Un altar de muertos rinde homenaje a la diversidad del pan mexicano
La diseñadora Carla Fernández reúne casi mil piezas de pan de 17 estados del país en el Palacio de Iturbide, en un altar que celebra los saberes de panaderas y panaderos y la riqueza histórica y simbólica de esta tradición mexicana.

Como un homenaje a las panaderas y los panaderos mexicanos, el altar de muertos instalado en el patio central del Palacio de Iturbide fue creado por la diseñadora mexicana Carla Fernández a partir de casi mil piezas de pan, velas artesanales elaboradas en Guanajuato, papel picado de Xochimilco, flores compradas en el Mercado de Jamaica y una serie de calacas creadas por Vladimir Bojórquez, que fungen como guardianes del altar.
La iniciativa fue impulsada por Fomento Cultural Banamex, que dirige Natalia Pollack, quien invitó a artistas y diseñadores a colaborar en la confección del tradicional altar de muertos en el Palacio de Iturbide, como una iniciativa para acercar al público a una de las tradiciones más emblemáticas de México, reconocida por su riqueza simbólica y su capacidad para fortalecer los vínculos entre memoria, identidad y comunidad.

Al parecer, en México tenemos más de 700 variantes de pan y en este altar podrán encontrar 30 variantes de al menos 17 estados del país y lo que quisimos fue dedicar este altar a todos los panaderos y panaderas mexicanos que en esta fecha nos endulzan la vida y la muerte”, comentó ayer Carla Fernández, durante una visita guiada.
También comentó que el pan de muerto es mucho más que un dulce: “Es un símbolo ancestral profundamente enraizado en la identidad mexicana. Su origen se remonta al virreinato, cuando las celebraciones de Todos los Santos y Fieles Difuntos comenzaron a integrar elementos comestibles rituales del mundo mesoamericano”.
Fernández describió que el altar se divide en tres partes o tipos de pan: antropomorfos (panes que representan la figura humana), zoomorfos (apariencia animal) y fitomorfos (con formas de vegetales).
Destacan, por ejemplo, el pan de carita, el pan de ceniza, el pan de ánimas, las moriscas, el ponzoqui y el pan de muñeco, así como el pan de los reencuentros, el marquesote, el rosquete, el pan picón, el gollete y el pan de finados, entre muchos más.
Carla Fernández recordó que, antes de la llegada del trigo, en el altiplano central de Mesoamérica se elaboraban figuras de amaranto, de maíz tostado y miel de maguey –llamadas tzoalli– que representaban a algunas deidades, como Huitzilopochtli o Tláloc, aunque no siempre se vinculaban con la muerte.
Derivado de esto, existieron dos tradiciones en las que se preparaban tortillas o tamales para honrar a los difuntos. Una fue el papalotlaxcalli, o tortilla de mariposa, elaborada con masa de maíz, decorada con un sello de barro en forma de mariposa, que eran ofrendadas a las mujeres fallecidas en el parto y a los guerreros caídos en batalla.
Y la otra, que refería al tránsito de las almas hacia el Tlalocan o el Mictlan, ofrendaba un atado de tamales que representaba tanto el bulto mortuorio como el alimento para el viaje del difunto.