Acosadores

Muchos de los agresores son a la vez agredidos, y en cada una de sus agresiones están pidiendo ser ayudados.

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Luis de la Barreda Solórzano 28/08/2014 02:11
Acosadores

Se trata de humillarlo, de intimidarlo, de arrinconarlo, de ensombrecerlo, de disminuirlo, de clavarle en el pecho la zozobra, de hacerle ver que está a merced de los agresores.

Ningún daño les ha hecho, ninguna provocación, ningún desafío. No es una represalia. Ningún motivo ha dado para la actitud de sus compañeros, transformados en enemigos.

¿Por qué a él, o a ella? Un ademán, un gesto, una manera de caminar, de hablar o de mirar, ciertos silencios, algo pone en evidencia que es el débil del grupo, la víctima propiciatoria.

¿Por qué nadie alza la voz para defenderlo? ¿Por qué la pasividad, la indiferencia, la distancia? Una sola palabra de protesta, quizá, podría disuadir a los acosadores, inhibirlos. ¿Por qué nadie la pronuncia?

Es evidente que se encuentra en absoluto estado de indefensión. No tiene la fuerza física para enfrentar a sus atacantes; sobre todo, no tiene la fuerza anímica para hacerlo.

Está absolutamente solo, rodeado de caníbales que devoran su alegría y su sosiego en una ceremonia en la que él, o ella, ha sido el elegido para ser inmolado en el altar de la irracionalidad.

¿Qué placer les proporciona a los acosadores tener sometido al acosado? ¿Qué sienten al observar en su rostro el miedo, la angustia, la desesperación del cervatillo rodeado por las hienas?

No hay súplica ni alegato que valga. Es una tortura. Como en toda tortura, el agraviado no tiene derecho a hablar. A diferencia de la policiaca, en ésta no se busca una confesión ni cierta información, ni se quiere castigar al torturado por haber realizado determinada conducta. Este tormento no tiene por qués ni para qués. Su finalidad se agota en el acto mismo de maltratar.

En su espléndido artículo “El bullying siempre ha existido” (Nexos, agosto de 2014), Ignacio Trejo Fuentes señala que esa clase de abuso no sólo ocurre en las escuelas, sino también en la propia casa, en las cárceles, en los internados, contra los ancianos, los indígenas y los menesterosos. El texto concluye de manera inquietante: “… eso, insisto, ha existido siempre y no veo cómo pueda evitarse: la agresividad, la mala leche, la pretensión de dominio (que tienen mucho de esquizofrenia) parecen connaturales al ser humano; por lo menos a cierta clase de, ¿seres humanos? Todos, en el fondo, llevamos metidos demonios implacables y ciegos que actúan a la menor provocación, o aun sin ella”.

Comprendo lo que dice Trejo. Tal vez esos demonios implacables y ciegos aposentados en el lado oscuro del alma no puedan ser desterrados. Es triste admitir esa característica de la índole humana. Pero si uno solo de los testigos del acoso —de aquellos que no disfrutan de que ocurra— expresa su desacuerdo, si da aviso al maestro de la escuela, al director de la cárcel o del internado, a la autoridad competente, si se pone del lado del agredido, estará contribuyendo a que los abusivos ya no tengan todas las facilidades para desplegar su proceder,  a que sean vigilados, reprendidos o castigados. O se les brinde tratamiento psicológico. Muchos de los agresores son a la vez, en otros ámbitos, agredidos, y en cada una de sus agresiones están pidiendo, a gritos silenciosos, ser ayudados.

                *Coordinador del Programa Universitario de Derechos Humanos de la UNAM

                jbarreda@unam.mx

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