Violencia y falta de liderazgo

Sí, duelen las muertes de los colegas periodistas. 
Pero el problema es que todo México se está desangrando 
y el gobierno no lo quiere ver ni resolver. 
En momentos críticos, carecemos de un liderazgo nacional dispuesto a enfrentar la dura realidad.

Leo Zuckermann

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Hay un hecho incontrovertible: la violencia en México ha regresado con fuerza. En este momento, el número de homicidios relacionados con el crimen organizado es ya similar al de mediados de 2011, el peor momento del sexenio pasado. Diario mueren, en promedio, unos 45 mexicanos producto de las refriegas entre grupos delincuenciales, incluyendo periodistas cuyo único pecado fue haber ejercido su profesión. Ninguno de los más de 40 mil ejecutados en este sexenio merece un trato especial. Todos son igual de importantes. Pero mucho pierde la democracia liberal cuando miembros de la prensa mueren por informar.

Es lo que está pasando en México. De acuerdo a la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión, nombre rimbombante de una organización burocrática que no sirve para nada, entre 2000 y 2016, 105 periodistas fueron asesinados. De marzo a mayo de este año llevamos seis: Cecilio Pineda Brito (de Guerrero), Ricardo Monlui (Veracruz), Miroslava Breach (Chihuahua), Maximino Rodríguez (Baja California Sur), Filiberto Álvarez (Morelos) y Javier Valdez (Sinaloa). Aunque sea un cliché, no está de más repetirlo: México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo del mundo entero.

Pero, ojo, recordemos que esto está sucediendo en un país cada vez más violento. Sí: duelen las muertes de los colegas periodistas. Pero el problema es que todo México se está desangrando y el gobierno no lo quiere ver ni resolver. En momentos críticos, carecemos de un liderazgo nacional dispuesto a enfrentar la dura realidad.

En el año más pacífico de la historia contemporánea del país, cuando México tenía la menor tasa de homicidios por cada cien mil habitantes, el presidente Calderón le declaró la guerra al crimen organizado, en diciembre de 2006. La violencia creció rápidamente. “Se están matando entre ellos”, fue la explicación oficial durante los primeros años, “pero luego regresará la paz”. Bullshit. En 2011 llegamos al pico de la violencia del sexenio pasado. Los homicidios empezaron a bajar porque el gobierno cambió su estrategia: en lugar de pegarle a todos los cárteles, se concentró en el más violento de todos, Los Zetas. Pero este tema, el de la inseguridad, el de la guerra, el de decenas de miles de muertos, se convirtió en la obsesión del presidente Calderón. Un día y otro también hablaba de eso. No había manera de sacarlo de este asunto que se convirtió en el centro de su gobierno.

En 2012 llegó Peña a la Presidencia, en parte por el hartazgo de la gente por la inseguridad. El nuevo Presidente decidió, entonces, dejar de hablar de la violencia como si ésta hubiera dejado de existir. Le funcionó: pudo posicionar otros temas en la agenda pública, lo que a la postre le permitió sacar importantes reformas estructurales durante los dos primeros años del sexenio. Le ayudó que los homicidios venían bajando desde 2011.

Pero algo ocurrió a mediados de 2014. Se produjo un punto de inflexión y la tendencia a la baja se revirtió. Desde entonces, mes con mes, vamos al alza en homicidios relacionados con el crimen organizado, de tal suerte que ya regresamos a los niveles récord de 2011. Y el Presidente sigue sin hablar del tema. Una que otra mención, de refilón, por aquí o por allá, pero nada más. Dicha labor se la deja a su secretario de Gobernación quien, con el mismo discurso del calderonismo, le echa la culpa a los gobernadores y presidentes municipales de lo que está ocurriendo.

Y quizá, como antes, tengan la razón: mientras nuestros gobiernos locales no le entren a resolver la violencia, el problema continuará. Pero, ¿de qué nos sirve escuchar esto a los ciudadanos? ¿Nos podemos ir a dormir tranquilos sabiendo quién tiene la culpa? Por supuesto que no. Lo que queremos es certeza y resolución. En este país nos urge un líder que diga la verdad por más dolorosa que sea. Pero el presidente Peña no tiene ese tamaño de liderazgo. Después de su segundo año de gobierno, se achicó. Hoy se dedica a inaugurar obras y sacarse selfies. No agarra al toro por los cuernos porque no lo quiere agarrar. Mejor pronuncia discursos de flojera y sonríe a las cámaras. Mientras tanto, alrededor de 45 mexicanos mueren cada día; de repente, un periodista. Entonces, nuestro Presidente manda un tuit lamentándolo y prometiendo justicia. Luego se va a jugar golf y aparece Osorio Chong echándole la culpa a los gobernadores. Así nuestro liderazgo nacional en este país que está desangrándose.

                Twitter: @leozuckermann

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