Lecciones de un precipicio

Estados Unidos atraviesa por la coyuntura más delicada de su historia moderna. El apagón del gobierno representa el mayor fracaso de la política en una nación que era, a ojos del mundo, ejemplo de estabilidad y eficiencia democráticas. El modelo de gobernanza que se ...

Estados Unidos atraviesa por la coyuntura más delicada de su historia moderna. El apagón del gobierno representa el mayor fracaso de la política en una nación que era, a ojos del mundo, ejemplo de estabilidad y eficiencia democráticas. El modelo de gobernanza que se estudiaba y emulaba por doquier, al grado de adquirir naturaleza de bien de exportación, atrapado en el forcejeo de la lucha partisana. La tierra de la libertad y de la democracia parece ingobernable. Los incentivos y las palancas, los resortes y las actitudes de una cultura e institucionalidad políticas proclives a la responsabilidad, no se activan para destrabar los gatillos. Los republicanos están empeñados en bloquear la aprobación de los presupuestos y el aumento del techo del endeudamiento, a fin de forzar a Obama a abandonar, o al menos aplazar, su reforma sanitaria, la principal oferta de su campaña y, quizá, el único sello tangible de su administración. La opinión pública no se decanta con claridad, entre otras razones por la fuerte carga ideológica que ha marcado el debate y, por tanto, las pistolas siguen cargadas sobre la mesa. Mientras tanto, 800 mil funcionarios federales, de un total de 2.8 millones, han sido enviados a su casa sin goce de sueldo. Otros 1.3 millones siguen en servicio sin saber cuándo recibirán su sueldo. El gobierno reducido a inconmensurables servicios esenciales. Y, además, de no aumentarse el techo de endeudamiento, Estados Unidos no podrá enfrentar sus obligaciones de pago y, en consecuencia, se enfrentará a un dilema de difícil resolución: incumplir sus obligaciones, con el consecuente impacto en los mercados financieros, o aumentar los impuestos y/o reducir seriamente su gasto. En cualquier caso, el apagón del gobierno terminaría en el apagón de toda la economía estadunidense. Y con ellos, una etapa de impredecible recesión global.

Dos lecciones para México del precipicio estadunidense. La primera. La deuda de hoy es sacrificio mañana. México, a diferencia de Estados Unidos, no goza del privilegio de imprimir la moneda de referencia mundial. Nuestro vecino puede endeudarse mucho y más barato que nosotros. A pesar de esa ventaja estructural, su credibilidad quedará en entredicho si no logra resolver su capacidad de pago, de modo que el precio de su deuda será cada vez mayor hasta comprometer buena parte de sus ingresos presentes y futuros. Para países emergentes como México, la deuda no es la vía para detonar el crecimiento. Al contrario, suele ser una receta insostenible y de miras cortas para salir de coyunturas. Las economías emergentes, a diferencia de las desarrolladas, contratan caro y a plazos más cortos, debido a su riesgo, a la precariedad de su fiscalidad, a la volatilidad de sus tasas y a la debilidad de sus monedas. Desde 1997, y después de los ciclos de crisis recurrentes, México ha hecho un esfuerzo consistente por generar confianza en el concierto global. No sólo ha contenido el déficit y ha hecho un esfuerzo por aumentar sus ingresos, sino que ha asumido comportamientos económicos de responsabilidad que hoy brillan por su ausencia. En los últimos años, el financiamiento procedente de deuda se ha destinado a inversión productiva, alejándonos de la tentación de convertir deuda en gasto corriente. Pues bien, el gobierno y sus aliados pactistas recurren, en su común reforma fiscal, a la deuda para financiar compromisos de gasto social. No sólo eso, desde hace ya casi tres lustros, especialmente en las administraciones panistas, la Secretaría de Hacienda no pedía al Congreso el aumento del límite de endeudamiento durante el ejercicio para compensar pérdidas de ingresos y cubrir el presupuesto. Y no se hacía precisamente para mandar una señal de certidumbre y disciplina. Cualquier variación en ingresos, como en 2009, se corregía con la reducción del gasto, a costa incluso del saldo político o electoral. El gobierno priista vuelve a las andadas: pide aumentar el déficit para 2013 con el propósito de que le salgan las cuentas de un ejercicio que no pudo prever y mucho menos administrar. La pérdida de credibilidad y confianza, como revela la coyuntura estadunidense, es la antesala del precipicio.

La segunda lección. El sistema presidencial más estable del mundo muestra signos de agotamiento. El Ejecutivo no tiene, como muestra la discusión presupuestal entre republicanos y demócratas, remedios institucionales para vencer la obstrucción y construir mayorías en ciertas circunstancias, especialmente las que representan mayor polarización política. De persistir la negativa republicana, un problema de acuerdo político será una inevitable cuestión económica y social. La legitimación democrática dual que define al sistema presidencial puro puede provocar la parálisis en la toma de decisiones, sobre todo en las necesarias y especialmente costosas. El precipicio fiscal estadunidense ofrece poderosas razones para repensar el presidencialismo mexicano. Si bien quizá no para sustituirlo por un arreglo parlamentario, sí para introducir incentivos a la formación de mayorías y a la superación de escenarios de obstrucción explícita. Adecuar el presidencialismo a la pluralidad democrática y al hecho de los gobiernos divididos, es una condición inexorable para revitalizar las potencias del Ejecutivo sin sacrificar los controles a cargo de la representación democrática. Supone afianzar la tracción de la autoridad para no resbalar en el abismo.

No parece claro, a esta hora, que Obama y los republicanos lograrán salir de su común amago. De no ser así, el precipicio estadunidense nos arrastrará en sus consecuencias. Nunca se puede perder la esperanza de que en la tierra de Lincoln, Jefferson, Washington y Roosevelt imperarán, al final, la razón, la prudencia y la serenidad. De ser así, no sólo festejemos el fin de una crisis, sino las lecciones de un episodio que siempre pudo evitarse.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                @rgilzuarth

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