Diego Martínez, el banderillero providencial para José Tomás
El subalterno fue quien presionó la herida por la que el maestro se desangraba hace cinco años en la Feria de San Marcos
CIUDAD DE MÉXICO.
Cuestión de sentido común, instinto y sangre fría. La decisión que a Diego Martínez le tomó un par de segundos le salvó la vida al maestro José Tomás aquella tarde del 24 de abril de 2010 en Aguascalientes.
El matador español rodaba por el ruedo luego de que el astado lo había cogido, provocándole una herida de 15 centímetros de profundidad en el muslo izquierdo, que le atravesó la vena femoral y la arteria ilíaca.
Muchos llegaron a socorrerlo, pero quien tuvo la pericia para hacer justo lo que ameritaba el caído fue el banderillero que iba entonces con Octavio García El Payo. “Cuando le pegó la cornada me brinqué el callejón”, recuerda Martínez, entrevistado vía telefónica. “El primero que llegó fue Alejandro Prado (subalterno de Tomás ese día), queriéndole tapar con la mano, pero no dejaba de sangrar. Lo que yo llegué a hacer fue poner mi mano en su muslo y presionar”.
Diego, quien entonces llevaba apenas seis años como banderillero, señala que antes ya había pasado por una situación similar, con un forcado en Ecatepec, Estado de México, “pero uno no se prepara para eso... es puro instinto. Debes tener la sangre muy fría para aguantarlo”. Él tiene una carrera como laboratorista clínico, aunque no la ejerce, pues prefirió dedicarse al ruedo, donde, dice, ha seguido los consejos de su padre. “Siempre me inculcó mi papá cuidar a los toreros con los que me llevan, ser como su guardaespaldas”.
Así lo hizo hace cinco años en aquella turbulenta tarde en la Feria de San Marcos. Un puñado de samaritanos llevó a Tomás a la enfermería, pero al final, sólo él se quedó con el matador cuando ya era asistido por los médicos... en todo momento sujetó el muslo del maestro, justo donde estaba el daño.
“Los doctores le pidieron a Alejandro (Prado) que saliera porque lo veían muy mal, contrariado, se jalaba los cabellos”, relata Martínez, quien logró mantenerse ecuánime como también lo hizo el propio José Tomás: “Me sorprendió mucho la actitud del maestro: muy tranquilo, calmado para que lo empezaran a tratar. No decía nada, sólo pidió que entrara el mozo de espadas”.
Diego salió de la enfermería sólo hasta que su mano fue relevada por la del médico. “Tanto la manga como la franja de la pierna derecha y las medias estaban llenas de sangre”, relata. “Recuerdo que en esa misma noche me hicieron muchas llamadas para comprarme el traje de luces ensangrentado, pero no lo vendí, no me interesó sacar provecho: lucrar con la tragedia. Ahí lo tengo aún, a la bocamanga no le pude quitar la sangre... se quedó impregnada”. De igual manera, la imagen quedó indeleble en la mente de Diego, hoy de 32 años: “Fue un parteaguas en mi vida”, dice el banderillero, cuya mano representó, de igual forma, el antes y el después en la vida del laureado diestro español.
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