en actividades diversas en las cuales ha participado.

    En ese contexto, la reciente petición del ministro de Relaciones Exteriores egipcio, Sameh Shoukry, de que observadores europeos y enviados de organizaciones de derechos humanos supervisen las elecciones a fin de dar fe de su transparencia y legalidad, no puede verse sino como la coronación de una estrategia de engaño, en virtud de que no existe la más mínima posibilidad de que Al-Sisi no arrase en los comicios. Con lo cual sólo cabe esperar más de lo mismo.

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