Trump... obligado a cambiar o será destrozado

La opinión pública en los estados “bisagra”, donde se jugará la elección, comienza a ser favorable a Hillary Clinton.

Si el final es como el principio, el Partido Republicano parece encaminarse a una paliza histórica en las elecciones presidenciales de 2016.

Si las cosas se mantienen como van, el temor y la preocupación por el carácter y las capacidades de Donald Trump, el candidato presidencial republicano, serán factores tanto o más importantes que las calificaciones o los problemas de la demócrata Hillary Rodham Clinton en la mente de los votantes el próximo 8 de noviembre.

De hecho, más y más parecía, ya que la elección presidencial de 2016 será en torno a la imagen y la personalidad de Trump, pero no necesariamente en la forma que el empresario pudiera desear, sino al contrario.

El inicio formal de la campaña presidencial estadunidense vio cómo los demócratas trataron, al menos con éxito inicial, de hacer permear las dudas respecto de la capacidad y la seriedad de Trump, que por décadas ha basado su imagen en ególatras formulaciones de petulancia y presunción.

Varios analistas y consejeros electorales republicanos, incluso el prestigioso Frank Luntz, han señalado que Trump es o puede ser el “candidato del cambio”, pero no puede ser considerado si mantiene una estrategia descrita ya como “autodestructiva”.

Luntz advirtió el jueves pasado que Trump “debe cambiar su campaña y cambiar el foco y el tono... Si ésta es una campaña sobre Hillary Clinton, Donald Trump gana, pero si es acerca de Donald Trump, entonces Hillary Clinton gana”.

Trump pareció comenzar en ese plan el viernes por la noche, cuando al parecer decidió acatar consejos de otros republicanos respecto de que “un aliado 80% no es 20% enemigo” y apoyar la reelección del presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, y del senador John McCain, con el que sostuvo un choque por varios meses.

Pero perdió tiempo, aunque al ser apenas el inicio de la campaña no lo deja necesariamente fuera de la jugada.

De hecho, tardó una semana en superar un pequeño berrinche antes de apoyar a Ryan, que, amén de su influencia en el gobierno, es considerado como uno de los elementos importantes en la formulación de políticas ideológicamente conservadoras.

Peor aún, es un personaje del que no puede prescindir ni como candidato ni como tal vez Presidente.

Ryan tardó en expresar su respaldo a Trump y lo hizo de forma condicional, sobre todo porque las dudas creadas por la personalidad del empresario y su forma de actuar han hecho temer incluso por el futuro del partido.

Al mismo tiempo, Trump se empeñó en un pleito de imagen con los padres migrantes de un soldado musulmán estadunidense muerto en Irak, un tabú político, no por la religión sino por el sacrificio implícito en la muerte de su hijo.

Al inicio de semana, Trump está en desventaja en las encuestas generales y, más grave aún para los republicanos, la opinión pública en los estados “bisagra”, donde se jugará la elección, comienza a ser favorable a Clinton.

En Estados Unidos el voto para la elección presidencial no es directo, sino que en cada estado se elige un representante al Colegio Electoral (de 535 miembros) por cada senador o diputado que tenga en su delegación al Congreso federal. Formalmente, ellos son los electores.

Por lo pronto, varios expertos consideran que los demócratas pueden ganar más de 300 votos electorales y algunos concedían la semana pasada la posibilidad de que sean 400 o cerca de ellos, lo que sería más que una paliza, un rechazo a la postura general del partido y en especial a lo que representa Trump.

Ahora, falta ver si Trump tiene tantas ganas de ganar como para cambiar realmente el tono y la forma de su campaña.

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