¿Cómo se puede querer a Trump y a la marmota?
Aquí estoy ante la computadora, aterrada del griterío de mi cabeza que es como un campo de futbol, un súper juego con miles de gritones. Lo que quiero decir es que tengo un millón de temas a tratar, desde el preciso que enumeraba a los seres que amo aun sin conocer, mis colegas deslumbrándome por las mañanas con el primer café y los lomazos de mis perros, especies desconocidas
del amor que ya quisiera yo para
un día de fiesta de a de veras.
Estos desdichados días son en verdad de dolores, por lo que pasa principalmente en mi patria, donde yo quisiera tener a un Lázaro Cárdenas redivivo que respondiera, sin gritos ni sombrerazos, a la andanada de parte del individuo Trump, aprendiz de Anticristo, del cual me importaría (además del origen delirante y sicoanalítico de su furia inmunda) cómo es que el pueblo que ha dado ciudades amadísimas por cualquiera pudo votar —es un decir— por tamaña amenaza de fin de siglos. Sé que ya no caminaré en una sola mañana helada de verano por Nueva York... viendo a los que pasan junto a mí y sintiendo el frío en mi cabello y ya el café ardiendo en la boca y en la panza. ¿Ir al teatro, sentarme temblando a la espera que empiece la obra escogida meses atrás y sentir los primeros acordes de la orquesta?... vimos Blue and Jazz y cantamos en español y la intérprete en inglés junto al Che Guevara No llores por mí, Argentina; y así tantas que espulgábamos de los periódicos... En fin, no más museos, cine, las pequeñas compras (las lámparas de papel, los vasos con el sello de Coca-Cola, las copias de las muñequitas de papel de la Biblioteca de Nueva York, mi ropa interior y las camisas especiales de mi esposo en la tienda de la Quinta Avenida)... Todo se acabó, los alamares, la carne incomparable, la copa helada junto a Central Park, los macarrones “with bolls” invitados por Bartolí o los daiquirís de The Grocery con Betty Sheridan y Rafael Coronel con su Ruth Rivera. Nunca más contemplaré el río Hudson y el mar desde una de las torres gemelas, ya muertas para siempre...Yo estaba siempre con él (“con él” como en la canción de Manuel, Manuel)... Todos tenemos un él en Nueva York.
Es que en este estadio de la cabeza, los asuntos por tratar que voy anotando en mi libreta de diario son imposibles de pasar en limpio por la cantidad y vociferantes de cada uno. Mientras Trump esté en el poder, ofreciendo tales barbaridades como notas, solamente mis colegas muy fregones son capaces de desenhebrarlas. Escribir, por ejemplo, de Juan Ramón Jiménez, de Valle-Inclán (del formidable retrato que le hizo Alberto Gironella, obra maestra a pincelazos amorosos rápidos como huracán). Ir escribiendo de Jorge Ibargüengoitia, uno de mis amores, para mi periódico y sus cien años (todos los periodistas de veras tenemos un mi periódico. En fin, Jorge era bueno como el pan de Acámbaro). O analizar cómo un pueblo tal, como Estados Unidos —el de arriba—, que ama a un animal bodocudo y mensón, la marmota, y al cual le hace honores de jefe de Estado (tal nosotros sin querer a Trump) cada año sin falta, un señor de levita y sombrero de copa para saber cuánto va a durar el invierno... ese pueblo ingenuo puede elevar a torturador general al tipo que hoy tienen como Presidente.
Perdonen sus mercedes, pero no puedo seguir escribiendo de lo que no quiero, cuando lo que quiero no es periodístico... Por ejemplo, el amor.
