Entrevista con Sebastian, el creador de iconos urbanos
El artista afirma que su obra se integra a las ciudades y con el tiempo se vuelven parte de ellas, de la gente que pasa por donde se ubica la escultura
CIUDAD DE MÉXICO, 7 de septiembre.- Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastian, asegura que él realiza obras monumentales que se integran a las urbes y que, con el tiempo, se vuelven iconos “para no perderse, recordar y que con el tiempo se los apropie la urbe o las personas”.
“Ésa es la característica de una obra urbana y lo vemos con muchos ejemplos a través en la historia del arte; desde las cavernas y después de las cavernas, con los Dólmenes y los Menhires, como obras rurales, y después cuando entró el urbanismo en Roma, se tuvo la necesidad de colocar iconos, como la Columna de Trajano, para recordar la batalla.”
En su visita a Entre Mujeres/la Entrevista, que conducen las periodistas Fabiola Guarneros, Paola Virrueta y Yazmín Jalil, el escultor chihuahuense comentó que la necesidad de poner iconos sigue hasta nuestros días y esto que tenemos aquí atrás (señala a El Caballito), es uno de estos iconos de conmemoración, un recuerdo de una tradición de que esto se llamó la glorieta de El Caballito, el cual ya no se encuentra aquí, fue movido a la Plaza Tolsá, y el que permanece es El Caballito de Sebastian, pues eso es guardar tradiciones de un país o de una cultura.
Con sus más de 200 obras urbanas en diferentes puntos del planeta y gracias a la tecnología satelital, hoy es posible registrar desde el espacio varias de sus megaesculturas que se aprecian en múltiples ciudades del mundo.
Su obra abarca principalmente escultura monumental urbana, así como diseño arquitectónico, pintura, diseño de objetos, mobiliario, arte público, joyería, diseño de vestuario teatral, escenografías, espectáculos multimedia, entre otros.
“Yo me he dedicado prácticamente a todo lo relacionado a las artes. Desde niño tuve la visión que mi madre me enseñó, pensando más en las esculturas clásicas, griegas y romanas. Todo esto va cambiando conforme uno va entrando en una carrera y se va dando cuenta que la historia del arte en toda la humanidad se ha transformado en visión estética en toda la historia del arte, entonces, la escultura ha ido cambiando desde el punto de vista del concepto, de verla diferente.”
—¿Cuál es tu mejor momento de creación?
—Es cuando estoy enamorado. Enamorado de la vida, pero significa de todo y la naturaleza es fundamental para eso, la contemplación de la naturaleza. Pero hay una cuestión maravillosa en esto del arte: cuando uno concluye una obra, cuando uno razona una obra y ya está plasmada, el goce estético es profundo, es fuerte, es comparable con lo orgásmico, es naturaleza, es vida, intensidad y uno queda satisfecho y con un placer maravilloso que no se compra con nada.
—¿Tu obra es difícil dejarla ir, dársela al mundo?
—No, es algo muy especial. El amor en cada creación es fundamental. Uno, por supuesto está enamorado de la vida y cada obra, cada proyecto, tiene mucho de entrega, de vitalidad, de vida, de amor, de pasión; entonces, sí te enamoras de la obra, pero desprenderse de ella es fundamental. ¿Por qué? Porque en el momento en que uno la concibe y uno la hace y la pone en un lugar, empieza a pertenecer a todos, es decir, es parte de la humanidad, es verdad, es parte de todos.
“Especialmente aquí en México, cuando dejo obras, pues son parte de los mexicanos, de todos, y más una obra como El Caballito, que se vuelve del pueblo, pública, verdaderamente democrática, porque es de todos los que pasan por ahí, y pasan pobres, ricos, feos, guapos, etcétera.”
—¿Por qué “Sebastian”?
—Les confieso que me siento muy bien Entre Mujeres. Lo de Sebastian lo he contado muchas veces y si lo vuelvo a contar no me va a salir igual y van a decir “no es cierto, le salió mal”. En tres ocasiones me relacionaron con el santo. Primero mi maestro de escultura dio una clase de anatomía sobre San Sebastian de Botticelli, y no crean que por la belleza física, era por lo demacrado, por lo malcomido, por lo delgado, por lo mal que andaba; me quedé dormido y habló de anatomía del cuerpo cansado, flechado y entonces me comenzaron a decir San Sebastian y no me gustaba, pero un año después don Carlos Pellicer, el gran poeta mexicano, se levanta y va a donde yo estaba comiendo y me dijo: “Oiga, usted se escapó de un cuadro”. Y le dije: “¿De cuál?”. Él respondió: “Del San Sebastian, de Botticelli”. Y se fue.
“Ocho meses después un crítico de arte escribió sobre mí, me conoció y empezó a narrar cómo era mi personalidad, y al final dice que se asemeja a un San Sebastian de Mantegna.”
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