Ni de mosquita se podrá viajar

Moverse de la casa al trabajo o a la escuela en la Ciudad de México y su zona conurbada y de regreso resulta una verdadera tortura cotidiana por el tiempo que se consume en horas pico —y hasta en las que no lo son—, así como por las emisiones contaminantes a las que se está expuesto, sin importar si se usa el auto o el transporte público pues, de acuerdo con datos más recientes del Inegi, una persona invierte no menos de 3.5 horas al día en los viajes que realiza.

Lo anterior obedece a diversos factores: congestionamiento vial porque hay cientos de miles de vehículos circulando; escasez y hacinamiento en Metro, Metrobús o RTP; obras, reducción o cierre de carriles, marchas y manifestaciones, entre muchos otros. Todo eso ya nos cobra factura: niveles de contaminación insostenibles, enfermedades y muertes relacionadas con este mal urbano.

Es bien cierto que, con el paso del tiempo, el Valle de México se ha hecho más complejo, pues alrededor de 21 millones de personas le dan forma a la más grande concentración urbana y económica del país.

Pero, a sabiendas de ello, ¿qué se ha hecho? Sólo medidas paliativas. Ahí está el programa Hoy No Circula —que llegó para quedarse— lanzado el 20 de noviembre de 1989. Mejoró en algo el tránsito y bajó un poco la polución, pero no fueron los resultados proyectados.

El problema es que el parque vehicular particular no ha dejado de crecer. Se han ido adquiriendo autos nuevos y de bajas emisiones; pero el grueso de la población, chatarra contaminante. ¿Por qué? Porque el sistema de transporte público no ha aumentado ni evolucionado a la altura de las necesidades y porque las políticas públicas se la han pasado privilegiando el uso del coche con subsidios y la construcción de más infraestructura vial (como los segundos pisos del Periférico) o “mejorar” avenidas y calles, pero esto para nada resuelve el grave problema de movilidad que venimos cargando.

Por eso, el anuncio de la semana pasada de volver al plan original del Hoy No Circula —todos los autos, incluidos los hologramas de verificación 0 y 00, dejarán de circular un día a la semana y dos sábados al mes, según el color de la calcomanía o la terminación de las placas a partir de mañana y hasta el 30 de junio— provocó el rechazo de la gente.

Es verdad que todos debemos poner de nuestra parte. Tomar medidas drásticas, dolorosas y poco populares para evitar que la mala calidad del aire siga envenenándonos. El desafío es cómo hacerlo si este programa no funciona y hasta es contraproducente de acuerdo con los resultados arrojados por estudios serios de la academia y de un sinnúmero de instituciones y organismos, tanto privados como internacionales.

Además, qué harán los cientos de miles de personas —se estima poco más de 1.2 millones— que, al dejar guardados sus autos, deberán buscar la manera de moverse, porque no hay transporte público ni concesionado que alcance y ya ni siquiera de mosquita podrán viajar. No todos llegarán a sus destinos caminando o en bicicletas, tampoco todos tienen motocicletas que, por cierto, el viernes se informó que quedaron excluidas del HNC.

En materia laboral, estamos aún lejos de instrumentar el trabajo a distancia y serán los menos quienes puedan quedarse en sus hogares realizando su actividad los días que no circulen.

Sí, el problema es monumental porque no contamos ni con la voluntad ciudadana ni con una política pública de movilidad integral y sustentable. El rezago es de más de tres décadas con respecto a otras ciudades del mundo que vivieron la misma tortura diaria.

Hay casos exitosos en los que se logró desincentivar el uso del auto gracias al crecimiento y diversificación del transporte público seguro y amigable con el ambiente. Y no es que hayan introducido más bicicletas. No. Se dio gracias a estrategias integrales en las que convergen los distintos medios de transporte y, para llegar a ese punto, autoridades y ciudadanos en cada tramo sí caminaron de la mano para mejorar su calidad de vida.  

No olvidemos que una ciudad es un espacio público, el cual debe contar con una conectividad y accesibilidad eficiente, que la haga habitable y con oportunidades laborales, escolares y lúdicas; donde los distintos servicios estén al alcance de todos.

Tenemos que trabajar para reducir los tiempos de viaje, combatir la polución, erradicar la corrupción y, lo más apremiante, acabar con la ignorancia de “para qué verifico, si no voy a circular” y repudiar las ocurrencias políticas del momento. Hasta entonces, a movernos sin contaminar. Es por su bien y el de sus hijos.

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