Mi ciudad II

La capital vive un gigantismo que no supo y no pudo prever y eso rebasó la capacidad de acción de los gobiernos en turno.

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Rafael Álvarez Cordero 05/12/2013 01:58
Mi ciudad II

Creo que nunca había recibido tantos mensajes contradictorios; con motivo de mi reflexión sombría acerca de los graves problemas, carencias, violencia e inseguridad de la Ciudad de México, algunos lectores me enviaron comentarios sobre lo que ellos han vivido: robos, asaltos, malos tratos en las oficinas de gobierno, en clínicas y hospitales y aun en la calle, mientras que otros lectores airadamente me tacharon de pesimista, alarmista y mentiroso, porque la Ciudad de México “es modelo de ciudad y hasta ha sacado premios”, según un enterado capitalino.

La verdad es que no podemos ocultar los problemas de los que hablé aquí hace ocho días: la ciudad vive un gigantismo que no supo y no pudo prever y eso rebasó la capacidad de acción de los gobiernos en turno; el hacinamiento, la falta de estructura ciudadana, la creación de la noche a la mañana de asentamientos multifamiliares o de villas miseria, sin agua, sin drenaje, sin luz, sin seguridad y, sobe todo, la ausencia de educación y cultura cívica, convirtieron a la ciudad en un verdadero Frankenstein.

Creo que, por otra parte, no podemos ignorar los avances que ha tenido nuestra ciudad en algunos rubros: la ciudad probablemente tiene la mayor cantidad de museos en el mundo, oficialmente se señalan 151, pero extraoficialmente hay más de 200; la diversidad de oportunidades de estudio es la mayor en Latinoamérica, cientos de teatros dan funciones durante todo el año, y la oferta de restaurantes de todo tipo rivaliza con Nueva York o París; hay avenidas hermosas, edificios y palacios monumentales (y hago un paréntesis: dos amables lectores me hicieron ver un error: el título de Ciudad de los palacios no es de Humboldt, sino de Charles Joseph Latrobe, 1801-75, que en su libro The Rambler in Mexico se refirió a México como “the city of palaces”, gracias)

Pero además —y eso lo puedo decir con buen conocimiento de causa— las acciones que han emprendido las autoridades de la ciudad en el aspecto de infraestructura de salud y opciones de salud no tienen comparación con las que se llevan a cabo en el resto del país: la vacunación universal se realiza como en todo el territorio nacional, pero la vacunación contra el virus del papiloma humano tiene aquí las más altas cifras, así como la detección del cáncer mamario a través de un sistema eficientísimo de mastografías; los análisis gratuitos que se realizan en el Metro permiten descubrir en los viajeros decenas de padecimiento que ni se imaginaban: diabetes, cáncer de próstata, dislipidemias, etcétera.

Los programas de promoción de salud: activación física en el Ángel de la Independencia (o la Victoria Alada como se debe llamar), los paseos en bicicleta por toda la ciudad, las estaciones de bicicletas que se pueden rentar, los deportivos al aire libre con entrenadores, y ahora las campañas para eliminar los saleros de la mesa e invitar a beber agua, que apoyan los restauranteros, e incluso el entrenamiento a los meseros de la ciudad para que sepan realizar la maniobra de Heimlich para atender a quien se atraganta al comer (más de 800 casos al año), dan cuenta de la preocupación por tener cada día más una ciudad saludable.

De modo que creo que todos tenemos razón. La ciudad es una mezcla de buenas acciones y rezagos inadmisibles, un mosaico de creatividad y progreso mezclado con miseria, violencia e inseguridad; aquí nos tocó vivir, sigo creyendo que debemos insistir y exigir que lo bueno permanezca y lo indeseable desaparezca.

                *Médico y escritor

                raalvare2009@hotmail.com

                www.bienydebuenas.com.mx

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