Exaltan valor de Constitución de Apatzingán
A dos siglos de distancia, historiadores de la UNAM muestran evidencias de que el decreto de 1814 no fue “simbólico”, pues sí fue aplicado en los territorios insurgentes. El texto establece tres poderes, se acuña moneda, se crean la Bandera y el Escudo nacionales y se instauran tribunales que resolvieron cientos de litigios laborales, de propiedad de tierras y hasta pugnas por herencias
CIUDAD DE MÉXICO, 19 de octubre.- A tres cuadras de la Plaza de los Constituyentes, en el corazón de Apatzingán, se encuentra un predio muy peculiar. Es un terreno de 120 metros cuadrados, aproximadamente, cuya fachada es una deteriorada pared de rocas encimadas, misma que está protegida por una reja blanca. La barda tiene una “ventanita” donde apenas entra la cabeza, y todo aquel que se asoma puede apreciar una leyenda pintada en la pared del fondo que dice: “Morir es nada cuando por la Patria se muere”.
La frase es de José María Morelos y Pavón, el líder insurgente que hace justo 200 años llegó a este municipio de la Tierra Caliente michoacana para promulgar, junto con una decena de diputados, la primera Constitución mexicana.
El vetusto muro es lo que queda de los tres fortines que hace dos siglos se edificaron para proteger la sesión del Congreso de Anáhuac.
Los años han sido poco benévolos con Apatzingán.
Primero, ninguna autoridad tuvo el tino de conservar los fortines que en 1814 mandó construir el generalísimo Morelos para que los soldados insurgentes repelieran un posible ataque de las tropas españolas, y así los legisladores pudieran terminar de redactar el decreto constitucional.
Luego, en 1951 un incendio acabó con la casona donde sesionó aquel Parlamento, lo cual obligó a construir un nuevo inmueble, que hoy es el Museo Casa de la Constitución.
Adicionalmente, a lo largo de décadas, historiadores y juristas se han referido a la Constitución de Apatzingán como un texto improvisado, redactado con sobresaltos, debido a la situación de guerra que imperaba en el país y por la persecución de que fueron objeto los integrantes del Congreso por el Ejército realista, motivo por el cual se ha puesto en duda su aplicación y su vigencia.
No obstante, una nueva corriente de investigadores ha comenzado a ofrecer evidencias de las aportaciones jurídicas de la Constitución de Apatzingán y de que no fue letra muerta, sino que sí tuvo observancia.
Defienden la trascendencia
El jurista José Gamas Torruco, director del Museo de las Constituciones, afirmó que el decreto de Apatzingán sí tuvo vigencia en virtud de que la gente lo aceptó y se sujetó a sus preceptos. “La de 1814 es una Constitución revolucionaria y se aplicó en la zona geográfica que controlaba el Ejército insurgente. Tenemos evidencia del apoyo que la población le dio a esa Constitución, y en ese momento la Constitución se legitimó”.
Contra los que piensan que es una copia de las constituciones europeas del momento, el académico sostuvo que el texto de 1814 tiene un alto grado de originalidad. “Lo que es original de la Constitución de Apatzingán es cómo se entiende la idea de soberanía, no solamente como un pacto social, como un poder, sino como un poder encaminado a lograr justicia social, y eso no se apreciaba en ninguna de las constituciones de la época”.
Otra prueba que yo encuentro de la vigencia del texto de 1814 es el temor que había por parte del virrey Félix María Calleja, quien se apresuró a ordenar la quema de la Constitución de Apatzingán, para que no se propagara. Asimismo, el cabildo eclesiástico prohibió, bajo pena de excomunión, la lectura de la Constitución; además se penaba a toda persona que no denunciara a quien tuviera en su poder la Constitución.”
Experto en derecho constitucional e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Gamas Torruco señaló que recientemente se han hallado en el Archivo General de la Nación documentos que refieren que el Tribunal Superior de Justicia, creado por la Constitución de Apatzingán, sí operó y resolvió decenas de litigios sobre propiedad de tierras, herencias, salarios injustos y hasta juicios de amparo, lo que denota que la gente sí confió y se acercó a las instituciones derivadas del decreto de octubre de 1814.
