Política y privacidad

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Roberto Gil Zuarth 18/08/2014 01:00
Política y privacidad

¿Tienen los políticos derecho a la privacidad? ¿Están protegidos por un mínimo cerco inviolable de intimidad? ¿Algún núcleo de su propia personalidad no está expuesto a la mirada de terceros o a la crítica social? ¿Pierden los políticos la defensa del coto vedado sobre sus preferencias? ¿La vida en la política es la condena de la publicidad plena y absoluta de la persona? ¿Todo de los políticos debe saberse y discutirse para garantizar que los electores elijan correctamente cuando son llamados a las urnas? ¿La democracia impone la razón del sacrificio a toda costa de la intimidad? ¿Una suerte de bien público debilita las protecciones básicas de los individuos cuando se trata de la actividad política?

Detrás del escándalo reciente que involucró a panistas en videograbaciones realizadas sin su consentimiento, están estas interrogantes esenciales. El morbo del episodio ha difuminado ese debate sobre la relación entre política y privacidad. No defiendo la actuación de los involucrados. Tampoco la juzgo. Las preferencias individuales, siempre y cuando sean lícitas y no dañen objetivamente a terceros, deben quedar en el ámbito estrictamente interno. Todos mayores de edad, en ejercicio de sus competencias morales y racionales para decidir, con información suficiente sobre las potenciales consecuencias y, al parecer, sin coacción sobre su voluntad. Bajo estas condiciones no cabe, desde la política, reproche moral, a menos que se asuma que se pueden imponer, desde la política, modelos de virtud personal. Sus decisiones privadas no son susceptibles de juicio estético o moral. En una sociedad que se tome en serio la autonomía de las personas, no hay espacio ni ocasión legítimos para condenar las preferencias de otros por ser incompatibles con convicciones, ideales, parámetros religiosos o costumbres propias o, incluso, mayoritariamente compartidas. Sí cabe, en cambio, cuestionar su ingenuo descuido. Pusieron a la organización en el ojo del huracán por desparpajo o, peor aún, por haber dado oportunidad de chantaje a ellos mismos y de daño al partido con el uso de esos materiales. Propiciaron un clima de opinión adverso por el contexto —una reunión plenaria—, por los participantes —legisladores federales— y, especialmente, por la trascendencia pública que con motivo de ese descuido tuvo el episodio. Desafortunadamente su conducta íntima se volvió pública en función de las imágenes difundidas. La publicidad convirtió un acto privado en un hecho político. Y como tal, como un hecho político, debe enfrentarse. En sus responsabilidades y costos.

El PAN no es responsable de la conducta privada de sus miembros. Ningún partido lo es. No tienen deber de cuidado sobre sus preferencias, hábitos de consumo, forma de vestir, gustos o destrezas en el uso de los cubiertos. Los partidos forman y postulan a personas para competir, negociar, priorizar, identificar causas, ponderar consecuencias, aplicar técnicas para dar con soluciones eficaces y eficientes a los problemas de la convivencia. El terreno de la política y de los partidos es la moral intersubjetiva: los principios y valores que permiten que sean más razonables y justas las relaciones humanas. La moral autorreferente, los modelos de excelencia y de virtud que cada individuo elige, son un ámbito impenetrable, si es que aspiramos a conservar nuestra libertad.

Decía Miguel de Unamuno que la política no es el reino de los ángeles. Es, por el contrario, el mundo de la condición humana: falible, imperfecta, vulnerable. Precisamente porque su materia es esa condición, la política es, como advertía Castillo Peraza, de verdades probables. Los absolutos son la negación de la libertad que da sentido y razón a la política. No hay en la profesión de los políticos vicios diferentes a los que enfrenta cualquier persona o se recrean en cualquier sociedad. ¿Quién saldría a salvo de la revelación de una llamada privada o de la filmación de un acto íntimo? Hasta el más recto comportamiento ruborizaría frente al morbo del extraño. La esencia de la privacidad como barrera del yo frente al otro, es proteger la propia dignidad. Ese valor que, aunque políticos en la política, a nadie debe nunca negarse

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                Twitter: @rgilzuarth

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