La pasión no tapa las carencias del futbol mexicano

Señoras y señores, el futbol mexicano es capaz de despertar emociones. Un clásico puede convertir un resultado en motivo de celebración o frustración durante días. Sin embargo, el futbol mexicano está quedándole a deber a la afición en cuanto a calidad se refiere.  

El Clásico Tapatío del fin de semana, entre Atlas y Chivas, volvió a demostrar por qué estos encuentros son mucho más que un partido regular. El empate 1-1 tuvo tensión, polémica, un penal detenido por Camilo Vargas y el gol de Chivas marcado por Ángel Sepúlveda, después de haber fallado un penal. Fue un encuentro parejo hasta el final.

Partidos así generan espectáculo a través de una rivalidad de años, pero hay que distinguir entre la emoción y la calidad porque no son lo mismo.

Un clásico puede ser intenso sin ser extraordinario. Puede tener dramatismo, polémicas arbitrales y un cierre emocionante, pero también errores, imprecisiones y momentos en los que el nivel del juego es malo. La pasión de las tribunas no justifica el mal desempeño en la cancha.

El problema no es que los aficionados celebren un empate o sufran un penal fallado. El problema es el pobre funcionamiento de los equipos, las decisiones tácticas y la capacidad de los jugadores y entrenadores para responder en momentos decisivos.

El episodio protagonizado por El Piojo Herrera después de la derrota del Atlante por 2-0 ante Querétaro fue tema en redes sociales. Durante la conferencia de prensa, un reportero cuestionó los ajustes tácticos y Herrera respondió preguntándole si era entrenador y, tras recibir una respuesta negativa, se negó a contestar.

Dirigir un equipo requiere conocimientos y experiencia. Un reportero no tiene por qué tener la preparación de un director técnico. El periodismo deportivo no consiste en demostrar que un reportero sabe más de futbol que el entrenador. Su función es formular preguntas relevantes, contrastar versiones y ayudar a que el público entienda por qué un equipo gana, pierde o no consigue jugar como se esperaba. 

También hay que reconocer que no todas las  preguntas están bien planteadas. Algunas parten de conclusiones personales, confunden una percepción con un hecho o buscan generar una reacción negativa. Por eso, la crítica debe ser sustentada y respetuosa. La libertad de preguntar no exime al reportero de la responsabilidad de investigar y de ser profesional.

Un caso que refuerza este debate es el de José Mourinho. Anteayer decidió no comparecer ante los medios después de la victoria del Real Madrid por 1-0 frente al Villarreal. En el encuentro expulsaron a Vinícius y Mourinho protestó enérgicamente este hecho. El entrenador sabía que sus fuertes declaraciones podían perjudicarlo de cara al clásico contra el Barcelona y prefirió no encarar a la prensa. Esto ejemplifica cómo las emociones pueden condicionar la relación entre los entrenadores y los medios.

Tanto el Clásico Tapatío como la conferencia de Miguel Herrera muestran que el futbol mexicano necesita ir más allá de la pasión y de la polémica. En el futbol hay que saber analizar el funcionamiento de los equipos, las decisiones tácticas y los errores que influyen en los resultados. En la relación entre entrenadores y reporteros, las preguntas deben hacerse con preparación y las respuestas deben darse con profesionalismo e inteligencia. Disfrutar del futbol no significa dejar de cuestionarlo y tener autoridad como entrenador no significa estar exento de responder por las propias decisiones.

Los clásicos seguirán generando rivalidades y mucha pasión, los entrenadores seguirán enfrentando derrotas difíciles de digerir. Eso forma parte del deporte, lo que no debería formar parte de él es la idea de que la pasión es suficiente para justificarlo todo o que la autoridad de un entrenador lo coloca por encima de cualquier cuestionamiento.

El futbol mexicano no necesita menos polémica, necesita más análisis y exigencia. La afición pone la pasión, ahora corresponde a quienes juegan, dirigen y comunican demostrar que están a la altura de ella.