Movimiento sin ritmo

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Roberto Gil Zuarth 02/06/2014 01:47
Movimiento sin ritmo

El gobierno de la segunda alternancia ha apostado a las reformas como su eje de legitimidad en el ejercicio. El cimiento del consenso social en la voluntad reformista del régimen. El gobierno ha decidido ser evaluado por la confección de las reformas. Quiere pasar a la historia como el gobierno que logró transformaciones largamente esperadas y jamás antes acometidas. Un régimen que rompió la inercia de los intereses creados. Incansablemente se repite que la parálisis de México se ha vencido con la sacudida reformadora. El país se mueve porque se impulsan y aprueban cambios a la Constitución que deponen un obstáculo o liberan una atadura. Creceremos al ritmo esperado cuando las reformas se concreten. Habrá más empleo, transparencia, calidad en la educación, elecciones más justas cuando las reformas maduren. Seremos todos felices cuando salga el sol de los nuevos contenidos de la Constitución.

Pero es inevitable advertir que la narrativa de las “reformas transformadoras”, como ya se denomina en el discurso oficial, no responde a un proyecto coherente y comprensivo de cambios económicos y políticos, a una agenda con objetivos claros y respuestas de políticas públicas para alcanzarlos, a un programa que plantee un nuevo sistema social y ordene las decisiones que son necesarias para edificarlo. ¿Qué relación programática guarda la Reforma Fiscal con la Reforma Energética? ¿Bajo qué concepción de política fiscal e industrial es compatible la apertura del mercado energético para abaratar los insumos de la producción, por ejemplo, con el alza de impuestos y la eliminación de los incentivos fiscales en la frontera? ¿En qué medida la Reforma Política abona en el propósito de recuperar la rectoría del Estado en ciertos mercados? ¿En qué medida las reformas de transparencia y anticorrupción crean anticuerpos para evitar que la liberalización de ciertas actividades y mercados derive en nuevas formas de apropiación particular de los bienes públicos? ¿En qué punto convergen como un conjunto de políticas públicas para alcanzar ciertas metas sociales?

Nada permite suponer que las susodichas “reformas transformadoras” sean la expresión de un programa político, de una visión de mediano y largo plazos. Más bien es la narrativa de un gobierno al que le pintan mal las cosas y recurre a la justificación de los costos de haber tomado decisiones. La aprobación presidencial va mal, se pretexta, porque el gobierno se ha enfrentado a los sindicatos, a los gobernadores, a los empresarios, a los medios de comunicación. La desconfianza, el bajo crecimiento, los malos indicadores son los sacrificios de corto plazo que es necesario asumir antes del advenimiento del paraíso que dejarán las reformas a su paso. “Mexicanos, paciencia, estamos moviendo a México y el movimiento de músculos atrofiados siempre duele”. Nada distinto puede hacerse: la inversión vendrá con la Reforma Energética, el gasto público será más eficiente cuando concluya el círculo reformista, la corrupción cesará con el nuevo órgano anticorrupción, los servicios de telecomunicaciones más baratos y la televisión más democrática cuando el Congreso apruebe las respectivas reglamentarias. En fin, la vida será más bella, justa y buena cuando el régimen termine de hacer las reformas.

La ausencia de un programa, de un proyecto de gobierno explica en buena medida la inconexión conceptual de las reformas. Y, por eso, sobredimensionar la narrativa de las reformas es un error estratégico. Difícilmente esta administración logrará acreditar, en los hechos, los dichos sobre sus beneficios. Las expectativas que se están generando sobre sus implicaciones y consecuencias serán, muy probablemente, expectativas frustradas al término de este sexenio. Y más aún si no se toman otras decisiones que son prioritarias y urgentes. Ninguna reforma económica traerá prosperidad si no se fortalece notablemente el Estado de derecho. Las nuevas inversiones necesitan certeza jurídica, la garantía legal de que los contratos serán cumplidos, un entorno que ofrezca estabilidad y previsibilidad a las relaciones económicas. La Reforma Energética, por ejemplo, será un fracaso rotundo sin una ofensiva en contra de la corrupción en las contrataciones públicas y en los puntos de contacto entre el Estado y los particulares. Y esa ofensiva, por cierto, está muy lejos de las tibias posiciones que el gobierno ha asumido en sus iniciativas.

El discurso de las reformas transformadoras será el dolor de cabeza de esta administración, a menos que alguien se imponga la tarea de darles congruencia, de corregir el rumbo en los extravíos y priorizar lo fundamental. Poner, pues, ritmo, cadencia, al movimiento.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                Twitter: @rgilzuarth

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