El PAN y la familia

No hay modelos únicos y excluyentes de convivencia en nuestras tesis.

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Roberto Gil Zuarth 23/06/2014 02:05
El PAN y la familia

¿El PAN defiende una visión conservadora de la familia? ¿En sus tesis no hay espacio para realidades distintas al modelo tradicional del núcleo familiar? ¿Impulsa el PAN la negación de formas de convivencia que no tengan como fin la procreación? ¿El partido es un vehículo para la proyección en la sociedad de una ética cristiana o católica sobre la conformación y propósitos de la familia? ¿Hacemos política para imponer a otros, por la vía de las mayorías democráticas, formas de ser, preferencias y creencias? Una interpretación sobre el sistema de convicciones panista sugiere, a mi juicio, que no.

El PAN surgió de un entendimiento secular de la política. Los jóvenes universitarios que rodearon a Gómez Morin en la creación del partido, de formación jesuita la gran mayoría de ellos, reconocían la irreversibilidad del secularismo en el país y, en consecuencia, la imposibilidad de retornar a un orden social abiertamente católico. La pluralidad y el debate en los ambientes universitarios cincelaron un entendimiento de la política ajena a posiciones confesionales. Defendían la libertad de conciencia y la neutralidad del Estado frente al hecho religioso como la mejor protección al credo individual, como la mejor garantía a las tradiciones religiosas. Eso explica que, entre otras definiciones, en los principios de doctrina de 1939, se reafirmara la preeminencia de la persona como sujeto moral e histórico, esto es, dotado de dignidad, capaz de elegir y perseguir sus planes de vida y agrupado en distintas formas de comunidad: la familia, las iglesias, las organizaciones sociales y gremiales, etcétera. Los principios del 39 no atribuyen a la familia una misión trascendente: es una de las dimensiones de la vida comunitaria que facilitan el desarrollo del individuo. La familia como el entorno básico de la persona para facilitar la consecución de su destino.

A partir de la década de los 40, crece dentro del PAN la influencia del catolicismo. Eso explica, en buena medida, que en la proyección de principios de 1965 el concepto de familia reciba un tratamiento diferente. Sin renunciar a la tradición liberal y secular de sus orígenes, el PAN toma como “reserva de sentido” del pensamiento religioso, como diría Habermas, la dimensión “natural” de esa unidad social. La actualización de los principios panistas se verifica de forma prácticamente simultánea al Concilio Vaticano II, en medio del debate interno sobre la afiliación del partido a la Internacional Demócrata Cristiana y en el ascenso del comunismo como telón de fondo. La misión de la familia como “la continuación responsable de la especie humana” aparece, pues, en el contexto de una tensión ideológica entre la confesionalidad relativa o la laicidad plena. Sin embargo, no se advierte que la intención de su inclusión fuese la imposición de un modelo específico y el combate franco a cualquier realidad que se alejase de esa convicción. Por el contrario, frente a las tentaciones de expansión del Estado que provenían de la orilla de la izquierda revolucionaria, el PAN afirma a la familia como un núcleo inviolable y, por tanto, como un sujeto de derechos y obligaciones. Un ente jurídico y no sólo un hecho social. No es accidente que el partido insista desde entonces en que el Estado debe proteger a la familia, es decir, no intervenir en su integración, desenvolvimiento y en las decisiones vitales de sus miembros. Esta posición es la consecuencia lógica de entender a la familia como una realidad preexistente al Estado y en sí misma valiosa desde el punto de vista ético. Pero también, esa posición se desdoblará para atribuir al Estado el deber de crear las condiciones materiales que “estimulen la responsabilidad y energía de la familia”. Un doble deber en suma: el de abstenerse de interferir y el de procurar su máxima realización. Deberes que sólo pueden surgir en la medida en que se le reconociere su condición de sujeto de derecho.

Varias décadas después, el PAN reconocerá que “la transformación del mundo ha influido en la integración de la familia y en sus tareas”. Desaparecerá explícitamente esa finalidad natural reproductiva. Los principios de doctrina definen desde entonces a la familia como la comunidad de la solidaridad entre personas y generaciones, entre personas con distintas preferencias y planes de vida. En consecuencia, no hay modelos únicos y excluyentes de convivencia en nuestras tesis. Nada extraño en la tradición liberal del PAN: la política es el espacio de lo “circunstancial y contingente”, como diría Christlieb, no la revelación de verdades trascendentes. Es el orden de la libertad. La actividad para hacer conciliar y hacer posibles los ideales individuales de excelencia y de virtud, incluido el ideal propio de familia.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                Twitter: @rgilzuarth

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