La falacia de la renovación priista

Su efectividad en la interacción política es el fracaso más evidente de los partidos de oposición...

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Roberto Gil Zuarth 07/04/2014 02:34
La falacia de la renovación priista

La falacia está inherentemente asociada al engaño o al error. Como práctica o actividad discursiva, responde a una intención o estrategia deliberadamente fraudulenta. Un ardid o argucia dolosa para confundir al receptor. Discurso que se disfraza en una buena argumentación para inducir o persuadir a otros. La falacia se desenvuelve en un contexto comunicativo y responde siempre a un propósito. Es arma en un combate, un instrumento para sesgar el debate hacia posiciones interesadas, un recurso capcioso para influir a adoptar una creencia o una decisión. Su eficacia como argumento depende inevitablemente de la complicidad del interlocutor. Su efectividad es, pues, consecuencia de la interacción entre emisor y receptor. No hay discurso falaz en la soledad. Robinson Crusoe, perdido en aquella isla después del naufragio, no consumará una falacia antes de la aparición de Viernes.

Si un discurso ha sido verdaderamente eficaz para alcanzar propósitos estratégicos, es el sofisma de la renovación priista. Moldeado y repetido con disciplina y consistencia a partir de su segundo descalabro, esto es, de la elección presidencial de 2006, la narrativa de “El Nuevo PRI” —así, con mayúsculas, por cuanto supone el nacimiento de un nuevo sujeto histórico— logró dispersar de la memoria colectiva los saldos de corrupción y de autoritarismo de más de siete décadas de hegemonía y dominio políticos. Una estrategia pensada y diseñada para una sociedad predispuesta a los influjos de la imagen. El discurso de la renovación era un guión ilustrado con las estampas de los rostros del nuevo álbum de la política: una generación de políticos profesionales forjados en la eficacia gubernativa local, sensibles a la nueva realidad plural del país, dotados de los reflejos democráticos de la nueva era de las alternancias, operadores efectivos para los tiempos de los gobiernos divididos. El priismo dinosáurico había quedado atrás: el dedazo, sustituido por fórmulas seudodemocráticas de vida interna; la gerontocracia, desplazada por una rutina de movilidad generacional; la subordinación del partido, superada por una sana cercanía con la fuente del poder; la corrupción interna, sacudida desde la pérdida de la Presidencia.

La falacia de la renovación priista, su efectividad en la interacción política es el fracaso más evidente de los partidos de oposición y, en particular, de Acción Nacional. Si el argumento falaz es impensable sin la complicidad del interlocutor, la narrativa de “El Nuevo PRI” sería hoy simple anécdota propagandística si sus adversarios no hubieran renunciado a activar el pensamiento crítico de los ciudadanos. En el PAN, confundimos los imperativos de la gobernabilidad con la claudicación del silencio. Poco hemos hecho para evidenciar que en el PRI nada ha cambiado. Por esa soterrada mala conciencia por nuestro paso por el gobierno y esa incomprensible vergüenza por nuestras tensiones internas, renunciamos a evidenciar la subsistencia y vigencia del modo histórico de ser de los priistas, de sus prácticas y complacencias. ¿O los excesos y abusos del otrora líder de la basura eran desconocidos? ¿Olvidamos que asumió una diputación federal a través del fraude de la suplencia a una mujer? ¿Qué hicimos para presentarnos como alternativa al clientelismo que define su biografía? ¿Por qué callamos frente a los datos irrefutables de que contó con la protección y cobertura de sus dirigencias nacionales? ¿Cuándo exigimos responsabilidades, como partido, por la evidencia de involucramiento de políticos con el crimen organizado en Michoacán? ¿Por qué abandonamos —o nunca abrazamos— la causa nacional de denuncia por la deuda en Coahuila, por la galopante corrupción en Oaxaca, por la tolerancia al narcotráfico en Tamaulipas?

El antídoto a la falacia es el contraargumento que expone sus fallas. La constatación empírica que falsea sus premisas o conclusiones. “El Nuevo PRI” es el éxito de una estrategia y, a la vez, el fracaso por la ausencia de una estrategia. La derrota del mínimo sentido de oposición. La complicidad de haber permitido la generalización del engaño. La falacia que se volvió verdad, incluso para nuestros propios oídos.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                Twitter: @rgilzuarth

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