La bendición clemente de Dios y el padre Solalinde
La vida es tan complicada, variada y difícil que por eso tiene el espeluznante cobro del envejecimiento. Sí… todos los terrores nocturnos, el encaramiento de quien depende conceder un trabajo para ganarse la hogaza y el desvelo, la desazón que sigue, la falta de apetito o, por el contrario, las ganas locas de comerse de un jalón seis tacos de cochinita pibil
En lo que a mí concierne, el reflejo cruel es en mis mejillas que empiezan a partirse en dos y dan el reflejo de estar perdida en una carretera vacía, como la vez en que no teniendo ni diez años, nos quedamos olvidadas, y por ende perdidas, mi prima Gloria y yo en Silao, a donde nos llevaron nuestros padres en dos autos y en el uno creían que íbamos en el dos y viceversa... sin miedo (porque si hay sol cuando se es chiquita, ningún fantasma se presenta en tu ventana ni siendo nobles húngaras en los cuartos de juegos del palacio imaginado…).
Hacía sol, relucían los setos, comíamos capulines, tunas y garambullos, hacíamos pipí detrás del árbol mayor y seguíamos caminando hacia donde creíamos que era Guanajuato.
De pronto, vimos la polvareda, el escándalo prometido y los autos aparecieron rugiendo por nuestras dos personitas levemente espantadas y singularmente entusiastas al ver las caras de nuestros padres, las de ellos alarmadísimas, las de ellas, como de costumbre, muy enojadas por la ausencia que les encajamos y los pleitos que habrían de darse en la noche por nuestra infantil culpa.
Viene lo anterior a cuento por la perturbación de temas. Es que en el ejercicio del periodismo, uno debe tener una lámpara encendida para señalar los asuntos primordiales, y todos ellos se hacen bola dentro del alma de gente como, yo sufriente “de su de por sí”, como dicen en mi tierra.
Primero, fue la injusticia y falta de respeto contra el sacerdote Alejandro Solalinde, gran personaje de mi vida católica y mexicana por su entrega misericordiosa a hacer el bien a los seres que no tienen nada, ni un pedazo de tierra (como la de Silao a Guanajuato) para echarse a dormir.
Corridos los hombres y las mujeres de sus revolcaderos (tal decía mi nana, riéndose para escándalo de mis tías) he visto fotos de ellos, altos, erguidos, desarrapados, llevando en sus brazos a sus hijitos pequeñitos… van en el camino, sin comer, sin calzar, sin hablar, ¿hay mayor desgracia? (Nosotros tenemos techo, cama, ropa limpia, almohada y sueño, y su pobre confesante dos perros que me calientan los pies).
Católica, dije, y priista, digo, ¿qué puedo hacer si hasta caminar últimamente me está acongojando con el recuerdo de la tal Chencha? Leo por todos lados injurias a Dios y a la moral de parte de curas dándole vuelo a la hilacha en el mundo entero, cometiendo el peor de todos los peores pecados: lastimar, tocar, humillar para siempre a un niño…
Veo también los retratos de las Patronas, esas maravillosas mujeres que todas las madrugadas cocinan de su peculio arroz, frijoles y aplauden tortillas para echárselas a los infelices viajeros que van en La bestia, ese invento diabólico tomado por la paupérrima situación de los pobres, pobres para ir hacia el eterno “norte” en busca de una vida mejor… (Veo en mi buró un “cuerno” sin retorcer, untado con tantita mantequilla y azúcar… junto a la taza de té para bendecir mi sueño, que suplico a Nuestro Señor me dé y así descansar del inventario de enfermedades que, a su vez, me recetó para estos últimos años de mi vida.
Aquella muchacha que fui, trepando a trancos los cerros de mi tierra hasta llegar a la mera cresta de La Bufa, nada más para ver Irapuato y “pue que” San Miguel de Allende y luego a lengüetazos pelear el agua de la lluvia que hay en múltiples cajetes benditos… mi lengua y la lengua de mi perro el Dick y la lengua de Gloria y ¡sácatelas! Que se acaba el agua y ya empieza a oscurecer y nos bajamos como locas a las carreras con nuestras piernotas de provincianas, la temeridad y los ojos clementes de Dios.
