Siempre a propósito de Excélsior

El mundo se ha vuelto 
una catástrofe; he aquí 
a lo irremisible que se enfrenta el periodista, el eterno mirador del acontecer, entercado en ser verídico 
y tentado por la fantasía de inventar.
 

Ser periodista de tiempo completo se alarga hasta después del traqueteo, e irremisible viene la calma para amanecernos y esperar humildemente a que desaparezcan los males y las mortificaciones de las enfermedades que van apareciendo impacientes, después de observarnos durante años y años.

La entrega periodística prosigue, precisamente, en la lectura infatigable de los otros periódicos, los extranjeros, los escogidos en la experiencia del descubrimiento e imposible de abandonar. Compulsivamente, va pasándose de autor predilecto al de la otra página y enrejando la admiración, sobre todo, si poseen eso llamado estilo.

Leer el gran periodismo del mundo  es placeroso: leer a los magníficos de casa da tanto gusto... y de pronto, ya se hizo de noche y las enfermedades se borraron un tanto. Con los ajigolones sembrados cuando éramos jovencitos: Alfredo Ávila, mi primo, otro Romero, al contemplar a un perro maravilloso que tenía, todo mechudo, flaco y dado al traste, le reclamé y me contestó la famosa frase clave en mi familia: “Es que ya está viejo el animal”... bueno, la aseveración aparece de pronto ante la consabida repetición del mal multiplicado (el estómago catastrófico, doctor Arrubarrena; hueso triturado en caída y operación fatal, con el doctor recuperador, Luis Guillermo Ibarra; piel delicada de princesa: dermatóloga Sandra Gutiérrez, y para terminar, oculista minucioso: doctor Eduardo Corzo). Para entonces, el relato de la miseria me vuelve a visitar, es decir, que todo lo ganado para mi hogaza vuela hacia los consultorios...

El periodismo es fascinante... no se puede abandonar así como así... yo creo nada más con la petateada correspondiente. Es como el teatro, triunfen mundialmente los actores o no, según el talento y la suerte, allí los encontramos desfalleciendo de años y aplausos en el mismo lugar y con la misma gente.

Me doy cuenta de los calendarios cuando veo en las páginas de cine y teatro a mis amigos de juventud bastante carcamanes y a un montón de actrices (Margarita Michelena le diría “actroces” con justa razón, todas iguales, operadas por el mismo doctor —yo le llamo Camacho y Orvañanos— y con faldas pasadas de moda hasta el huesito —pero de la ingle—), y como nunca las había visto ni las veré, descubro horrorizada que antes los actores habían sido mis compañeros en las escuela de teatro en Bellas Artes, o amigos queridos que merendábamos en “Noche y Día” (hasta fuimos mi esposo y yo a acompañar a Raúl Dantés,  quien se iba en barco a Europa, e invadimos los muelles para despedirlo “como de película” y nos casábamos y descasábamos juntos a la menor provocación).

El gran teatro del mundo es muy eterno, y para los periodistas especializados más. Nos humaniza, nos llena de evocaciones; yo me acuerdo que en la obra Hoy invita la Güera le presté a Lola Bravo dos abanicos de mi abuela y los lució, pero por desgracia desaparecieron en la noche escénica. En fin, esto por lo antiguo y centenario que ya es mi periódico y cuantísimo lo estoy felicitando.

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