García Márquez, un hombre calculador

Darío Arizmendi convivió con el Nobel de Literatura durante los últimos 30 años de su vida. De esa experiencia lanza su nuevo libro: ‘Gabo no contado’

thumb
Ver galería
thumb
Ver galería
thumb
Ver galería
thumb
Ver galería
thumb
Ver galería
thumb
Ver galería

CIUDAD DE MÉXICO, 28 de febrero.- Calculador y preocupado al cien por ciento por su imagen, Gabriel García Márquez era perfeccionista al extremo. Atendía siempre cada detalle de su vestimenta, elegía con cuidado las maletas que utilizaba para viajar e incluso el tipo de vehículos que manejaba, sostiene el periodista y politólogo colombiano Darío Arizmendi, quien tuvo la oportunidad de convivir directamente con el Premio Nobel de Literatura durante los últimos 30 años de su vida.

Arizmendi conoció a Gabo en 1982, luego de que recibió una carta desde México en la que el autor de Cien años de soledad lo invitaba a formar parte de un proyecto para crear un periódico en Colombia. Desde entonces se convirtió en una de sus asiduas amistades, a la que permitía que le espetara preguntas, le tomara fotos y diera cuenta de cada uno de sus pasos en El Mundo, el diario del que Arizmendi era director. 

El periodista supo de primera mano que García Márquez “siempre fue muy cuidadoso con su imagen desde todos los puntos de vista” y que en esa tarea eternamente estuvo atrás como su aliada, su mujer Mercedes Barcha, quien no sólo se preocupaba por la imagen de su marido, sino que incluso influía en las amistades que debía tener, las reuniones a las que debía asistir y, sobre todo, de la administración “de la plata”.

Gabo, recuerda el periodista en entrevista desde Colombia, “era un hombre que en primer lugar cuidaba su forma de vestir, cuidaba el tipo de vehículos que manejaba, cuidaba todo lo que tenía que ver con las páginas de sus libros, con las computadoras en su última etapa, cuidaba el tipo de maletines o maletas que usaba para los viajes; era un tipo perfeccionista le gustaba ser elegante aun yendo casual; tenía un claro concepto de la elegancia, las plumas que usaba siempre eran fuente de punta gruesa e igual con sus obras, por eso corregía y corregía sus originales”.

La misma preocupación que el autor tenía por su imagen personal se extendía a la imagen que proyectaba: “igual le sucedía con las fotos, con quién aparecía en las fotos, la imagen que él proyectaba, cuando le hacían entrevistas de televisión y se veía él mismo no le gustaba; él cuidaba todo, no sólo lo que tenía que ver con su literatura sino absolutamente todo lo que firmaba, un manifiesto, un documento, porque era un hombre al mismo tiempo tan sensible, pero muy calculador”.

Parte de las experiencias que Arizmendi acumuló a lo largo de tres décadas junto al escritor fallecido el 17 de abril de 2014 han sido reunidas en el libro Gabo no contado, aparecido el año pasado en Colombia y que ahora se edita en México bajo el sello Aguilar. El periodista incluye también una serie de imágenes de su carpeta personal, fotografías de las múltiples reuniones que sostuvo con el escritor en su estudio de la Ciudad de México, de la celebración posterior a la entrega del Nobel en Suecia o de su regreso a su pueblo natal: Aracataca, en 1983.

Arizmendi se ganó la confianza del escritor, incluso fue uno de sus invitados a la ceremonia donde recibió el premio que le catapultó al reconocimiento mundial. Pero quizás mayormente inspiró confianza en Mercedes Barcha, quien

—afirma— tenía una “influencia total” en Gabo y decidía su círculo cercano de amistades: “yo diría que hoy la humanidad es dueña de Gabo, pero en vida de Gabo la dueña siempre fue Mercedes; ella, Mercedes, ejerció en Gabo una influencia extraordinaria”.

