Manos manchadas de pintura y de piedad

Gran experiencia con el libro Artepatía, que presenta Emiliano Gironella junto con Pablo Rico, bajo los auspicios de Conaculta y, por supuesto, de Rafael Tovar y de Teresa.

Cualquiera creería que escribir sobre un ilbro, pero principalmente éste, es fácil, el clásico enchílame otra, no hay tal porque, principalmente, es de tal humanidad, de tantas maneras enlazado con la misericordia que el corazón se acongoja y va deteniéndose con los rostros de los hijos de policías que han perdido la vida en el cumplimiento del deber. Digo, porque hay un corto cinematográfico en el que vemos el proceso de la creación pictórica bajo el mando de Emiliano Gironella, el pintor más alerta a los mundos que solamente él, artista como los de “antes” —dirían mis tías— captura desde la visión contemporánea, tal la violencia imperante en el mundo entero. Ya no podemos concretarnos a la guerra, esa estupidez tan absolutamente inventada por el hombre e incesante, imparable, no, ahora es un caleidoscopio, con el mismo paisaje de colores, pero multiplicado y mortal de necesidad… mañana nos estallará en las manos y la historia del triste retrasado mental del planeta Tierra habrá quedado en el infinito ni siquiera como un ejemplo de tontería, sino como algo lamentable nunca logrado y abortado antes de su tiempo… ahí están las drogas, las enfermedades irrebatibles y desconocidas, la naturaleza convertida en nada, sin tiempo, sin mareas, sin mañanas y, por supuesto, sin esa broma pesada llamada amor. Emiliano Gironella es hijo de Alberto Gironella y de Carmen Parra. Los conocí desde siempre y desde tal tuvieron la inquietud invencible de mirar más que los otros… en realidad, ellos dos fueron “los otros”, los diferentes, los que ven más y son en las conciencias ajenas de estorbos por su espectacular visión de la catástrofe, ya lo dije, y del crecimiento de la yerba.

En su estudio están piezas nuevas impactantes, quiero decir que siempre trabaja el horror de una pistola, el método de drogarse, la vida oscura y goyesca tan corriendo su sangre de mexicano, nieto de español y de yucateca, y quien vivió con intensidad la tempestad del carácter y la obra de su padre. Así, desde hace algunos años, veo colgada de los muros de la galería El Aire, las pinturas de los huérfanos de policías muertos en acción y a quienes extrañan implacables, solos con las madres dobladas de dolor. Siempre me asombro del talento de los niños mexicanos, el cual casi nunca sale a la luz por falta de oportunidad, la pobreza, el desaliento, en la última palabra: el hambre. El pintor Gironella no pudo dejar pasar tanta herida y abrió el gran jardín y el patio de su casa, insólita acción poco igualada yo creo que por nadie. El talento mexicano es asombroso, y en este libro se comprueba en los niñitos con caritas desoladas y sus risas, sus soluciones de colores sensacionales que untan con todas las manitas, por eso el libro tiene un segundo y más afortunado título: Manos Manchadas de Pintura. Hay que ver a los chamacos casi cantando con las manos coloradas, azul añil, amarillo jijo (como diría Julio Prieto), verde botella, etc.  Fiesta de vida para reparar un poco la muerte.

  La policía contemporánea, tan vapuleada y en el microscopio del pueblo por injusticias de su entorno, crueldad intolerable, tiene no obstante buena dirección, sus superiores entendieron ese campo minado y terrible de los huérfanos y el comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales, y su grupo de hombres buenos empujaron la idea de Emiliano y en una tarde enterita decidieron empujar el seminario de la piedad, como yo le llamo, y que surgiera en gran talento, insisto, la creatividad, como algunos le dicen, de los muchachitos que piensan en sus papás y les ofrecen las pinturas de pronto posibles de realizar, y en la fiesta final les escriben cartitas y las amarran a globos que son soltados al aire… “te quiero, papá”. “Papá”… la sola palabra a mí me desgarra, a ellos los consuela, a  Gironella lo honra. Y a la policía la humaniza. Daba gusto en el Museo Soumaya ver a tantísima gente reunida con la policía metropolitana,  y daban confianza los policías diseminados en el acto, con su letrero en la espalda del uniforme: “Policía Metropolitana”, y ellos también conmocionados. Ni qué decir nosotros, los cuates de Emiliano desde que era niño e íbamos su madre Riqui, él dormidito en la parte de atrás de mi vocho, a pasar unos días a casa de su abuelo  en La Valenciana, allá en Guanajuato, su enorme abuelo el arquitecto Manuel Parra, de quien heredó la mexicanidad sagrada que le enseñó su madre, Carmen Parra, de quien hoy, por cierto, contemplaré  la exposición en la Casa Lamm a mediodía, una docena de óleos de Riqui sobre el maravilloso mundo de Teresa de Ávila, la santa que amamos quienes buscamos a Dios en sus letras nunca igualadas. “Que nada te turbe…”.

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