Temporada de caza
Por Guillermo Fajardo “No sé”, repite Saraí, a pregunta expresa de por qué lo hizo. Es difícil, si no imposible, explicar un asesinato. Las palabras salen fáciles: por venganza, por rencor, por celos, por envidia. Pero nada lo explica del todo. El lenguaje colapsa, ...
Por Guillermo Fajardo
“No sé”, repite Saraí, a pregunta expresa de por qué lo hizo. Es difícil, si no imposible, explicar un asesinato. Las palabras salen fáciles: por venganza, por rencor, por celos, por envidia. Pero nada lo explica del todo. El lenguaje colapsa, pues hay un vacío inconmensurable a la hora de intentar darle sentido. En un documental reciente sobre un asesino serial en Berlín, el propio homicida, en entrevista, no sabe por qué cometió sus crímenes. Elana Gomel, una investigadora, se encuentra con un patrón similar en el libro de entrevistas de Tony Parker (Stockport, 1923—Westleton, 1996) La violencia en nuestras vidas: entrevistas con asesinos norteamericanos (Henry Holt & CO, 1995). Dice que, en estas entrevistas, llega un momento en el que ni siquiera los propios homicidas pueden explicar el acto más determinante de sus vidas: el asesinato.
Jorge Volpi (México,1968) en su novela Partes de guerra (Alfaguara, 2023) ha escrito una interesante exploración de la violencia a partir de unos personajes que articulan sus puntos de vista desde la academia, ese espacio intersticial entre la experiencia y la intelectualidad. Después de que un par de migrantes descubren el cadáver de Dayana, una adolescente de 14 años en Frontera Corozal, en Chiapas, el investigador Luis Roth, fundador del Centro de Estudios en Neurociencias Aplicadas (CENA), convence a su equipo de adentrarse en el laberinto del estudio de los orígenes de la violencia. Pronto descubrimos que la prima de la víctima, Saraí, y su novio, Jacinto, de 15 años, son los culpables. No sólo eso: dos niños de ocho y diez años atestiguaron el crimen. A partir de aquí, Partes de guerra se desdobla sobre numerosos campos de batalla, pues el pulso de Volpi está en demostrar cómo la violencia es, al mismo tiempo, una ecología —es decir, un complejo equilibrio de partes— y un rompecabezas —ninguna de las partes es suficiente para explicarla del todo—. El lector se enfrentará, además, a la paternidad ausente (Lucía), la envidia académica (Pacho, Elvira, et.al), la rabia explosiva (Saraí, Jacinto), el pasado como conflicto (Luis Roth) y, por arriba de todo y de todos, la guerra como manto que fermenta todas estas posibilidades. No se trata, por supuesto, de un conflicto bélico, sino de la brega diaria, del ocaso de existencias que dieron lo que pudieron en sus respectivas temporadas de guerra.
En algún momento de la novela, Lucía Spinosi, ante la pregunta de Luis Roth de para qué sirven nuestros cerebros, responde: “Para predecir lo que va a pasar después”. Partes de guerra es una novela que vibra poseída por alcanzar una interlocución con la violencia, ese magma que nos quema a todos pero que nos resulta inexplicable. Y Volpi predice que la violencia es un ecosistema, en donde cada pieza contribuye al efecto final de un mapa socioeconómico que el lector mexicano sabrá reconocer. Volpi, sin embargo, no se detiene ahí, pues también le interesa representar lo que sucede en la mente del criminal. Pensar la violencia y aproximarse al punto cero de la existencia humana: predecirla, si es posible.
Si hay una lección moral en la novela será acaso la de palpar los límites de nuestras observaciones científicas, no para abandonarlas, sino para complementarlas con las herramientas culturales de la compasión, la intuición, la empatía, el respeto. Ahí también encuentra Volpi su enroque vital: el intercambio de palabras entre el corazón y el cerebro. ¿A cuál seguir? Eso les sucede a los personajes de Volpi cuando empiezan a recordar, ese mantra persecutorio que los llevará a reconocer la irreconciliable, pero indisoluble relación entre el corazón y su “estirpe de manzana” y el “magnetismo del cerebro”.
La violencia, el centro de las preocupaciones de Luis Roth y de su grupo, empieza su largo peregrinaje para convencerlos de que resulta inexplicable. Volpi anima a sus personajes a ver en este fenómeno no un misterio por resolver, sino una historia por contar, pues es posible extraer, desde la pulpa de la conciencia, una narración, por tenue que sea. Por eso Lucía y el grupo CENA utilizan la entrevista como telón de fondo como pegamento narrativo. No hay una forma unitaria de la conciencia: al ser humano lo persiguen los demonios de la fragmentación. Luis Roth, por ejemplo, es uno frente a sí mismo y otro frente a los demás. Lucía es su pasado y su futuro. Dayana es víctima y victimaria.
Finalmente, Partes de guerra es también una explicación en torno a aquellos que creíamos conocer, pero que en la muerte, en la distancia, o en la traición, se revelan distintos ante nuestros ojos. Ante la incomprensión de los otros, buscamos refugio en los entretelones de la conciencia. Incomunicados y solos, perdemos las intuiciones de lo humano.
Partes de guerra es, también, la historia de estos resquebrajamientos.