Trece meses de penurias
Fue el 22 de octubre de 1814 cuando se promulgó el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana. Para redactarlo fueron necesarios 13 meses de trabajo en el seno del Congreso de Anáhuac, el miniparlamento convocado por José María Morelos y para el que se realizaron elecciones de diputados en las provincias dominadas por la insurgencia.
Desde su creación, el 14 de septiembre de 1813, y hasta la firma de la Constitución de Apatzingán, el Congreso trabajó a salto de mata debido a la persecución de los realistas.
Los legisladores, entre ellos Andrés Quintana Roo, José María Liceaga, Carlos María de Bustamante, José Sixto Verduzco, José Manuel de Herrera y José María Cos, en ocasiones sesionaron a la intemperie, enfrentaron enfermedades, deambularon por climas inhóspitos y pasaron hambre para confeccionar los artículos constitucionales, al tiempo que huían del acoso español.
Los 22 capítulos y 242 artículos del texto fueron redactados durante los 404 días en que los congresistas viajaron a bordo de mulas a través de diversos poblados de la Tierra Caliente de Guerrero y Michoacán. Algunas veces escoltados por Morelos, otras por Nicolás Bravo o por Vicente Guerrero, los legisladores vieron cristalizado el documento donde quedó asentado el modelo de nación que buscaban y los principios que regirían al nuevo gobierno.
Además de reiterar la completa emancipación del reino español, la Constitución de Apatzingán estableció los principios de división de poderes, elecciones democráticas, la defensa y respeto de derechos humanos y la necesidad de que nadie se perpetúe en el poder; asimismo defiende conceptos como inviolabilidad del domicilio, la educación para todos los ciudadanos y la libertad de expresión.
El documento, firmado por 11 legisladores —entre ellos José María Morelos y Pavón, en su calidad de diputado por Nuevo León— es enfático al señalar que el objetivo último del gobierno es el bienestar de los ciudadanos. “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad. La íntegra conservación de estos derechos es el objeto de la institución de los gobiernos y el único fin de las asociaciones políticas”, refiere.
El historiador Ernesto Lemoine Villicaña, uno de los investigadores que mejor ha documentado el peregrinar del Congreso de Anáhuac, describe así la hazaña lograda en Apatzingán: “Fue una luz pletórica de humanidad, de amor al hombre por el hombre, que se esparció por la tierra mexicana en los momentos mismos en que las derrotas militares cubrían de luto y de tinieblas a la insurgencia libertadora.
Es por ello que los reparos que le han hecho juristas e historiadores, objetando múltiples detalles y exhibiendo sus defectos y limitaciones, son inconsecuentes y hasta crueles, porque no es lo mismo tener a la mano una biblioteca para citar a Justiniano, a Montesquieu y a Tocqueville, que trabajar como lo hicieron los hombres de Apatzingán, carentes de las más elementales comodidades, ya no digamos de un libro que consultar, pero ni siquiera del papel suficiente para confeccionar sus borradores”.
El decreto sí se aplicó
El investigador de la UNAM Francisco Ibarra Palafox está a punto de publicar una antología documental sobre los actos de aplicación que tuvo la Constitución de 1814. Afirma que fueron miles y cita algunos de los más importantes para demostrar que el decreto de Apatzingán no fue letra muerta: se conformó un Poder Ejecutivo, se integró un Tribunal Supremo de Justicia, se creó la Bandera Nacional, se expidió el Escudo Nacional (el cual ya incluye la imagen del águila devorando una serpiente) y se acuñó moneda que circuló en los territorios insurgentes.
Quienes afirman que la Constitución de Apatzingán fue improvisada incurren en un grave error”, asegura Ibarra Palafox, doctor en derecho y actual coordinador de la Unidad de Estudios de Posgrado del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. “A pesar de haber sido redactada por un grupo de juristas perseguidos por las tropas españolas, su capítulo sobre los derechos de las personas es impecable”, señala.