“Gabo se enamoró de ella cuando lo conoció en la Ciudad de México, él estaba como reportero y la vio y comenzó a cortejarla, a enamorarla hasta que lo logró; fue la mujer de su vida, hasta el punto de que si a ella no le caía bien una persona, no simpatiza o tenía algún temor, no entraba en su círculo. Ella solía decir: ‘es que yo tengo una intuición guajira, indígena: yo sé muy bien quién es buena o mala persona, yo sé quién quiere aprovecharse de Gabo, quién lo quiere manipular’, decía Mercerdes. ‘Ese tipo no me gusta y no quiero que hables con él, esa reunión me da mal agüero, esa reunión no te conviene’, y él la obedecía”.

Sin nada de plata

Es bien conocida la estrechez económica que Gabriel García Márquez pasó durante sus primeros años en México. De su casa de La Loma 19, en San Ángel Inn, le cuenta el escritor a Arizmendi, todos los días salía muy temprano para buscar trabajo; en una ocasión, a su regreso, Mercedes lo recibió con la noticia de que no había podido darle leche a su hijo Rodrigo, porque “no tuve con qué”. Gabo sentó a su niño y le dijo: “Hijo, mañana habrá leche, te lo juro. Hoy no hemos podido. No pienses que tienes hambre. Duérmete tranquilo. Sueña que mañana tomarás mucha leche”.

El escritor consiguió algún trabajo en Radio Universidad y al poco tiempo concluyó Cien años de soledad; las cosas comenzaron a cambiar hasta que llegó el Nobel de Literatura en 1982 y con él una suma de 200 mil dólares. Gabo ya planeaba por esos días la creación de un periódico —El Otro había pensado como su nombre— y la suma del premio ofrecía una oportunidad mayor. Pero ahí estaba Mercedes Barcha: “Ni se te ocurra. Aquí la plata la manejo yo y no vamos a arriesgar ni un peso”, le dijo.

Aquel periódico, cuenta Arizmendi, acabaría frustrándose. En gran parte, la llegada del Nobel fue una de las causas, pero también una carta “sísmica” del argentino Rodolfo Terragno, que advertía al escritor los riesgos de apostar su capital intelectual y de hombre universal en la empresa. Gabo vería malograda la posibilidad de formar una redacción que fuera a la vez escuela para jóvenes periodistas y la semilla de un tabloide referente en América Latina.

Los otros pendientes que Gabo dejó fueron, opina el autor, la biografía de Fidel Castro que siempre quiso escribir y una novela corta de amor, que si bien existió, jamás fue entregada a sus editores. “Pendiente creo que quedo la biografía de Fidel Castro que alguna vez externó que la iba a hacer, lo intentó y llegó a la decisión de que la amistad no se lo permitía, porque quizás hubiera hecho una biografía distorsionada o incompleta o que no fuera lo suficientemente crítica de su amigo Fidel Castro; yo lo vi disentir de Fidel y decir opiniones diferentes a las que tenía pero él no se atrevía decirlo en público porque decía: ‘no quiero que los enemigos de la revolución cubana aprovechen mis palabras, exploten eso para hacerle daño’”.

De la novela de amor, agrega, “yo la tuve en mis manos, hubo varias versiones, me acuerdo que tenían pasta negra, pero eran provisionales. Tuvo muchas dudas la familia también porque ya tenía una edad avanzada, era una novela de no más de 120, 150 páginas, pero él decía, y mucha gente que la conocieron le recomendaron que la guardara y que navegara despacio, que quizás no era para ser su última novela y le recomendaron que no. Finalmente la familia tomó la determinación de no darla a conocer nunca, precisamente porque no la consideraron en su momento a la altura o de la calidad que los lectores pudieron esperar”.

¿La leyó?, se le pregunta. “No la leí, no me dio tiempo, simplemente me la mostró, la tuvo en mis manos, le dije: ‘¿me la prestas, la puedo leer?’ Y dijo: ‘de ninguna manera’”. ¿Tenía título?, se le insiste: “Sí, tenía título, pero en este momento no lo recuerdo, lo escribí por algún lado, pero no lo tengo a la mano, tenía un título provisional”.

Temas: