No es el capitalismo, es la sumisión

Es la sumisión. La idea, tan impactante como simple, que jamás se había expresado con tanta fuerza, de que la cima de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta.

Michel Houellebecq

Lo ocurrido este fin de semana en Francia (y en otros países), con movilizaciones muy violentas, un vandalismo que alcanzó desde edificios históricos, como la alcaldía de Limoges devorada por las llamas, hasta tiendas de lujo saqueadas e incendiadas por manifestantes anticapitalistas que se apresuraban a robar las bolsas y zapatos de lujo que decían rechazar. 

En realidad, es una lucha que cruza prácticamente todo (pero que se da en el país más estatista de Europa) entre el mercado y la integración, enfrentados a la exigencia de una vuelta de tuerca de mayor estatismo aún (aunque éste haya sido el responsable real de la crisis) y un multiculturalismo que, en los hechos, al no imponer la integración, sobre todo de los musulmanes más radicales, rompe dramáticamente la identidad del país.

El escritor francés Michel Houellebecq publicó Sumisión en 2015, pero su novela sigue funcionando como una advertencia sobre una Francia cansada de sí misma. No porque el país imaginado por Houellebecq (una Francia gobernada por un gobierno musulmán) sea ya una realidad, sino porque sus tensiones, la crisis de la identidad republicana, el descrédito de las élites, la fractura social y la incapacidad del Estado para generar riqueza e integrar, están más abiertas que nunca.

La novela cuenta cómo François, un desencantado profesor universitario de izquierda, observa que el sistema político se descompone y un candidato musulmán, Mohammed Ben Abbes, alcanza el poder mediante una coalición pragmática entre fuerzas que, en principio, deberían ser incompatibles. La transformación del país no llega por un golpe de Estado, sino mediante elecciones, pactos y la gradual aceptación de cambios, políticos, sociales, religiosos que muchos rechazaron siempre pero que comienzan a consideran inevitables por el simple componente demográfico.

François logra una nueva vida, más cómoda y ordenada, al precio de abandonar sus convicciones, identidad y creencias. Houellebecq no presenta la conversión únicamente como una imposición externa: la muestra también como resultado de la fatiga, el oportunismo y la ausencia de principios firmes.

Ése es el punto que conviene discutir al observar las movilizaciones, los enfrentamientos y el vandalismo que han sacudido distintas ciudades francesas. La cuestión no puede reducirse a una lectura étnica o religiosa. Pero todo cambia cuando, más allá de radicalismo religioso o las convicciones políticas, todos han sido educados por décadas a culpar de los males de la República al capitalismo y preparados para exigir cada vez más a un Estado que, en esa lógica, sigue profundizando los mismos problemas que se quieren evitar.

La revuelta va mucho más allá de la búsqueda de soluciones para esos problemas: tiene un componente nihilista, de violencia innata al tiempo que, para la enorme mayoría de la ciudadanía, la quema de vehículos, el saqueo y el ataque a edificios históricos y públicos confirman que la República ha perdido autoridad. Entre ambas percepciones se abre un abismo.

En Sumisión, esa ruptura permite que la política se convierta en la administración del miedo y se abre el camino para la aniquilación de la República. La clase dirigente utiliza esos temores para construir alianzas circunstanciales que les permita conservar poder sacrificando principios básicos. Houellebecq resume parte de esa crisis en una idea recurrente: la sociedad francesa ha dejado de creer en sí misma. No se trata sólo de la pérdida de influencia internacional o del deterioro económico. Es una crisis moral: la dificultad para defender la laicidad; la libertad de expresión sin tolerar la incitación al odio; y para exigir integración sin negar la discriminación que existe en ciertos sectores.

Las causas de la violencia urbana combinan resentimiento, oportunismo criminal, provocación política y radicalización ideológica. La verdadera “sumisión” que describe Houellebecq no es la de una Francia conquistada desde fuera. Es la de una sociedad que renuncia a defender sus principios porque ha perdido la voluntad de explicarlos y luchar por ellos. Cuando el Estado tolera escuelas paralelas (con educación antilaica), guetos urbanos, violencia contra profesores o intimidación contra mujeres y autoridades locales, agresiones abiertas contra la propiedad, no practica el pluralismo o la multiculturalidad: abdica de sus responsabilidades. 

La situación exige aplicar la ley con firmeza contra el vandalismo, el antisemitismo, la violencia política y cualquier forma política o religiosa que pretenda sustituir la soberanía republicana por una autoridad religiosa y/o un autoritarismo y una economía de Estado.

El mérito de Sumisión y su lección para la Francia actual, y también para nuestro país, está en mostrar cómo una democracia puede deteriorarse cuando sus ciudadanos dejan de creer que vale la pena defenderla, cuando el capitalismo, la iniciativa privada, las libertades y derechos inherentes a ellos se convierten en los enemigos. Cuando se cree que el Estado resolverá los mismos problemas que creó, independientemente de las convicciones políticas o religiosas de los impulsores y de quienes los manejan, como el amigo de AMLO, Jean-Luc Mélenchon.