Para dimensionar la importancia de la primera Constitución mexicana, Ibarra Palafox refiere que ésta fue jurada por dos subalternos de Morelos, quienes, a la postre, se convirtieron en presidentes de la República: Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero.
Hasta la fecha no se tiene contabilizada la población que residía en las provincias dominadas por los insurgentes al momento de ser promulgada la Constitución de Apatzingán, que abarcaban lo que hoy es Michoacán, Guerrero, Oaxaca, una buena parte del Estado de México, el sur de Veracruz y el oriente de Puebla. No obstante, el académico Ibarra Palafox se aventura a decir que si la población de la Nueva España era de 6.5 millones de habitantes en 1808, es muy probable que la Carta Magna de 1814 haya sido obedecida por una cuarta parte, es decir, por 1.6 millones de mexicanos.
Al responder por qué los historiadores han sido injustos con la Constitución de 1814 y han negado que haya tenido vigencia en su época, Ibarra Palafox sostiene que a los expertos en historia les hacen falta nociones de derecho para saber distinguir actos de aplicación.
Asimismo, refiere que para muchos historiadores conservadores, la Constitución que tuvo validez en esos años es la de Cádiz, expedida en 1812.
Desde mi punto de vista, lo más justo es reconocer que ambas constituciones tuvieron vigencia y ambas fueron aplicadas por las personas que les juraron obediencia. La sociedad virreinal aceptó y aplicó la Constitución de Cádiz y los insurgentes aceptaron y aplicaron la de Apat-
zingán. Ambas son válidas.
Uno de los méritos más destacados de la Constitución de Apatzingán es su capítulo sobre los derechos de las personas. Yo diría que es el más importante de todo el documento, porque es la única que defiende los derechos humanos entre todas las constituciones mexicanas del primer cuarto del siglo XIX”.
Muere el autor y muere su obra
Con la promulgación del decreto de Apatzingán puede decirse que concluye la obra legislativa del Congreso de Chilpancingo.
Después del 22 de octubre de 1814 comenzó el declive de Morelos. “El realismo seguía golpeando fuerte y Morelos, atado por sus deberes gubernamentales, ocupado en hacer frente a las rencillas de los políticos y militares independientes, que cada vez creían menos en su poder, en su prestigio y en su fuerza aglutinadora, y ciego en el fatalismo de que su estrella se había apagado, no volvió a levantar cabeza ni a oponer al enemigo su impetuosa belicosidad de otros días”, reseña Ernesto Lemoine.
Morelos fue derrotado y capturado en Temalaca (hoy Tezmalaca), Guerrero, el 5 de noviembre de 1815. El 22 de diciembre del mismo año fue fusilado por los realistas en Ecatepec, hoy Estado de México.
Un día 22, el mártir había promulgado la Constitución en el cálido rincón michoacano de Apatzingán. Moría el gran hombre lejos de su tierra natal y de sus fogosas comarcas surianas, que lo sustentaron con calor de madre durante cinco años, el lustro completo de su existencia que dedicó a servir a la patria. Moría el héroe, mientras el Congreso, su creación suprema, era disuelto sin contemplaciones, como si la suerte se hubiera conjugado para extinguir al mismo tiempo la vida del autor y la de su obra.”
PRECURSORES
Esta Constitución plasmó sus definiciones. Aquí algunas:
Soberanía. “La facultad de dictar leyes y establecer la forma de gobierno que más convenga a los intereses de la sociedad, constituye la soberanía. Ésta es imprescriptible, inenajenable e indivisible” (artículos 2 y 3).
Religión. “La religión católica apostólica romana es la única que se debe profesar en el Estado” (artículo 1).
Gobierno. “Como el gobierno no se instituye para honra o interés particular de ninguna familia, de ningún hombre ni clase de hombres, sino para la protección y seguridad general de todos los ciudadanos, éstos tienen el derecho incontestable a establecer el gobierno que más les convenga, alterarlo, modificarlo y abolirlo totalmente” (Art. 4).
