Reforma Energética y contrarreforma fiscal

COMPARTIR 
Roberto Gil Zuarth 16/12/2013 03:26
Reforma Energética y contrarreforma fiscal

La Reforma Energética es una victoria de la sensatez. Durante muchos años una suerte de dogmatismo histórico se impuso a la razón de política pública. El régimen posrevolucionario esculpió efigies de legitimación política, entre ellos el adagio de la soberanía nacional materializada en el petróleo. La epopeya cardenista como símbolo de unidad e identidad nacionales. La expropiación petrolera como el acto heroico que salvó a la nación del atraco de los codiciosos extranjeros. El artículo 27 constitucional, junto con el 123, como templos que hicieron posible la pacificación del país después de la Revolución. El mantra del monopolio de Pemex ha sido la narrativa más consistente del viejo nacionalismo antiliberal y estatista. No cuestiono que detrás de esa posición política exista una convicción ideológica y hasta cultural. Millones de mexicanos aprendimos, en los libros de texto gratuitos, que la nacionalidad mexicana está sustentada en la propiedad originaria y el régimen de exclusividad estatal sobre los hidrocarburos. Pero también es cierto que las resistencias a cambiar un modelo energético profundamente ineficiente y altamente proclive a la corrupción, se debe, en buena medida, a la intención de conservar ciertos privilegios. Pemex ha sido la caja chica de gobiernos fiscalmente timoratos que no se atreven a recaudar para no enfrentar los costos políticos. El monopolio de la empresa pública es la causa de un círculo viciosos de intereses empresariales, corporativos y sindicales que han privatizado en los hechos buena parte de la riqueza nacional.

El modelo postrevolucionario del sector energético no ha sido útil para evitar la dependencia energética del exterior: México exporta petróleo para importar gasolinas y gas. Mientras el mundo avanza en la transición hacia energéticos más baratos y limpios, el país invierte todo lo que tiene en explotar, caro y mal, hidrocarburos fósiles que en el mediano plazo dejarán de ser consumidos.  A ese paso, México terminaría siendo importador neto de energéticos. El modelo tampoco ha sido eficiente para alentar la productividad y la competitividad: los energéticos que se consumen en el país son caros, en comparación con los de Estados Unidos, sobre todo a partir del desarrollo de gas en lutitas. México está dejando de ser atractivo para la industria manufacturera que salió de Estados Unidos a finales de los ochenta y durante la década de los noventa, y que ahora se está repatriando como consecuencia directa del precio de los energéticos. La idea de que el monopolio de Pemex evita la depredación de la riqueza por particulares es simplemente un mito: desde hace varias décadas, buena parte de las actividades asociadas a la cadena productiva del sector energético se realizan a través de particulares, bajo la modalidad de contratos de prestación de servicios o de obra pública, sin que éstos asuman riesgo alguno. Pemex paga aún cuando no derive utilidad de la actividad, de modo que el Estado no puede hacer más allá de lo que le permitan sus restricciones presupuestales. La renta petrolera como propiedad indivisible de la nación no ha creado las condiciones para el crecimiento, sino que ha sido destinada a gasto corriente y al despilfarro irresponsable de los gobiernos. En suma, el modelo ha fallado en la consecución de sus propósitos.

La Reforma Energética es un cambio de modelo energético: el tránsito de un monopolio estatal a un mercado regulado. Por fin el PRI entendió que el petróleo no es un símbolo de nacionalidad, sino un recurso económico, esto es, un bien disponible para resolver una necesidad, un medio para aumentar la riqueza y generalizar la prosperidad. Se tardaron la friolera de medio siglo en asimilar que la competencia induce a la eficiencia y que la inversión privada permite hacer más con los medios disponibles. La pragmática constatación que el país podía quedarse económicamente rezagado si no se liberalizaba el sector energético, los hizo concurrir a una reforma que el país necesitaba para atraer inversión, generar empleo e impulsar la productividad. Durante la primera alternancia, el PRI se resistió a escuchar que mantener la estabilidad no era suficiente para alentar el crecimiento. Se negaron como oposición a la reforma que hoy reciben en el gobierno. Una reforma que va a evitar otra década perdida. Una reforma que les propuso el PAN, en el gobierno y en la oposición. El cambio económico más relevante después de la generación de reformas para la estabilidad de la década de los noventa.

Si bien concurrieron a esta reforma, no se advierte en el PRI una renovación ideológica en cuanto al modelo económico que conviene al país. El principal obstáculo de la Reforma Energética será la miscelánea fiscal reciente. Ambas reformas son contradictorias en sus propósitos: la energética tiene como fin alentar la inversión que la fiscal inhibe. Esa contradicción explica plásticamente que la actual administración tiene muy poca claridad de lo que persigue. La contrarreforma fiscal será, en muy poco tiempo, necesaria para que la energética pueda asentarse. El sistema fiscal debe ser consecuente con la apertura de un mercado de las dimensiones del energético. Podremos lograr, en el corto plazo, que un aumento de los energéticos abarate sus precios. Pero si el régimen fiscal, como el que aprobaron el PRI y el PRD hace unos meses, castiga la inversión, muy pocos habrán de emprender en nuestro país. El gobierno tendrá que reconocer su error fiscal si en verdad cree en la Reforma Energética. Ahí estará el PAN para cooperar en el Congreso, no sin antes recordarles que se los dijimos.

                Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                @rgilzuarth

Comparte esta entrada

Comentarios