La derrota cultural de los incorruptibles

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Roberto Gil Zuarth 20/01/2014 01:48
La derrota cultural de los incorruptibles

El PAN fue siempre la alternativa honesta de la política. Ésa era su divisa emblemática. Abrevamos en la idea de la política como servicio orientado a la procuración del bien común, como una responsabilidad individual frente al hecho social, y no como privilegio para ostentar poder o amasar dinero. “Venimos a la política a dar, no a recibir”, repetimos recurrentemente los panistas. Nos diferenciábamos del PRI por el empeño de someter a la política y a la gestión pública a un marco de referencia ético. Entendemos que el ejercicio del poder no puede prescindir de valores que lo racionalicen, lo limiten y le den sentido, pero también que la vigencia de esos valores inicia en la convicción y el compromiso individual. Por eso insistíamos en ser escuela de ciudadanía: para inculcar y profesar, a través de la participación, principios de justicia, hábitos cívicos, reflejos de responsabilidad social, destrezas democráticas. Terqueábamos en que la función del partido es formar y seleccionar a las y los mejores para ejercer la autoridad de la política, y que esa era una tarea permanente que no concluye en la elección. Siempre hemos asumido que el partido es garante solidario de la obra personal, aval de la acción colectiva, albacea de sus resultados.

Cierto, nos presentábamos como el partido de los incorruptibles. Pero no por la vara maniquea que divide al mundo entre buenos y malos. Tampoco por la ingenua creencia de que la corrupción en el poder y por el poder es un mal que aqueja sólo a los demás, al que milita en la otra esquina, al adversario. Nos decíamos incorruptibles en razón de nuestra institucionalidad, por el orden interno que hacía visible el acto impropio o inmoral, por los antídotos organizacionales al exceso o al defecto en la responsabilidad pública. La tradición democrática del PAN, la permanente competencia interna, el premio o el castigo de nuestras propias urnas, son inhibidores de la corrupción sistémica. El histórico sentido de legalidad es una cultura de autocontención, una pedagogía de las consecuencias, una racionalidad de desincentivos. La vieja idea panista de que la autoridad moral no emana de la autoridad formal sino del ejemplo y la virtud personal, un acicate al desvarío de la voluntad. Incorruptibles por nuestro orden ético y legal interno.

La derrota cultural de los incorruptibles no es la evidenciación de que no somos diferentes a otros. No estriba en la percepción de que los panistas han emulado las prácticas corruptas que antes reprochaban de los priistas. La corrupción es un fenómeno asociado al poder y a la condición humana, pero definitivamente evitable a través de dinámicas culturales, reglas e instituciones. Nuestra derrota es precisamente la flaqueza de la organización para reaccionar frente a conductas indebidas, la ausencia de resortes para aislarlas y condenarlas, la atrofia de todos los instrumentales para contenerlas. Nuestra derrota es que hemos corrompido por omisión las vacunas a la impunidad.

No nos sacudiremos la percepción que pesa sobre nosotros, a menos que recuperemos las razones por los que nos creíamos diferentes. Esas razones están en nuestra historia, en el patrimonio ético que significan nuestras convicciones, en la institucionalidad que nos ha distinguido desde siempre. No debemos tener temor a enfrentar nuestros propios males. Esconderlos bajo el tapete es, además de una claudicación moral, un suicidio político y electoral. Recrear la institucionalidad que nos hacía incorruptibles es el camino para salir de nuestra coyuntura. Reanimar la democracia interna, el debate, la rendición de cuentas. Volver a creer que somos el partido de los incorruptibles no por ser más buenos, sino por las fortalezas de la organización. Ésas que procuran la virtud personal como principio de dignidad política.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                Twitter: @rgilzuarth

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