No más deuda es una promesa popular
Es fácil prometer no contraer más deuda cuando se está en campaña electoral. Trump lo hizo en su momento criticando duramente el endeudamiento incurrido durante el gobierno de Obama. Antes de terminar su primer año de gobierno, ya rompió su promesa.
No hay que creer las promesas de un político que busca nuestro voto. La pregunta es si, de alcanzar el poder, evitará la fácil tentación de endeudar al país. Salvo créditos utilizados en proyectos necesarios y económicamente rentables, y que éstos se paguen por sí mismos (como dice la Constitución mexicana), más deuda pública implica mayores impuestos el día de mañana. Los votantes del futuro no tienen hoy una buena representación política.
Bueno, algunas veces sí. Hay legisladores comprometidos con evitar el endeudamiento. La mayoría de los republicanos fueron, durante ocho años, duros críticos contra la deuda contraída por los demócratas. Ahora están dispuestos a apoyar una reforma fiscal en favor de los más ricos que se financiaría con mayor deuda.
El lunes pasado, Andrés Manuel López Obrador presentó su programa de gobierno. “La prioridad de la política tributaria será la estabilidad macroeconómica, con finanzas públicas equilibradas”. La promesa es clara: no más deuda pública.
No hay que creerle a él ni a nadie cuando afirma esto. La pregunta es si enfrentará restricciones como para no caer en tentación, sobre todo dado que su programa incluye infinidad de compromisos de gasto. Si bien la promesa es financiar este gasto con austeridad y sin subir impuestos, sabemos cuán difícil es recortar gastos y, en la práctica, cuánto más caro es todo compromiso político que requiere recursos públicos.
Trump quizá se salga con la suya y aumente la deuda de su país por tres razones. Una, tiene la mayoría en ambas cámaras. Le falta la Cámara de Senadores, donde algunos republicanos empiezan a mandar señales de que no votarán a favor de ella.
Dos, los mercados financieros creen que Estados Unidos puede aumentar su nivel de deuda. No hay presión vía las tasas de interés, en niveles históricamente bajos o de las calificadoras crediticias.
Tres, la defensa de un puñado de economistas que dicen que la reforma fiscal generará tanto más crecimiento que una buena parte se pagará sola. Esta retórica parece ser compartida por una parte de los medios de comunicación proTrump o la usan con todo cinismo para impulsar la reforma, la cual no es popular entre los electores. El peor populismo de todos es el que engaña al elector para enriquecer aún más directamente a los más ricos.
Si López Obrador ganara la Presidencia, ¿tendría el espacio para incumplir su promesa de no más deuda? Difícilmente tendrá la mayoría en cualquiera de las dos cámaras, aunque ya hemos visto cómo en materia impositiva y presupuestal, si se reparte algo de dinero a los opositores, en particular a los gobiernos estatales, luego se pueden conseguir los votos para aprobar cualquier cosa.
El contrapeso mayor vendría de los mercados financieros. Éstos verían con enorme desconfianza un mayor endeudamiento público, lo cual se traduciría en incrementos en las tasas de interés. La última oleada de gobiernos de izquierda en América Latina con voracidad de gasto fue pagable, temporalmente, gracias al ciclo al alza en los precios de las materias primas. Éste les dio espacio para endeudarse más. Como sucedió en Venezuela, Brasil y Colombia. La excepción fue Argentina, cuyo espacio de gasto se dio por no pagar la deuda pública contraída en el pasado.
Respecto a lograr convencer sobre las virtudes de un mayor gasto público, tenemos también aquí a nuestros economistas de izquierda, que creen que una mayor deuda lleva a mayor crecimiento sin riesgos inflacionarios. Sobrarán, además, presiones de los presuntos beneficiarios de más gasto público para que éste se ejerza.
Si puede, hasta el político más virtuoso gasta de más. Importa por ello en qué se gasta y qué capacidad de ejecución tiene el gobierno. El recién presentado programa de López Obrador promete corrupción cero a partir de una visión voluntarista. No hay mención al Sistema Nacional Anticorrupción e incluso se busca un método para que el Presidente tenga mayor margen para nombrar al fiscal general. Si bien hay algunas propuestas de reforma, como hacer públicos los accionistas de las empresas contratistas del gobierno, no hay mucho para augurar un gobierno competente, desde quienes rodean a López Obrador hasta la descuidada redacción del programa recién presentado, plagado de retórica y datos cuestionables.
Muchas de las promesas de gasto que hace López Obrador han sido en México siempre barriles sin fondo, como la de hacer dos refinerías. Otras, simplemente tienen vacíos tan elementales como usar como aeropuerto alterno la base militar de Santa Lucía y cancelar el aeropuerto capitalino, hoy en plena construcción, sin decir qué pasará con los compromisos ya contraídos para su construcción, la cual avanza todos los días.
