En julio de 2025, Donald Trump impuso a Brasil un arancel del 50% y Luiz Inácio Lula da Silva respondió con una frase que recorrió la región: “Un gringo no le da órdenes a Brasil”. Su aprobación subió tres puntos en la siguiente encuesta. 15 meses después, Lula perdió la primera vuelta con 45% de los votos frente a 47% de Flávio Bolsonaro, y las tres encuestas de la segunda vuelta lo sitúan por debajo. Entre una fecha y otra no cambió Trump. Cambió el precio del arroz y el frijol. Casi la mitad de los brasileños cree que la economía empeoró en el último año y sólo uno de cada cinco cree que mejoró.
Brasil tiene compañía. En Bolivia, el MAS perdió tras 20 años en el poder, con una inflación de 23% y filas para cargar gasolina. En Colombia, el candidato de Gustavo Petro perdió por 250 mil votos en una elección que se decidió por la seguridad. En Perú, la izquierda se quedó a 50 mil votos. Todas esas izquierdas defendieron la soberanía con el mismo ardor y todas perdieron por la despensa o por el miedo. La derecha aprendió la lección y ahora promete administrar mejor los programas sociales en lugar de quitarlos.
La ciencia política puso nombre a lo que pasó en Brasil hace medio siglo. John Mueller lo llamó el efecto de agruparse en torno a la bandera: cuando un país se siente agredido desde fuera, el gobernante sube en las encuestas. El efecto es real, intenso y dura lo que dura la noticia. Después vuelve la pregunta que decide cada elección: ¿cómo le fue al bolsillo este último año? El pueblo agradece la dignidad, pero también hace cuentas. La soberanía ordena el relato. La despensa decide el voto.
El resultado es un continente volcado a la derecha: Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú, Colombia y, si las encuestas aciertan, Brasil. Trump ya celebró el resultado brasileño como una gran victoria. Washington recuperó la Doctrina Monroe por escrito en su Estrategia de Seguridad Nacional, y México queda, junto con Uruguay, como la excepción en un vecindario alineado. La política de seguridad de Estados Unidos hacia México corre por sus agencias y su Congreso, y sobrevive a sus presidentes. Una derrota de Trump en noviembre cambiaría el tono, difícilmente la presión. La Cuarta Transformación tendrá que sostenerse sola y por mucho tiempo.
Visto así, la fortaleza de la presidenta Claudia Sheinbaum se entiende mejor. Defiende la soberanía con la misma firmeza que Lula y, debajo del discurso, tiene la despensa surtida. Los programas para el bienestar llegan a 42.8 millones de personas y 68% de los mexicanos los aprueba. El salario mínimo recuperó 154% de poder de compra desde 2018. La inflación cerró septiembre en 3.45%, y ésa es la pata que a Brasil se le quebró: los apoyos se evaporan cuando el mandado sube más rápido que la transferencia.
A eso se suma lo que ninguna otra izquierda del continente logró: quitarle a la derecha la bandera de la seguridad. Los homicidios bajaron 53% y la opinión favorable en ese tema se duplicó en un mes, de 13% a 27%. Con 70% de aprobación, a la oposición mexicana le quedan pocos agravios que agitar.
La parte incómoda está en el presupuesto de 2027. Los programas sociales reciben 1.025 billones de pesos, lo justo para cubrir la inflación. La pensión de adultos mayores se lleva la mitad de ese dinero y crece sola, porque el país envejece. La deuda llega a 55.8% del PIB y el gobierno se comprometió a no crear impuestos. Bolivia enseña lo que ocurre cuando un modelo de apoyos se queda sin dinero. Y hay un flanco abierto: sólo 22% aprueba el combate a la corrupción. Si la economía aguanta, las izquierdas pierden por corrupción y por pleitos internos.
Lula defendió la soberanía con la despensa vacía. Sheinbaum la defiende con la despensa llena. La pregunta que importa, la de la sucesión de 2030, se mudó de la frontera a la cocina: ¿cuánto tiempo puede el gobierno seguir surtiéndola sin tocar los impuestos?