Representación. La soberanía reside originariamente en el pueblo, y su ejercicio en la representación nacional compuesta por diputados elegidos por los ciudadanos” (artículo 5).
División de poderes. “Estos tres poderes, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, no deben ejercerse ni por una sola persona ni por una sola corporación” (artículo 12).
Igualdad. “La ley debe ser igual para todos”(Art. 19).
Seguridad. “La seguridad ciudadana, la garantía social, no puede existir sin que fije la ley los límites de los poderes y la responsabilidad de los funcionarios públicos” (artículo 27).
Propiedad. “Todos los individuos tienen derecho a adquirir propiedades y disponer de ellas a su arbitrio con tal que no contravengan a la ley” (artículo 34).
Libertad de prensa. “La libertad de hablar, de discurrir y de manifestar sus opiniones por medio de la imprenta no debe prohibirse a ningún ciudadano, a menos que en sus producciones ataque al dogma, turbe la tranquilidad pública u ofenda el honor de los ciudadanos” (Art.40).
Le debemos la República al Siervo de la Nación: actor

En 2012 se estrenó en cine la película Morelos, que describe los últimos años del prócer, protagonizada por Dagoberto Gama. Foto tomada de YouTube
El actor Dagoberto Gama afirmó que interpretar a José María Morelos y Pavón implicó uno de los mayores desafíos de su carrera, pues “es un personaje que está en la mente y en el corazón de la mayoría de los mexicanos, y eso crea una gran expectativa”.
Protagonista de Morelos, cinta dirigida por Antonio Serrano y estrenada a finales de 2012, Dagoberto Gama aseguró que “sabemos cómo pensaba y cómo escribía Morelos, pero no sabemos cómo sentía, y ése fue uno de los retos que nos planteamos al hacer la película”.
Originario de Coyuca de Catalán, Guerrero, el actor recordó que el filme relata los últimos tres años de la vida de José María Morelos (de 1812 a 1815, cuando fue capturado y ejecutado), lo que incluye la promulgación de la Constitución de Apat-zingán, ocurrida el 22 de octubre de 1814.
Morelos es el personaje más importante de la Independencia de México. A él le debemos la primera República y las primeras instituciones, entre ellas el Congreso de Anáhuac, que se creó en Chilpancingo y llegó hasta Apatzingán, donde se juró la Constitución.”
Con base en las lecturas que debió hacer para documentarse sobre el perfil del Siervo de la Nación, agregó que, como hombre de batalla, “Morelos tuvo muchos aciertos, pero también tomó decisiones equivocadas”, en alusión a que sus actividades de gobierno lo distrajeron de sus misiones militares.
Desde su óptica, Morelos fue víctima de “cuchilladas traperas” y “zancadillas” de los propios insurgentes.
Opina que uno de sus mayores errores fue no escuchar lo suficiente a la parte intuitiva y pragmática de su círculo cercano, que era Hermenegildo Galeana, quien tenía objeciones sobre las campañas militares y los encargados del ejército.
—¿Cuál es el episodio de la vida de Morelos que más te conmueve?
—El discurso que da en la parroquia de Santo Domingo, en Oaxaca. Es impresionante cómo arenga a la gente para levantarse en armas, cómo los toca para abrazar la Independencia.
—¿Y qué faceta de Morelos como ser humano destacarías?
—Su sabiduría y su amor a la familia. Era un hombre que amaba a su familia, que amó profundamente a Francisca Ortiz y a su hijo.
Aquél fue el día más feliz de Morelos
La mayoría de las pinturas o esculturas hechas en homenaje a José María Morelos muestran al héroe con el rostro adusto. Sus biógrafos, entre ellos Carlos María de Bustamante, lo retratan como una persona casi siempre circunspecta. Pero el semblante le cambió al Siervo de la Nación la noche del 22 de octubre de 1814.
