Con el doctor Luis Guillermo Ibarra

Pasarse el último tiempo que posees en las manos y ver cómo se te escurre en consultorios, clínicas de recuperación, camas en zonas de Urgencias porque te vas, te vas. Y a eso añádele los espeluznantes costos de los cuales no debes hablar porque a los tuyos y a los ajenos les molesta mucho, me refiero a los apretones dados por la inclemencia de estos tiempos mexicanos en que asistimos al desmoronamiento del país, ya no te digo en costos y deudas, sino en medicinas (lo más corajiento del mundo), amén de traslados en el caudal del tránsito, verdadera antesala del infierno... Yo digo mil veces mi oración infantil desde la voz de mi madre: está bien Señor, lo que tu ordenes… Si no fuera por mis médicos… lo digo como nieta, hermana, tía, prima y amiga de doctores con toda la barba…

Me siento ante el doctor Luis Guillermo Ibarra, quien me observa, me revisa, me hace caminar lastimosa y exclamo: “estas ruinas que ves, oh Fabio…”, pensando en aquella niña subiendo como una cabra los riscos y montañas como de las hermanas Bronte, tremendos riscos encorajinados y resbalosos conducentes a la mera punta de La Bufa (ya lo he contado: se distingue Silao, quizá León y pueque Celaya, si a esas vamos) para sentirnos escaladores ingleses salidos de nuestras novelas decimonónicas y beber (esa era nuestra bendición por llegar hasta casi el cielo) el agua de lluvia arrejuntada en los pozuelos de la roca. Trato de seducir con cierta gracia esmerada, tal lo hago con todos los doctores que me tratan, tratando a mi vez de distraerlo de un diagnóstico fatal (así soy, y siempre resulto con salud y vida, pero ignorando el mal porque me olvido de preguntarlo por el mismo miedo de oír las palabras…), vivo de las palabras y, por ellas, son mi sino, y gracias a la sonoridad con la cual las pronuncio muchas de las peores memorias de mi existencia han sido heridas en castigo por haberlas intentado… de niña tuve descalabros graves en penitencia por preguntar algo que ofendió a la maestra mediocre y tonta… fueron tales las llagas que ni siquiera las solucioné en sicoanálisis.

El doctor Ibarra tiene una estatura de rey Lear, es varonilmente hermoso y ríe como si yo misma, la paciente, estuviera viendo las figurillas de los cristales multicolores (uno de ellos me regalará) (niña) (bondad). Su diagnóstico es favorable porque él sabe cuánto lo necesito, cómo me persiguen las sombras de los desdenes y los daños propios de mi viaje bastante largo bajo las lunas guanajuatenses y los diamantinos soles encontrados en el mundo entero, sobre todo en los ojos de mis perros. En verdad soy una viuda que gime y el doctor Luis Guillermo ordéname más terapia bajo las órdenes llenas de amor de María Angélica, mi terapeuta.

Es muy interesante de muchas maneras la experiencia de las enfermedades y el menú para aliviarlas, porque se intima con quienes te brindan la salud del buen paso en mi haber (operación quirúrgica fallida, rotura de pierna más tarde gracias a la brusquedad veloz que padezco, otra operación con poco éxito) y que es el resultado de una existencia crispada en lo que más me gusta —aparte de leer y los perros—: carreras de larga distancia y bobear caminando durante horas por las calles de las ciudades que amo, las de mi tierra, culiempinadas, tortuosas, dibujadas por Dios como una tela de muaré, o mientras dura el milagro de Nueva York, París, Madrid, Barcelona y esa maravilla polaca perfectísima: Varsovia. Lo que no le he contado al doctor Ibarra es que su nombre honra al Instituto Nacional de Rehabilitación, ya que es un eminente médico de nosotros, los inhabilitados por tal o cual agujero en nuestro destino, no le he contado porque él también está en recuperación de inclemente neumonía y sólo respaldado por su hijo, el doctor Clemente, quien —por cierto— atiende a sus pacientes, entre los cuales me cuento, con la infinita humildad y la inmerecida honra al ejercitar conmigo su bello don de ejercer la cura humana.

P.D. Iba a escribir sobre los viajes, lo que come y lo que bebe en el cumplimiento de su deber Rafael Tovar y de Teresa, cabeza del Conaculta, pero como no entiendo a dónde debería viajar, comer y beber tan impecable funcionario que es, me abstuve.

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