El príncipe y las reformas
Maquiavelo es el teórico de la necesidad. En su obra más famosa, y también la más incomprendida, el viejo Maquiavelo susurraba consejos al príncipe. Le decía al oído que la política es el reino de lo contingente. El sabio historiador recurría al pasado para ...
Maquiavelo es el teórico de la necesidad. En su obra más famosa, y también la más incomprendida, el viejo Maquiavelo susurraba consejos al príncipe. Le decía al oído que la política es el reino de lo contingente. El sabio historiador recurría al pasado para conjeturar que la virtud del gobernante radicaba en su capacidad de enfrentar las circunstancias. En aquel ensayo que le dirigió a Lorenzo de Medici, Maquiavelo debatía con la filosofía cristiana que, desde Cicerón, aconsejaba someter a la política a estrictos cánones de virtud como un medio para conservar y acrecentar el poder. Para el florentino, la política tenía códigos propios. Quienes han escrito sobre las cualidades que deben poseer los príncipes, decía, han imaginado repúblicas y principados que jamás se han visto o conocido. Para conservar el poder, es “necesario aprender a no ser bueno”, a utilizar a discreción la habilidad de hacer el mal según los dictados de la realidad. Estigmatizada como una apología del cinismo, El príncipe separaba el mundo de la política y de la ética. El gobernante que actúa siempre, en todas las circunstancias, en la clemencia, la generosidad y la lealtad, no conservará el poder sino que, por el contrario, lo perderá. Durante muchos siglos, insistía el florentino, se ha aconsejado que el príncipe jamás imite la brutalidad y ferocidad del león ni la astucia y el engaño del zorro. Pero el príncipe, sobre todo aquel que no ha consolidado aún su poder, debe saber utilizar la bestia y el hombre: tomar “ejemplo del zorro y del león, porque el león no se defiende de los engaños y el zorro no se defiende de los lobos”. El deber del gobernante es saber llevar a cabo lo necesario para la obra. El príncipe no debe pretender ser amado ni preocuparse por ser temido. Debe querer ser lo uno y lo otro, pero dado que es más difícil ser amado, es mucho mejor ser temido, cuando haya de faltar una de las dos cosas. Le enseñanza de Maquiavelo es que quien se propone a una alta finalidad —la libertad, la justicia, la verdad— no debe temer que se le considere cruel, despiadado o brutal. Sortear la necesidad como la mayor virtud del soberano. Amasar la realidad como principio ético de la política.
Se suele atribuir al presidente Peña y al PRI el don del pragmatismo. La maleabilidad de su ideología, la ductilidad de su práctica. Las reformas largamente esperadas son ahora posibles, se dice, porque el PRI sabe hacer lo necesario para concretarlas. Negocian, ceden, presionan, acuerdan. Todo está en la mesa. No hay irreductibles de principio. Su código ético es la conservación del poder. De ahí que puedan situarse cómodamente en uno u otro extremo de la geometría política. Sucede, sin embargo, que ese pretendido pragmatismo en realidad es un vacío ideológico. El mismo partido puede proponer como gobierno lo que jamás fueron capaces de concretar como oposición. El mismo partido puede sostener hoy la apertura del mercado energético cuando en el pasado se resistieron a cualquier modalidad de participación privada en el sector. Pueden pasar de fervorosos estatistas a entusiastas privatizadores sin mayores esfuerzos. De izquierda a derecha, de derecha al centro, según la ocasión. La virtud que Maquiavelo sugería al soberano no es, como se piensa, la tradición priista. La política de la necesidad no es ajena a la distinción entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo injusto, entre lo deseable y lo inconveniente. Es, por el contrario, el cálculo crítico de las razones y de las consecuencias. La ponderación cuidadosa de los efectos de la decisión y de la no decisión. El Príncipe de Maquiavelo no es el pragmático que no cree en nada, que no milita en una convicción, que no tiene claridad del rumbo de sus acciones. El soberano maquiavélico es aquel que se define por una finalidad, por un fin, y está dispuesto a utilizar los medios a su alcance para materializarla. Es el político que actúa en el péndulo de la ética de la convicción y de la responsabilidad. El gobernante en el que piensa Maquiavelo no navega según el soplo del viento. Arria las velas para conducir el barco hacia el puerto, después de calcular la fuerza, la resistencia y el peso; con la experiencia en mente de que cierta disposición de materiales causa uno u otro resultado.
El PRI se ha propuesto definirse en el reformismo. En la voluntad de reformarlo todo sin saber bien qué ni para qué. El pragmatismo puede ser la virtuosa capacidad de contemporizar la creencia propia para alcanzar un fin. Pero también puede ser el reflejo de una ausencia, de la renuncia a hilvanar críticamente una idea. En el vacío ideológico no hay marcos de referencia para direccionar o conducir posiciones y decisiones. El príncipe que renuncia al cálculo del zorro. El león que sólo presume la melena.
*Senador de la República
Twitter: @rgilzuarth
