Hines y Pedraza se roban la atención en México 68
La llegada a la meta en menos de 10 segundos por primera vez en los 100 metros planos, y la insatisfacción de un sargento; dos estampas de aquellos Juegos Olímpicos
CIUDAD DE MÉXICO, 14 de octubre.- Se teje mito sobre mito. Y se trasmite y reafirma el contenido del mito generación tras generación. Un nutrido grupo de personas en México, y entre ellas incluso de los medios de comunicación, mantienen firme la idea de que durante los Juegos Olímpicos de México 68 se quebró por vez primera el muro de los 10 segundos en los 100 metros planos. Aquel lunes 14 de octubre el estadunidense Jim Hines (Nació en Dumas, Arkansas, 10-09-1946; 1.83m, 81 kg. Entrenó en Texas con Bobby Morrow, oro en Melbourne 56), fue el hombre-bala, su acción provocó un alarido que se extendió durante 9.95 segundos en la garganta del estadio de Ciudad Universitaria. Una carrera asombrosa, espectacular, que fue presenciada de pie por 60 o 70 mil aficionados. 1968 fue un año memorable en pruebas de rapidez.
Ahí estaban en línea ocho demonios negros. Nunca antes en la historia olímpica los protagonistas habían sido ocho atletas de raza negra. ¡Fue la primera final negra! En el carril 1, Charles Greene, de Estados Unidos, que en las eliminatorias había corrido la distancia en 10 segundos. En el 2, Pablo Montes, de Cuba. 3. Jim Hines, Estados Unidos. 4. Lennox Miller, Jamaica. 5. Mel Pender, Estados Unidos. Roger Bambuck, Francia. 7. Harry Jerome, Canadá. 8. Jean Louis Ravelomanatsoa, de la Isla de Madagascar.
Silencio sepulcral, expectante. Pender es un relámpago en la salida. Lenta y gradual, en función de las velocidades relativas, la figura de Hines rebasa a Greene a la altura de los 70 m, y a Lennox Miller. Un segundo rugido sale del estadio cuando el cronometraje electrónico luminoso señala 9.95. Quiebra los 10 segundos y se lleva el oro. Millares de espectadores festejan el acontecimiento. El espíritu se alegra ante lo insólito. La plata es para Miller en 10.04 y el bronce lo consigue en 10.07.
Los 10 segundos en la década de los 60 y anteriores ocupaba un sitio especial en el entorno del atletismo. El 21 de junio de 1960 el alemán Armín Hary marcó los primeros 10” de la historia en la mágica pista de Letzigrund de Zúrich, Suiza. Fue el último récordman de raza blanca. Igualarían el tiempo el canadiense Harry Jerome y el venezolano Horacio Estévez.
Precisemos. Jim Hines, llegó a México con el récord mundial oficial por debajo de los 10 segundos. El 20 de junio en el Trial de Sacramento, California, marcó 9.9 y 10.03 electrónico. En México señaló, viento de 0.3 m/seg, el primer -10 electrónico. Cuatro días después de su hazaña fue contratado por los Delfines de Miami.
La imagen se repetirá mil y un veces. Su boca arroja los más agrios denuestos, el gesto, rostro y brazos, del sargento José Pedraza, al cruzar en segundo lugar la meta después del inmortal Vladimir Golubnichy, proyectan amarga insatisfacción, rabia infinita. Ese instante marcará el resto de sus días…
Fue una alegría para el pueblo de México. La primera medalla de plata en los 20 kilómetros de caminata. Entró en tercer lugar al estadio y unos 70 millares de espectadores lo empujan con sus gritos a la victoria. ¡México-México y Pe-dra-za, Pe-dra-za! Resuenan cuando el sargento rebasa a Nikolai Smaga poco antes de entrar a la última curva.
El mexicano rompe los límites reglamentarios de la marcha, acelera, se aproxima a Golubnichy, pero éste redobla su esfuerzo y vence por menos de tres metros. La tribuna llamea emocionada. Pedraza, furioso, se retira. Se enreda una toalla verde, se niega a hablar con los periodistas y se escabulle por el túnel. Finalmente, señala con el pulgar derecho hacia un lado. “Ese es más bueno que yo”.
En final de alarido la quinteta de México derrota a Cuba por 76-75. Arde la pasión hay pleito entre aficionados y cubanos. El mosca polonés Arthur Olech, plata en Tokio, gana su primer combate a Heriberto Cintrón a quien la AIBA le impide subir al ring por tener 16 años. Derechazo fulminante de Rolando Garbey fulmina al irlandés Mc Cusker en el primer asalto.
