Jean-Marie Gustave Le Clézio: Una aventura llamada México
El Nobel de Literatura 2008 confesó, en una conferencia mediante la tecnología del holograma, que el país azteca y su literatura lo han marcado. Además, prepara una novela sobre un joven purépecha

“México ha sido, para mí, la prueba de la conjunción entre la mitología y la realidad. Es un país que marcó mi vida y lo sigue haciendo”, confesó ayer el escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio (1940), Nobel de Literatura 2008.
Tras impartir la conferencia magistral “En persecución de la realidad”, mediante la tecnología del holograma, en la 34 Feria Internacional del Libro Monterrey, el narrador que vivió en el país azteca de 1970 a 1992 evocó la aventura que representó para él toparse con esta cultura.
“Llegué a México cuando tenía unos 26 años y a cada momento he regresado a él. Así que toda mi vida me fui y regresé a México. No únicamente a la Ciudad de México, sino a Michoacán, donde viví unos 6 o 7 años.
“En Yucatán, donde busqué a los sobrevivientes de la guerra de casas y de la rebelión de los que se llamaban ‘los separados’, los mayas; y para hacer la traducción de un librito que me encantó: ‘Las profecías del Chilam Balam’”, explicó
Ante un Auditorio JAC lleno de jóvenes curiosos que seguían la figura un tanto fantasmal del autor de más de 40 obras, destacó que “toda mi vida he pensado en algo que conectaba con México.

“Ahora planeo escribir una novela que se llamaría ‘Las aventuras de Juan Ventura’, sobre un joven de la comunidad purépecha que conocí en Michoacán. Él me enseñó el idioma. Y un día dejó la enseñanza y me dijo: ‘Me voy a Estados Unidos, voy a vender juguetes’. Él tenía curiosidad, quería conocer el mundo, y se fue a la aventura”, detalló.
El autor de “El pez dorado” y “Tres entradas a México” recordó que, “cuando hace 60 años llegué a la Ciudad de México para hacer mi servicio cultural, una de mis tareas en el IFAL fue poner en orden la biblioteca y arreglar el fichero.
“Pero, en lugar de hacer eso, me puse a leer todos los libros de historia de México, empezando con las crónicas de los siglos XVI y XVII. El fichero se quedó en desorden, pero para mí fue toda una aventura”, agregó.
“La certidumbre de aventura que me ofrecía la literatura, la encontré temprano leyendo las dos obras que más me conmovieron en la vida: la novela anónima ‘Lazarillo de Tormes’ y ‘Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, de Cervantes”, indicó.
Le Clézio destacó también los autores mexicanos de los que más aprendió, entre los que aparecen Sor Juana Inés de la Cruz, Alfonso Reyes, Luis González y González y Juan Rulfo.
“En América, la gran poeta de la Nueva España, Juana de Asbaje, renovó el mito de Narciso (el ‘Divino Narciso’), mezclándolo con los ‘tocotines’ o bailes ceremoniales de los antiguos aztecas; e inauguró el viaje del espíritu en su extraordinario poema ‘Primero sueño’, donde evoca a las figuras celestes de la mitología griega y egipcia en un viaje místico.
“Juana no fue solamente una gran poeta novohispana, sino también una de las figuras importantes en el mundo por su defensa de la liberación de las mujeres; ella reafirmó, contra la autoridad de la jerarquía eclesiástica, el derecho de las mujeres al acceso a la ciencia y al saber intelectual. Una audacia que pagó con su vida, pues fue condenada al silencio”, añadió.
Sobre Reyes aseguró que fue “un gran poeta y ensayista cuyos libros han sido para mí un modelo de inteligencia y belleza literaria. La lectura de Visión de Anáhuac (1917) fue una revelación que me llevó hacia la lectura de los grandes cronistas de la Nueva España.
“Reyes fue el que me dio el sentimiento que México está en la unión casi biológica entre mito y realidad. En su ‘Visión de Anáhuac’ expresa la extraordinaria potencia de la antigüedad de México, como una ola de sueños y de imaginación, mezclando los tiempos, llenando la historia humana de los rastros fantásticos de los dioses, en un festejo de violencia y belleza”, prosiguió.
Y concluyó que “nuestro tiempo moderno vive con la nostalgia de la mitología. Este doble sentido de la historia, donde se conjuga la emoción de la leyenda y las asperezas de la realidad, debe ser la lección de la literatura, el alma siempre renaciente de México, de la cual somos todos deudores”.