Apuntes
La contundente ventaja que logró López Obrador el pasado domingo debía hacer que los ciudadanos terminen de creer que son ellos quienes tienen en sus manos el trayecto final del proceso electoral

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Imposibles de agotar en una sola semana, las explicaciones y análisis sobre lo que ocurrió el pasado primero de julio darán de qué hablar durante décadas, con independencia de lo que ocurra en la administración lopezobradorista. Por mi parte, esbozo, por ahora, algunos temas para aportar al debate.
1.- El fin de la frase “Es que no lo van a dejar” o de la pregunta ¿Tú crees que lo dejen ganar? El viernes se cumplieron 30 años de la controversial elección presidencial de Carlos Salinas de Gortari y la extraña “caída del sistema”. Bastante ha cambiado el país desde entonces, empezando por la ciudadanización de los órganos electorales. Pero mucha gente siguió pensando que en este proceso electoral una mano invisible cambiaría de última hora el resultado para darle la vuelta al puntero.
La contundente ventaja que éste logró el pasado domingo debía exorcizar de una vez y para siempre ese fantasma y hacer que, por fin, los ciudadanos terminen de creer que son ellos quienes tienen en sus manos el trayecto final del proceso, el más importante, que es el de recibir los votos reales y contarlos (a diferencia de lo que ocurría hasta 1988).
No será fácil, sobre todo porque el pensamiento mágico es demasiado poderoso y los mexicanos tendemos a guiarnos más por lo que teje nuestra febril imaginación que por datos duros y evidencias concretas. A esto deberemos sumar los casos de malos perdedores, que en cada elección cerrada estirarán la liga hasta lo último con tal de dar la vuelta a un resultado en otra instancia.
Pero si de algo debe servir la inédita tersura —presente esta semana—, es para aniquilar los augurios de fraude. Bastante caro nos sale el aparato electoral como para todavía seguirle dando cuerda a la feria de las desconfianzas.
2.- Los motivos del elector. Muchos han expresado que una de las causas principales que determinó el resultado de la elección presidencial fue el descontento de la gente con la corrupción. No es una hipótesis descartable, de hecho coincido, pero analicemos otras posibles causas porque, para empezar, acusados de corrupción hay en todos los partidos y son casos tan públicos y escandalosos como los de los exgobernadores priistas de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo, por mencionar los más recientes.
Aunque muchas personas hayan oído a los candidatos hablar de que hubo una “estafa maestra”, dudo que la gran mayoría sepa siquiera de una manera muy elemental cómo se fraguó ésta y de qué se trata. Y aun cuando Morena supo capitalizar como bandera de campaña la lucha anticorrupción, tampoco dejó muy en claro qué significa exactamente “barrer de arriba a abajo” ni ha dicho por cuál caso de corrupción empezará.
Es cierto que un mapa pintado casi en su totalidad de guinda es reflejo de hartazgo, pero éste se acumuló por una multitud de factores, que van desde el manejo de la política económica al caso Ayotzinapa, pasando por la inseguridad, la violencia y la falta de resultados tangibles de las muy cacareadas reformas estructurales.
Pero tampoco hay que restarle méritos a la campaña del triunfador, que desde muy temprano encontró un lema pegajoso (ya saben cuál) y que supo encontrar un equilibrio en su comportamiento público que le permitiera quedar bien con su base más radical y con los electores más moderados. Y cuyo colmillo político resultó muy superior al de un impetuoso, pero bastante verde “joven maravilla” y al de un preparado y talentoso funcionario al que no le alcanzó el tiempo para adquirir el oficio necesario para enfrentar a un viejo lobo de mar, y que, además, cargaba con esa losa y desprestigiada marca PRI.
3.- La (des)ilusión independiente. Habiendo candidatos inteligentes, creativos e innovadores como Pedro Kumamoto, ¿por qué él no pudo llegar al Senado y sí una candidata impresentable como Alejandra León Gastélum, que celebró su triunfo con una botella de champán en la calle y llamando “cucarachas” a sus adversarios”? ¿Por qué no ganó Manuel Clouthier la elección también para la Cámara alta, y sí tendremos a una cuestionada Layda Sansores como alcaldesa de Álvaro Obregón? ¿Por qué, si la gente está harta de la corrupción, no le dio la oportunidad a mejores perfiles?
Porque sospecho que una buena parte de los votos no procede de ciudadanos de a pie de comportamiento impoluto e incorruptible, sino de maquinarias partidistas o gubernamentales, aceitadas con dinero público, pero también con repartos de candidaturas a funcionarios de todos los niveles y órdenes, así como a líderes gremiales, de tal forma que tuvieran un estímulo para movilizar a la gente a ir a las urnas. El famoso “aparato”, antes “aplanadora”, patentado por el PRI, pero del que hoy gozan todos los partidos, incluido el gran triunfador. Y contra el que es imposible competir como candidato independiente.
Aunque el hecho de que Morena tenga mayoría en el Congreso no augura que aparezca en la agenda el tema de una nueva reforma electoral, ésta sí es necesaria para corregir las deficiencias e inequidades que debieron enfrentar los aspirantes sin partidos. Un auténtico compromiso democrático debería pronunciarse por una mayor apertura y no por cerrar puertas de facto.
(Continuará).
Twitter: @Fabiguarneros