La salud y la política

Al final del sexenio pasado, los precandidatos del PAN a la Presidencia de la República luchaban entre sí y, entre ellos, sobresalía, no sólo por su estatura sino por su fuerte presencia política, Alonso Lujambio, titular de Educación, pero su salud se quebró...

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Rafael Álvarez Cordero 09/01/2014 03:38
La salud y la política

Los hombres públicos se enferman tanto como los ciudadanos comunes y corrientes, son conocidas las epilepsias y hemofilias de los reyes medievales, como también la poliomielitis de Roosevelt, el Alzheimer de Reagan, la cardiopatía de Bush, pero curiosamente, en México, los hombres públicos y políticos “nunca se enfermaban” y sus padecimientos eran mantenidos en secreto como si fueran pecados, y así poco se sabe o se comenta de la probable hipertensión arterial de Morelos —con su eterno paliacate en la cabeza—, la cardiopatía de Juárez, la hepatopatía de Díaz Ordaz, etcétera, como si los políticos mexicanos fueran de otro planeta, por eso resulta interesante conocer cómo algunas enfermedades atacan a políticos y funcionarios públicos y, sobre todo, la influencia que esas enfermedades tienen en la política nacional.

Así, al final del sexenio pasado, los precandidatos del PAN a la Presidencia de la República luchaban entre sí y, entre ellos, sobresalía, no sólo por su estatura sino por su fuerte presencia política, Alonso Lujambio, secretario de Educación, pero su salud se quebró mientras era atendido de una insuficiencia renal y se le detectó cáncer de médula ósea, a causa de la cual falleció, el partido perdió a un buen funcionario y el camino del PAN fue muy otro.

Y ahora hemos visto en 2013 dos importantes enfermedades que inciden en la vida nacional: Miguel Barbosa, coordinador de la bancada del PRD en el Senado, sufrió un agravamiento de la diabetes que padece, requirió con urgencia dos intervenciones quirúrgicas, su vida estuvo en peligro y requirió la amputación del pie derecho, tras de lo cual ahora convalece y se reintegra a sus labores después de haber tenido “un padecimiento resultado de un enorme descuido de mi propia salud”, según él confesó.

Y, por otra parte, de forma sorpresiva supimos que Andrés Manuel López Obrador, eterno luchador a contracorriente de la vida, fue hospitalizado en un hospital privado y tras el diagnóstico de infarto del miocardio sometido a una intervención quirúrgica para destapar las arterias bloqueadas de su corazón, después de lo cual ha tenido que guardar reposo, hasta ahora, que se reincorpora a la vida política.

El impacto que estas dos enfermedades tuvieron en los acontecimientos del fin del año pasado es grande, sobre todo el infarto de López Obrador, porque la izquierda delirante quedó sin caudillo, y las protestas por la discusión y aprobación de la Reforma Energética fueron casi inexistentes.

A estos casos podemos añadir la insuficiencia hepática de Fausto Vallejo, aunque hay que aclarar que Michoacán está como está desde antes que él fuera a Estados Unidos para realizarse un trasplante del hígado.

Pero estos enfermos nos muestran algo importante: ¿qué tanto se preocupan los políticos de su salud?, ¿son capaces de sacrificar su propia vida en aras de un escaño, una gubernatura o la conquista del poder?; se estima que 30% de los políticos tienen hipertensión arterial, que el 8 a 10% tienen diabetes, que hay 25% obesos (y sólo Fernando Gómez-Mont Urueta decidió cambiar su vida, operarse y bajar más de 50 kilogramos) y, sin embargo, siguen ahí, sin cuidar su salud, con las consecuencias personales y políticas que ahora hemos visto.

                *Médico y escritor

                raalvare2009@hotmail.com

                www.bienydebuenas.com.mx

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