Esa ocasión, después de la promulgación de la Constitución de Apatzingán, “Morelos depuso su mesura y, vestido de uniforme de gala, danzó en el convite; se humana con todos, los abraza, se regocija con ellos y confiesa que aquél es el día más fausto de su vida”, reseña Bustamante en su Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana.
María Luisa Prado Casillas, quien preside el Consejo de la Crónica Municipal de Apatzingán, refiere que después del juramento de la nueva Carta Magna se ofició una misa en la parroquia de la Asunción (hoy catedral de la Inmaculada Concepción) y posteriormente estalló la fiesta.
Morelos dijo que ése era el día más feliz de su vida. Hay relatos que señalan que esa noche acudió la señora Leona Vicario y que él, después de la firma y de la jura del decreto, bailó con doña Leona Vicario, aquí en la plaza”, afirma la cronista.
—¿Cómo recibieron los apatzinguenses a Morelos y a los congresistas?
—La gente conocía muy bien a Morelos. Aquí en la región era muy apreciado y lo recibieron muy bien. El señor Francisco Basurto, dueño de la Casa de la Constitución, les ofreció alojamiento y el espacio para firmar el decreto.
La gente los apoyaba y hasta aportaba recursos para su manutención; daban comida, agua, pan o lo que estuviera a su alcance. Su estadía fue muy bien recibida, tranquila, muy apoyados por los apatzinguenses, que entonces eran un pueblo chiquito.”
—¿Cómo deciden Morelos y los congresistas ir a Apatzingán?
—Originalmente, la firma de la Constitución estaba programada para que fuera en Uruapan, pero como ya estaban muy cercados por los realistas, decidieron de última hora partir hacia Apatzingán, que era un lugar inaccesible y, por lo mismo, les brindaba seguridad.
Sólo los arrieros que conocían bien los caminos sabían llegar a Apatzingán. Los realistas no se animaban a introducirse a Tierra Caliente, por el clima, la vegetación, por los caminos tan sinuosos, no se diga los moscos. Sólo el que conocía muy bien los caminos podía llegar a Apatzingán. Morelos era arriero, vivió mucho tiempo en Tahuejo, cerca de Parácuaro, entonces conocía a la perfección estos lugares.”
—¿Cómo fue la estancia de Morelos?
—Morelos y los diputados del Congreso de Anáhuac estuvieron en Apatzingán de octubre a diciembre de 1814. Sesionaban en la parroquia de la Asunción y tenían mesas de trabajo en lo que hoy es la Plaza de los Constituyentes, que antes era una huerta de la Casa de la Constitución, que les prestaron para que ahí firmaran el decreto constitucional.
Aquí ya la pasaron un poco mejor, sobre todo si consideramos que en Santa Ifigenia, última escala antes de llegar a Apatzingán, los congresistas sesionaron a campo raso. Allí tuvieron que alimentarse con naranjas porque no había agua.
Los libros dicen que se las comían con todo y cáscara porque su apetito era bárbaro, pues tenían días sin comer. Los diputados se malpasaron mucho. Imagínese: eran perseguidos por (José Gabriel) Armijo, por (Celestino) Negrete y por (Agustín de) Iturbide. Venían ya muy presionados. Muchos desistieron. Aquí ya llegaron muy pocos diputados, porque muchos se dispersaron o estaban enfermos, o estaban en comisiones.”
—Si Morelos viviera, ¿qué cree que pensaría de la actual situación de Michoacán?
—Estaría contento, porque la ciudad ha crecido mucho; la firma de la Constitución le dio más plusvalía a la ciudad. No debemos olvidar que en aquellos meses Apatzingán fue ciudad capital. Teníamos a los diputados y al gobierno.
—¿Los problemas de inseguridad, el narcotráfico, darían a Morelos un día feliz como el de hace 200 años?
—Eso sin duda lo decepcionaría.

Santa Ifigenia, última escala antes de llegar a Apatzingán.

Apatzingán. La casa del señor Francisco Basurto fue prestada para que el Congreso de Anáhuac firmara la Constitución de Apatzingán. Foto: Juan Carlos Rodríguez
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